Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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08
Diez días antes del festival, la tormenta perfecta golpeó. Llegó en forma de un correo electrónico del Dr. Henderson, enviado a las dos de la mañana, con un asunto que heló la sangre de Noah: "Problemas con el Patrocinador Principal".
—No —dijo Noah, su voz plana mientras leía el mensaje en su teléfono—. No, no, no.
Leo, que estaba preparando café en la pequeña cocina del salón de estudios, se acercó. —¿Qué pasa? Tienes esa cara que pones cuando una variable no se comporta según lo predicho.
—El patrocinador principal —dijo Noah, mostrándole el teléfono—. La empresa de construcción de los padres de Marcus. Acaban de retirarse. Problemas de flujo de caja, dice el Dr. Henderson. Han reducido su apoyo a una contribución simbólica. Una décima parte de lo que prometieron.
El café que Leo estaba vertiendo se derramó sobre sus manos, pero apenas lo notó. Diez mil dólares. Esa era la diferencia. Diez mil dólares que cubrían el sonido profesional del escenario principal, las pantallas para los videos de historia, la seguridad, el catering básico para los voluntarios.
—Diez mil dólares —repitió Leo, su voz perdida—. Eso es... eso es todo.
—Es el final —dijo Noah, y el tono de su voz no era de pánico, sino de una aceptación gélida y definitiva—. No podemos recaudar esa cantidad en diez días. Es matemáticamente imposible. Nuestro modelo de ingresos se basaba en su contribución como garantía. Sin ella, no podemos cubrir los costos fijos. El festival está muerto.
Noah se sentó, su energía drenada instantáneamente. Se sentía como si todos sus cálculos, todas sus proyecciones, todas sus noches sin dormir, se hubieran convertido en ceniza. La ironía era amarga. Después de todo, el caos había ganado. Su método, su control, no había significado nada contra la imprevisibilidad del mundo real.
—No —dijo Leo, su voz firme pero sin su usual optimismo—. No estamos acabados. Solo... solo tenemos un problema. Un problema grande.
—Un problema irresoluble —corrigió Noah, sin mirarlo—. Te lo dije. El caos siempre gana. Siempre.
Leo se acercó a la mesa, su expresión seria. —No, no es el caos, Sullivan. Es una variable inesperada. Y las variables inesperadas se gestionan. No se rinden ante ellas.
—¿Cómo? —preguntó Noah, su voz cargada de amargura—. ¿Con más sonrisas encantadoras? ¿Con más discursos sobre la magia y la conexión? Esto necesita dinero, Leo. Dinero real. Y no lo tenemos.
Por primera vez, Leo pareció no tener una respuesta. Se quedó mirando por la ventana, su reflejo tenue en el cristal. Noah vio la tensión en sus hombros, la forma en que su mandíbula se apretaba. El rey del hockey, el chico encantador, se había encontrado con una pared. Y no había sonrisa que la pudiera derribar.
—Llamaré a Marcus —dijo Leo finalmente—. Hablaré con él. Quizás sus padres puedan...
—El Dr. Henderson ya lo intentó —interrumpió Noah—. No hay nada que hacer.
Se quedaron en silencio, el peso del fracaso aplastándolos. Afuera, el campus continuaba su rítmica actividad, ajeno a la pequeña tragedia que se desarrollaba en ese salón.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Leo, su voz casi un susurro—. ¿Se lo decimos al equipo? ¿Cancelamos?
—Cancelamos —dijo Noah, con una finalidad que dolía—. Es la única opción lógica. Cortamos las pérdidas, informamos al Dr. Henderson, y nos concentramos en nuestros trabajos individuales para la beca. Al menos uno de nosotros puede ganarla.
Leo lo miró, y en sus ojos Noah no vio derrotismo, sino otra cosa. Algo más peligroso. Algo que se parecía a... desafío.
—No —dijo Leo—. No voy a rendirme. No después de todo esto. No después de las historias de Elena y los demás. No después de... de nosotros.
—¿Nosotros? —replicó Noah, con un amargo sarcasmo—. ¿Qué somos nosotros, Leo? ¿Dos aspirantes a beca que fracasaron juntos en un proyecto estúpidamente idealista? No somos una historia, Leo. Somos un error de cálculo.
Las palabras salieron más crueles de lo que Noah pretendía, pero no las retiró. Necesitaba que Leo entendiera la realidad de su situación, la crudeza de los números.
Leo retrocedió como si lo hubiera golpeado físicamente. Su rostro se endureció, toda la calidez desapareciendo de sus ojos.
—Entonces es así —dijo Leo, su voz fría—. Cuando las cosas se ponen difíciles, te escondes detrás de tus cifras y tu lógica. Te rindes antes de siquiera intentar.
—¡No es rendirse, es ser realista! —exclamó Noah, levantándose—. Es reconocer cuando has perdido. Es algo que tú, con tu mundo de fantasía y hockey, nunca entenderás.
—¿Mi mundo de fantasía? —replicó Leo, su voz ahora elevada—. ¿Tú, que vive en una burbuja de ecuaciones y plazos, me hablas de fantasía? Mi mundo es real, Sullivan. Mi familia es real. La lucha es real. Algo que tú, con todas tus becas y tu inteligencia privilegiada, quizás nunca entenderás.
El comentario golpeó a Noah como un puño. Era injusto, cruel, y basado en una verdad que Noah mismo le había confesado. La confianza se había roto, no por la falta de dinero, sino por la falta de fe.
—Sal de aquí —dijo Noah, su voz baja y peligrosa—. Solo sal.
Leo lo miró por un largo momento, su expresión una mezcla de ira y... ¿dolor? Luego, sin decir otra palabra, se giró y salió del salón, dejando a Noah solo con su laptop, sus proyecciones fallidas y un silencio que ahora se sentía como un vacío.
Noah se hundió en su silla, la rabia y el arrepentimiento luchando dentro de él. Sabía que había ido demasiado lejos. Sabía que sus palabras habían sido crueldes, impulsadas por el miedo al fracaso. Pero era demasiado tarde. El daño estaba hecho.
Mientras miraba el correo electrónico del Dr. Henderson, una pregunta resonaba en su mente: ¿qué había perdido exactamente? ¿Diez mil dólares? ¿Un festival? ¿O algo más? ¿Algo que, tal vez, no tenía precio?
Y por primera vez en su vida, Noah Sullivan no tenía una respuesta. No tenía una fórmula, no tenía un diagrama de flujo, no tenía una proyección. Solo tenía un silencio vacío y la abrumadora sensación de que, al intentar protegerse de perderlo todo, acababa de perder lo más importante.