Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 19
Rusia
AZRAEL
Me pongo los guantes negros antes de bajarme de la camioneta cuando esta se estaciona frente a la propiedad que mis hombres ya han tomado.
—Está confirmado, señor: están adentro él, su padre, su madre y su esposa —me informa Vladimir.
—Maten a todos los guardias —ordeno.
—Entendido, señor...
No tardan en ejecutar la orden cuando, con precisión y los silenciadores en las armas, desploman a los guardias que hay en la entrada y en los costados de la casa.
Bajo del todo y tomo el arma que cargo antes de comenzar a caminar hacia la entrada de la casa.
Las puertas se abren y aparecen dos empleadas, las cuales se tiran al suelo en silencio. Saben lo que les conviene hacer.
—Buen provecho, Aleksei Petrov —le hablo al sujeto que está comiendo plácidamente. Cuando se percata de mi presencia, saca el arma, pero se congela a medias cuando mis hombres salen desde todas las entradas del comedor y lo apuntan con las ametralladoras.
—¿Qué mierdas haces acá, Azrael? Hay un acuerdo de por medio —espeta bajando el arma.
—Acuerdo que no has sabido respetar, ¿o me equivoco?
—No sé de qué coño hablas, Azrael...
Doy un paso adentrándome más al lugar; saco la daga que llevo y la cacha dorada reluce sobre el cuero negro de mis guantes.
Comienzo a rodear la mesa detallando el rostro de cada uno de los integrantes que están acá.
Me acerco hasta la mujer que está a su derecha, la cual ha empezado a lloriquear. Con mi daga clavo el trozo de carne que tenía en el plato y lo acerco a mi nariz.
—Qué pésima sazón tienen tus cocineras —digo al sentir el olor a quemado de la carne.
—¿Qué es lo que quiere este hombre acá, Aleksei? —le habla el padre.
—No tengo la menor idea, padre, quizás anda fuera de sí y...
Chasqueo la lengua cuando intenta hacerme parecer idiota.
Me giro hacia el viejo decrépito que me mira con rabia.
—Ya que tu hijo no tiene los cojones de aceptar lo que ha hecho, te lo contaré yo... El gran Aleksei Petrov se ha atrevido a violar una de las reglas del acuerdo que hay entre las organizaciones. ¿O me dirás que no fuiste tú quien organizó el atentado en contra de Ruslan Smirnova —clavo los ojos en él—, del cual resultó herido?
Se queda en silencio y su padre lo aniquila con la mirada cuando se da cuenta del patético error que ha cometido su hijo.
—Eres un imbécil —le dice al hijo, que se pone pálido—. ¿Acaso eres bruto o qué?
—Solo me dejé llevar por la rabia. Tú y tu maldita organización me tumbaron varios negocios y...
—Y tú concluiste que meterte con los míos era la mejor opción, ¿no es así? —me acerco hasta él.
No dice nada. La mujer sigue llorando y el padre sigue mirándolo con ganas de comérselo vivo.
—Veo que no tienes los mismos cojones que tuviste al hacer lo que hiciste. Entonces yo te enseñaré un poco cómo les va a los que rompen las reglas —me doy otra vuelta por la mesa y me detengo detrás de su padre.
En un solo movimiento le arrancó la oreja al viejo, quien chilla mientras se lleva las manos a la zona intentando detener el sangrado. Aleksei intenta ponerse de pie y volver a tomar el arma; sin embargo, se queda a medias cuando Vladimir le clava el cañón en la frente a la mujer.
—Un paso más y lo que le arrancaré será la cabeza —le dejo claro.
Tomo el órgano que acabo de mutilar y lo dejo sobre el plato de la mujer.
—Trágatelo —le ordeno, y esta empieza a llorar negándose—. Hazlo, joder, que no tengo tiempo.
Se niega a hacer lo que pido y me veo en la obligación de hacer que sea su marido quien se lo dé trozo a trozo. Me siento en el otro extremo de la mesa hasta que da el último bocado. La cara la tiene llena de lágrimas y el viejo está manchado de sangre.
Me pongo de pie y me acerco a Aleksei, quien me mira con odio.
—Una estupidez más como la que has hecho y los pico a todos en trozos. ¿Entendiste? —pregunto clavándole el dedo en la sien, y este asiente.
—Entendido, Lobo...
—Fue un placer haberlos visitado en su humilde morada, familia Petrov...
....
Para mi suerte, la fiesta anual se cancela, por lo cual puedo irme sin ningún pendiente a Canadá antes de lo esperado. Aprovecho el resto del día para sacar los pendientes de la organización: recibo cargamentos, apruebo producciones y me aseguro de que las exportaciones inicien. Reviso las ganancias del último mes y, como siempre, cada vez superan a las anteriores...
Me despido de Ruslan, quien me da un abrazo el cual acepto, y no pierde la costumbre de acomodarme el saco.
—Te veo pronto, cachorro —dice palmeándome la espalda.
—Nos vemos —digo correspondiendo a su saludo.
—Fue un placer tenerte acá, Azrael; siempre me es un placer verte —me deja saber.
—Lo sé, padre, lo sé...
Vuelve a abrazarme antes de que me suba al jet que espera para llevarme de regreso a Canadá.
...
9 horas después...
Para cuando el jet aterriza en suelo canadiense, ya empiezo a sentir un cosquilleo en la nuca. Normalmente, lo primero que haría sería irme directo al club por un trago; sin embargo, le pido las llaves a Vladimir y ordeno que me dejen solo. Refuta un poco, pero termina cediendo... Me subo al auto que han traído y lo pongo en marcha en dirección a la casa de ella.
Me quito el saco y me aflojo la corbata. Bajo el vidrio del auto mientras me fumo un cigarrillo; necesito y quiero verla, joder...
No me importa que ya sea cerca de la medianoche; necesito verla y necesito que me responda la pregunta que le hice antes de irme. Y no, no puedo esperar a mañana.
Detengo el auto en la entrada de la casa y bajo. Las luces están apagadas y no hay ningún tipo de ruido, por lo que deduzco que los niños ya están dormidos. Toco el timbre una, dos, tres veces, hasta que la puerta se abre. Trago en seco al verla.
Dasha va con un pijama corto y una bata encima; el cabello lo lleva suelto sobre los hombros y este encuadra su rostro como un oscuro espejismo.
—Buenas noches, Dasha —hablo dando un paso hacia ella.
—Buenas noches, Azrael —dice con voz entrecortada, sin apartar sus ojos de los míos.
Bajo la mirada a sus labios.
—¿Qué... qué haces acá? Es tarde y...
—Vine por la respuesta que me debes, Dasha —paso cerrando la puerta detrás de mí, aprisionándola entre la pared y mi cuerpo.
Se queda en silencio; su pecho sube y baja más rápido que hace un momento, y sus ojos se clavan en mis labios.
—Yo... no sé qué decir —habla entrecortado. Está nerviosa, lo noto; lo huelo y lo siento.
Me acerco más, limitando el espacio entre ambos.
—¿Quieres que te repita la pregunta? —pregunto a escasos milímetros de su boca.
Esta pasea su mirada de mis ojos a mis labios y, no sé si lo hace de forma consciente o no, pero se muerde uno...
Asiente sin dejar de mirarme.
No le doy chance a nada más, ya que la pego contra la pared mientras me apoderó de sus labios, los cuales he deseado estos jodidos dos días como un obsceno. Es que son una jodida maravilla: adictivos, dulces, exquisitos, con sabor a tentación, con sabor a peligro...
Profundizo el beso y la hago ceder rápido, hundiendo mi lengua en su boca. Mis manos bajan hasta sus caderas, las cuales aprieto mientras la pego más a mí sin soltar sus labios...
Sus manos me rodean el cuello y me guían más hacia ella. Me desea, lo noto...
Sin embargo, antes de poseerla, necesito que le quede clara una cosa:
—Nadie puede tocarte después de esto, Dasha. Nadie más que no sea yo puede besarte ahora, ¿te quedó claro? —pregunto cuando le doy un espacio para que tome aire...
Suelta un pequeño gemido y asiente, recobrando el aliento que le quité.
—Sí, Azrael, lo sé... —dice con voz agitada.
Sin embargo, yo estoy muy hambriento y necesitado de ella como para darle más tiempo a asimilar esto y el peso de las palabras que acaba de soltar. Me vuelvo a ir contra ella besándola, pero esta vez comienzo a asaltar la piel de su cuello. Sin sutileza alguna, paso mi lengua por su garganta, por su oreja, mientras mis manos siguen masajeando su cintura...
Estoy a mil y quiero más que un simple beso.
Sin soltarla, camino con ella hasta la sala y la hago caer sobre el sillón.
—Azrael, espera... —dice intentando separarme; sin embargo, no se lo permito.
Vuelvo a tomar sus labios con desespero mientras apoyo sobre su pierna la erección que cargo. Siento cómo su respiración se vuelve más pesada, más dificultosa...
Su piel se eriza cuando cuelo una de mis manos por el borde de la bata, alcanzando sus muslos desnudos, los cuales magreo sin ningún tipo de delicadeza.
—Voy a probarte, Dasha. Lo haré justo ahora —le dejo saber cuando suelto su boca...
Antes de que diga algo, cuelo mi mano bajo su pantalón de satén, alcanzo las bragas y aprieto.
A la puta mierda, está húmeda, muy pero muy húmeda ya... Lo sabía.
—Joder... —mis dedos se deslizan por su humedad, sus pliegues suaves me invitan a ir más allá—. Rico... —los saco y me los llevo a la boca; es la cosa más exquisita que he probado jamás.
—¡Oh, Dios santo! —exclama...
Vuelvo a meter mi mano y esta vez no me conformo con acariciar fuera, así que hundo dos dedos en ella mientras que de un tirón le abro la bata y me voy sobre el pecho que libero.
Sus caderas se mueven al son del movimiento de mis dedos dentro de ella. Tiro y pellizco sus pezones con los dientes mientras mis oídos se deleitan con los jadeos que suelta...
Me bajo de ella y me me posiciono entre sus piernas. Le saco los pantalones y mis ojos se pierden en el grosor de sus muslos y en las finas bragas que aparto. Sin darle tiempo a nada, hundo mi cabeza entre sus piernas y comienzo a lamerla como un lobo hambriento de arriba abajo, bebiéndome todo lo que suelta. Y no me detengo hasta que siento sus jugos llenarme la boca...
Me incorporo, voy por sus labios otra vez y, justo cuando estoy por ponerme sobre ella nuevamente, un ruido arriba me hace aterrizar.
—Los... los niños. Iré a verlos —dice incorporándose rápido.
Asiento y, casi corriendo, se pone de pie con las mejillas y los muslos rojos. La veo alejarse por las escaleras y me recuesto en el sillón. Suelto el aire que tenía retenido y me relamo los labios; estoy como una piedra. Así que, mientras ella tarda arriba, me voy al baño y hago lo que necesito para descargar estas ganas que le tengo. Sí, será mía, pero no ahora, no aquí, ya que cuando me entierre en ella, hará de todo menos silencio.