Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 15 AJUSTES Y CONTRADICCIONES
Los primeros días en la mansión Carusso fueron un ejercicio de incomodidad constante.
Maya se despertaba cada mañana en una cama enorme, de sábanas de algodón egipcio y almohadas de plumas, y durante unos segundos no recordaba dónde estaba.
Luego, la realidad la golpeaba como un baldazo de agua fría: se había casado con un mafioso.
Vivía en su mansión. Y su padre, sentado en el desayuno con una expresión de perro apaleado, era su único vínculo con el mundo que había perdido.
El desayuno era el momento más tenso del día.
La mesa del comedor era una pieza de caoba pulida que podía dar cabida a veinte comensales. Ellos eran solo tres: Maya, Alessandro y Dante. Tres personas que no tenían nada que decirse, sentadas a una distancia absurda la una de la otra, como islas separadas por un océano de madera brillante.
Elsa servía el desayuno con una eficiencia mecánica. Café recién hecho, jugo de naranja exprimido, una bandeja de facturas, frutas cortadas en cubos perfectos, huevos revueltos que no habían necesitado que nadie los cocinara porque en esa casa había cocineros. Maya miraba la comida y sentía un nudo en el estómago.
Recordaba las sopas de Elvira, el pan duro del departamento, las monedas contadas. Todo eso había quedado atrás, pero su cuerpo no lo había olvidado.
Dante leía el periódico en silencio. No era un periódico cualquiera. Era el diario económico, el mismo que su padre solía leer en las mañanas, el mismo que ahora Alessandro miraba con una mezcla de nostalgia y resentimiento.
—Puede leerlo si quiere —dijo Dante sin levantar la vista—. No muerdo.
Alessandro gruñó algo ininteligible y apartó la mirada.
Maya observó la escena y sintió una punzada de algo que no supo nombrar. ¿Lástima? ¿Frustración? ¿Gratitud? No estaba segura. Todo era demasiado confuso.
*_*
Aquella mañana, mientras Elsa retiraba los platos, Dante hizo algo inesperado.
Dejó el periódico sobre la mesa, se reclinó en su silla y miró a Maya con una expresión que ella no supo interpretar.
—Necesito que me dé una lista de sus pertenencias —dijo.
—¿Perdón?
—Sus pertenencias. Ropa, zapatos, libros, objetos personales. Todo lo que perdió cuando embargaron la casa de su familia. Quiero una lista.
Maya parpadeó, confundida.
—¿Para qué?
Dante se encogió de hombros.
—Porque ahora vive aquí. Y necesita cosas. No puede andar con la misma ropa toda la semana.
El comentario, dicho con esa frialdad quirúrgica que caracterizaba a Dante, golpeó a Maya en un lugar sensible. Se miró las manos. Las uñas seguían desconchadas.
La ropa que llevaba era la misma que había usado en la boda civil, arrugada y gastada. No había tenido tiempo de lavar, no había tenido ganas de nada.
—No necesito nada —respondió, con un tono más cortante de lo que pretendía—. Estoy bien así.
—No lo está —dijo Dante, sin inmutarse—. Y no se trata de lo que usted necesite. Se trata de lo que los demás vean. Usted es mi esposa. Sale conmigo en público. No puede vestirse como si acabara de salir de un albergue.
Maya sintió que la sangre le hervía.
—¿Acabo de salir de un albergue? —repitió, con la voz temblorosa de ira—. ¿Sabe qué? He perdido mi casa, mi fortuna, mi futuro. Dormí en un colchón en el suelo. Comí pan duro porque no había nada más.
Y ahora usted, que aparece con su mansión y sus coches y sus trajes de mil dólares, ¿se atreve a decirme que visto como una mendiga?
Dante la miró sin pestañear.
—No he dicho que vista como una mendiga. He dicho que necesita ropa nueva. Si quiere interpretarlo como un insulto, es su problema.
Alessandro, que había estado siguiendo la conversación con la intensidad de un espectador de tenis, intervino con un bufido.
—Carusso, ¿no puede callarse un minuto?
—No —respondió Dante—. No puedo. Porque si me callo, su hija sigue usando la misma ropa tres días seguidos y la prensa empieza a hablar. Y cuando la prensa habla, su hermano se entera. Y cuando su hermano se entera, mueve fichas. ¿Quiere que mueva fichas, señor Velini?
El nombre de Mateo cayó en la mesa como una piedra en un estanque. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que ninguno de los tres sabía cómo romper.
Finalmente, Maya suspiró.
—Bien —dijo, con los dientes apretados—. Le daré la maldita lista.
Dante asintió, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Elsa la acompañará a las tiendas esta tarde. Compre lo que necesite. Sin límite de gasto.
—¿Sin límite? —Maya arqueó una ceja—. ¿No le preocupa que me gaste toda su fortuna?
Dante la miró a los ojos. Por un segundo, muy breve, algo brilló en su mirada gris. ¿Adivinación? ¿Diversión?
—Gaste lo que quiera —dijo, levantándose de la mesa—. Tiene un presupuesto de tres millones de pesos.
Maya se quedó con la boca abierta.
Tres millones. En ropa.
Alessandro, a su lado, emitió un sonido que podría haber sido una tos o podría haber sido una risa ahogada. No estaba claro.
Dante ya se había ido, dejando tras de sí el eco de sus pasos en el mármol del recibidor.
Maya encontró a su padre en la biblioteca esa tarde.
Alessandro estaba sentado en un sillón de cuero, con un libro abierto sobre las rodillas que no estaba leyendo. Sus ojos claros, tan parecidos a los de ella, miraban el fuego de la chimenea con una expresión melancólica.
—Papá —dijo Maya, sentándose a su lado—. ¿Estás bien?
Alessandro tardó un momento en responder.
—No lo sé, hija. ¿Debería estarlo? Vivo en la mansión de un mafioso. Mi hermano intentó destruirme. Mi esposa está sedada en una habitación que no es la suya. Y tú… tú te casaste con un criminal para sacarme de la cárcel. ¿Hay algo de todo eso que esté bien?
Maya tomó la mano de su padre. Estaba fría, huesuda, más frágil de lo que recordaba.
—Saliste de la cárcel, papá. Eso está bien.
Alessandro suspiró.
—Sí. Eso está bien. Y no quiero admitirlo, pero… Carusso cumplió su parte. Te dio el dinero. Sacó a tu madre de ese infierno. Nos trajo aquí. Y ahora resulta que quiere que compres ropa nueva.
—Con un presupuesto de tres millones —añadió Maya, con una sonrisa irónica.
Alessandro negó con la cabeza, pero había algo nuevo en su expresión. Algo que Maya no había visto desde antes del arresto.
—No me gusta el hombre, hija. Eso lo tengo claro. Es frío, calculador, peligroso. Tiene las manos manchadas de sangre, y no hablo de metáforas. Pero… —hizo una pausa, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—. Pero no es el monstruo que esperaba. O al menos, no lo es contigo.
Maya se quedó en silencio, procesando lo que acababa de oír.
—¿Estás diciendo que te está empezando a caer bien?
—¡Dios me libre! —exclamó Alessandro, con un horror tan genuino que Maya no pudo evitar reírse—. Ese hombre me cae peor que mi propio hermano, y eso es decir mucho. Pero… reconozco cuando alguien actúa con decoro. Y él, a su manera retorcida y mafiosa, está actuando con decoro. No le debo nada. Pero no puedo decir que no haya cumplido.
Maya apretó la mano de su padre.
—Eso es más de lo que esperaba, papá.
Alessandro gruñó.
—No te acostumbres. Sigo pensando que es un cretino.
—Por supuesto.
—Un cretino con buen gusto para las mansiones, eso sí.
—Papá.
—Está bien, está bien. No digo más.
Pero Maya lo vio. Una pequeña sonrisa, apenas un esbozo, curvó los labios de su padre. Por primera vez en semanas, Alessandro Velini no parecía un hombre derrotado. Parecía un hombre que, a regañadientes, estaba empezando a aceptar su nueva realidad.