Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 21: Sombras de duda
La trampa que Elena Fonseca había construido a nuestro alrededor, comenzó a cerrarse sin que yo pudiera detenerla. A pesar del alivio que significó saber que Mateo también apoya a Natalia—este gesto de su parte significo mucho para mi—, en el apartamento la atmósfera se volvió densa, cargada de una desconfianza sutil pero constante.
Mateo ya no me miraba de la misma manera. Cada vez que salía tarde de la oficina o me quedaba hasta altas horas de la noche afinando entregas para Joyas VAN, sentía sus ojos marrones clavados en mí, con un matiz de frialdad y duda que me oprimía el pecho. La semilla del veneno sembrada por su madre estaba germinando.
Elena no se conformó con haberme tachado de interesada. Al ver que Mateo aún mantenía la guardia en alto para defender nuestro noviazgo, decidió dar el golpe definitivo.
Esa tarde, Elena se presentó sin avisar en las oficinas de la presidencia. Llevaba consigo una elegancia imponente y esa sonrisa calculada que me revolvía el estómago. Pasó frente a mi escritorio en contabilidad sin siquiera mirarme, como si yo fuera transparente, y se encerró en el despacho de su hijo.
—Mateo, vine porque esto no me deja dormir —comenzó hablar Elena con un tono de voz, lleno de una falsa aflicción de madre abnegada, sentándose frente a él y tomándole las manos sobre el escritorio—. Sé que te duele escucharme, pero como tu madre tengo el deber de protegerte.
—Mamá, por favor, ya hablamos de Valeria... —intentó frenarla Mateo, frotándose el puente de la nariz con cansancio.
—¡No, hijo, no has querido ver la realidad! —lo interrumpió ella con una firmeza dramática, digna de los Premios Óscar—. ¿No te has dado cuenta de sus ausencias? ¿De sus llamadas a deshoras que responde susurrando? ¿De las veces que dice estar en reuniones por su taller de joyas cuando en realidad nadie sabe dónde está?
Mateo se tensó en la silla, frunciendo el ceño.
—Ella está trabajando, mamá. La marca está creciendo y tiene clientes exclusivos...
—¡Por favor, Mateo! ¿A quién pretendes engañar? —soltó Elena con un tono mordaz—. Una mujer que evade el tema de tener hijos contigo, que rechaza comprometerse de verdad y que pasa tanto tiempo fuera del hogar no está pensando en su trabajo. Abre los ojos hijo. Valeria tiene a otro hombre. Te está usando de fachada, mientras se divierte a tus espaldas con un amante.
—¡Eso no es verdad! —estalló Mateo, poniéndose de pie de golpe, encarando a su madre con el rostro encendido—. ¡Valeria me ama! ¡Ella jamás me haría una cosa así!
—¿Estás completamente seguro, hijo? —preguntó Elena con una calma escalofriante, poniéndose de pie con parsimonia—. Pregúntale a dónde va cuando dice que está revisando balances fuera de horario. Pregúntale, ¿por qué guarda tan celosamante ciertos documentos en su bolso?. Si no tiene nada que ocultar, ¿por qué actúa con tanto misterio?
Mateo se quedó en silencio, petrificado detrás de su escritorio. Aunque la mandíbula le temblaba por la impotencia, no pudo articular una respuesta inmediata. Miró hacia la puerta del despacho, sabiendo que Valeria estaba al otro lado del pasillo, y la sombra de la incertidumbre atravesó sus ojos.
—Mamá... vete, por favor —alcanzó a decir Mateo con la voz baja y rasposa, sin poder sostenerle la mirada a su madre.
—Me voy, mi amor —respondió Elena, acercándose a darle un beso en la mejilla con una satisfacción contenida—. Pero piensa en lo que te dije. No dejes que jueguen con tu dignidad.
Cuando Elena salió de la oficina, Mateo no me llamó ni salió a buscarme. Se quedó encerrado a solas durante horas, procesando cada palabra, cada detalle y cada misterio de los últimos meses. El veneno había entrado en su torrente sanguíneo.
Cuando Mateo regresó al penthouse esa noche, el ambiente estaba al borde del colapso. Yo estaba en la mesa del comedor, revisando las facturas cruzadas que incriminaban a Camilo y a sus cómplices. Escuché sus pasos pesados acercándose por el pasillo.
—¿Con quién estabas hablando por teléfono hace un rato, Valeria? —preguntó Mateo sin anestesia, con una voz rasposa que no le conocía.
Alcé la mirada, sorprendida por el tono inquisidor. Guardé la carpeta de la investigación dentro de mi bolso con rapidez instintiva, un gesto que para él fue la confirmación del delito.
—Con Andrea, Mateo. Estábamos coordinando unas cosas de la oficina —respondí intentando mantener la calma—. ¿Qué te pasa? Llegas con una cara...
—Pasa que estoy cansado de los secretos en esta casa —espetó, dando un paso hacia mí y apretando los puños—. Pasa que tú nunca estás disponible del todo. Dices que estás ocupada con tu taller, que estás en la empresa, pero pasas el día esquivándome. ¿Qué es lo que escondes en ese bolso, Valeria? ¿Por qué tanto misterio?
—¡Es trabajo, Mateo! ¡Son cosas de la contabilidad y de mi marca! —exclamé levantándome de la silla, sintiendo cómo la indignación me quemaba por dentro—. ¡¿Ahora me vas a controlar hasta lo que guardo en mi bolso?!
—¡Lo que quiero es transparencia! —gritó Mateo, con la voz quebrada por la ira y la duda sembrada por su madre—. ¡Te hablo de nuestro futuro y te cierras! ¡Te pregunto sobre nosotros y te pones a la defensiva! ¡Parece que no quisieras estar aquí conmigo!
—¡El que está cambiando eres tú porque le estás prestando oídos a las cizañas de tu mamá! —le encaré con lágrimas de rabia asomando en los ojos—. ¡No me voy a dejar acusar por tus inseguridades!
Mateo me miró con una mezcla de dolor y furia, apretando la mandíbula. Aunque en el fondo una parte de él se negaba a creer la locura del amante, la duda de la infidelidad ya estaba rozando su corazón. El veneno de Elena había calado tan hondo que la confianza, la base sólida sobre la que construimos cuatro años de amor, se resquebrajó de forma irreparable en medio del silencio sofocante del penthouse.