Perdió su matrimonio, su hogar y su nombre en un solo día… pero el destino le tenía guardado algo mejor: respuestas sobre su origen. Un reencuentro que sanará heridas antiguas, revelará verdades ocultas y le mostrará que el amor verdadero no siempre se elige… a veces te encuentra.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: El día que todo se rompió
El juzgado número siete de la ciudad olía a papel viejo, desinfectante y resignación. Eran las nueve de la mañana y Antonio Fuente permanecía sentado en una de las bancas de madera, con la carpeta de plástico apretada contra las rodillas, como si de ella dependiera no desmoronarse por completo. En menos de diez minutos, firmaría los papeles que pondrían fin a tres años de matrimonio, un matrimonio que desde el primer día había sido un error que él se empeñó en sostener.
La puerta se abrió de golpe y Carla entró, acompañada de su madre, doña Maritza, y su hermano, Javier. Entraron como si fueran los dueños del lugar, con la cabeza alta y las miradas cargadas de desprecio. Carla ni siquiera lo miró al principio; se acomodó el abrigo de seda y se sentó al otro extremo de la banca, dejando entre ellos un espacio tan amplio que parecía imposible de cruzar.
—¿Ya tienes los papeles? —le preguntó ella, sin saludar, con una voz tan fría que heló el aire a su alrededor.
—Sí —respondió Antonio, con la voz un poco más ronca de lo normal—. Ya están listos.
—Qué bien —soltó doña Maritza, con una sonrisa burlona—. Por fin nos quitamos de encima este estorbo. Gracias a Dios Carla no tendrá que seguir cargando con alguien que no le aporta nada.
Antonio apretó los puños bajo la mesa, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en un nudo doloroso en el estómago. Durante años había escuchado frases iguales, peores. No eres suficiente, no tienes futuro, naciste para servir, no para estar con nosotras. Trabajaba de sol a sol como empleado de almacén, entregaba cada peso que ganaba, hacía las tareas de la casa como si fuera el sirviente y no el esposo. Y aun así, nunca fue suficiente. Nunca lo sería.
—No hace falta que sea tan cruel, señora —dijo Antonio, levantando la vista con esfuerzo—. Yo también di todo de mí.
—¿Todo? —Javier soltó una carcajada seca—. ¿Tu todo? Un hombre sin familia, sin apellido, sin un centavo ahorrado. ¿De qué sirve eso? Menos mal que mi hermana abre los ojos a tiempo.
Antonio bajó la mirada. No tenía argumentos para defenderse. Creció en un orfanato, sin recuerdos de sus padres, sin nadie que alguna vez lo quisiera de verdad. Su vida era sencilla, demasiado sencilla para la familia de Carla, que aunque no era rica, se creía superior.
Llegó la secretaria y los llamó. Pasaron al despacho del juez, un hombre de rostro cansado que apenas levantó la vista de los documentos. Explicó los términos de la separación: bienes compartidos, la casa que era de la familia de Carla se quedaba con ella, Antonio se llevaba únicamente su ropa y lo que había comprado con su sueldo. Sin pensión, sin reclamos futuros.
—¿Está de acuerdo, señor Fuente? —le preguntó el juez, acercándole el bolígrafo.
Antonio miró a Carla. Ella ya había firmado, con una caligrafía elegante y rápida, como si estuviera firmando una lista del súper. No había rastro de dolor, ni de duda, ni de nada. Solo impaciencia.
—Sí —susurró él.
Firmó. Una línea, luego otra, y con ese trazo, todo terminó. El juez selló los documentos y los declaró divorciados. Carla se levantó de inmediato.
—Espero que no se te ocurra buscarme —le dijo, sin mirarlo—. Sigue con tu vida… o lo que sea que tengas.
—Cuídate, Carla —alcanzó a decir él, aunque no sabía por qué.
Ella se encogió de hombros y salió acompañada de su madre y su hermano, riendo de algo que Javier le decía al oído. Antonio se quedó solo un momento en el despacho, con el papel firmado en la mano, sintiendo que le habían arrancado una parte del pecho. Ahora soy libre, se dijo a sí mismo, tratando de convencerse. Esto es lo mejor. Pero la verdad era que no sabía quién era sin ese matrimonio, por miserable que hubiera sido. Era un hombre sin pasado, sin presente y sin futuro.
Salió del juzgado con paso lento, las manos vacías, el corazón pesado como plomo. Eran casi las diez y el sol brillaba con fuerza, pero él sentía frío. Caminó por la acera, sin rumbo fijo, pensando en dónde dormiría esa noche, en qué haría con su vida. Tan perdido como siempre, quizás más.
Estaba a punto de cruzar la calle cuando escuchó el grito.
—¡Cuidado!
Levantó la vista de golpe. A unos metros de él, una mujer de unos cincuenta años, elegante, con un vestido azul oscuro y un bolso de cuero, caminaba distraída, sin ver el automóvil que venía a toda velocidad, perdiendo el control, derrapando sobre el asfalto. El conductor frenó en seco, pero era demasiado tarde. El coche iba directo hacia ella.
Sin pensarlo, sin mediar un segundo de duda, Antonio corrió. Se lanzó hacia adelante, empujó a la mujer con todas sus fuerzas y ambos cayeron sobre la acera, rodando sobre el cemento justo en el instante en que el vehículo pasaba a toda velocidad a centímetros de ellos, pasando por encima de donde ella había estado un segundo antes.
El ruido de los neumáticos, el grito de la gente, el golpe seco contra el suelo… todo ocurrió en un instante que pareció eterno. Antonio quedó tendido boca abajo, con el brazo ardiendo por el roce contra el pavimento, el aire fuera de sus pulmones. Alguien gritó que llamaran a una ambulancia. Se giró con dificultad y vio a la mujer a su lado, sentándose lentamente, con el cabello revuelto y los ojos muy abiertos, mirándolo con una expresión que no era solo de susto.
—¿Está bien? —le preguntó Antonio, con voz entrecortada, incorporándose con esfuerzo. Tenía la camisa rasgada y el brazo sangrando, pero no le importaba—. ¿Le hizo daño?
Ella no respondió de inmediato. Se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad, y lo miró de arriba abajo, como si estuviera viendo un fantasma. Sus ojos, oscuros y profundos, se llenaron de lágrimas de golpe.
—Tú… —susurró ella, con voz temblorosa—. Tienes que decirme tu nombre. Ahora mismo.
Antonio frunció el ceño, confundido.
—Antonio. Antonio Fuente.
Ella dio un paso hacia él, olvidando el peligro, olvidando el accidente, olvidando todo. Lo miró a los ojos con una intensidad que lo hizo estremecer, como si estuviera viendo algo que llevaba treinta años buscando.
—Antonio… —repitió ella, casi sin aliento—. ¿Sabes quién soy?
—No… señora, no —respondió él, sin entender nada—. Solo quise ayudarla.
—Ayudarme… —Ella soltó una risa entrecortada, mezcla de llanto y asombro—. No sabes lo que acabas de hacer. No solo me salvaste la vida, Antonio. Acabas de cambiarla para siempre.
Antonio se quedó inmóvil, con el brazo sangrando y el corazón latiéndole a mil por minuto. No entendía nada. ¿Por qué lo miraba así? ¿Por qué le temblaba la voz? Algo en su mirada le resultaba extrañamente familiar, como si hubiera visto esos ojos antes, en algún lugar que no lograba ubicar.
Lo que él no sabía era que esa mujer era Sofía del Valle, hermana de la mujer más poderosa del país. Y que en ese instante, bajo la camisa rasgada de Antonio, una marca en forma de dragón brillaba bajo la luz del sol, revelando la verdad que le habían ocultado durante toda su vida.
También saber de su tía que no aparece en la segunda temporada.