Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.
Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.
Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.
Pero Abelardo no era aquel hombre.
Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.
Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.
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El ritmo de la transformación
La mañana del sábado comenzó muy temprano en el pueblo natal de Abelardo. El aire fresco de la montaña y el canto lejano de los gallos marcaron el inicio de una nueva rutina. Dispuesto a salir adelante por sus propios medios y sin esperar milagros, Abelardo aceptó un trabajo temporal en el taller mecánico y bodega de repuestos pesados de Don Tobías, un viejo y leal amigo de la familia. El empleo era físicamente agotador: consistía en cargar pesadas cajas de discos de freno, clasificar piezas grasientas de motores diésel y organizar cargamentos bajo el sol. Sin embargo, a Abelardo no le importaba el sudor ni el cansancio. Cada hora de esfuerzo representaba dinero honesto, un recurso legítimo con el cual comenzaría a amortizar las abrumadoras deudas bancarias que lo despojaron de su tranquilidad en la capital.
A medio camino de la jornada, Don Tobías le pidió que limpiara y ordenara una serie de vigas de hierro ubicadas en el patio frontal del taller, pegado a la avenida principal. Abelardo tomó un trapo rústico, un cepillo de alambre y se puso a trabajar de inmediato. Sus manos, que durante años solo firmaron documentos de oficina y deslizaron tarjetas de crédito en restaurantes de lujo, ahora se llenaban de grasa y cayos. No sentía vergüenza; por el contrario, cada viga limpia era un ladrillo en la reconstrucción de su propia dignidad.
Cerca del mediodía, un automóvil deportivo de color rojo brillante frenó de golpe frente al taller. Del vehículo bajaron dos jóvenes que subieron el volumen del equipo de sonido a niveles atronadores mientras esperaban que Don Tobías les vendiera un aditivo para el motor. De los potentes altavoces retumbó de inmediato una vibrante y agresiva colaboración de música urbana: la sesión especial de Daddy Yankee con el productor argentino Bizarrap.
El impacto del bajo pesado (sounds of the bass) y la batería acelerada de reguetón inundaron la calle entera. Abelardo se detuvo con el cepillo de alambre en la mano, limpiándose la frente con el antebrazo. Al principio quiso ignorar la música, pero los versos interpretados por la voz inconfundible de Daddy Yankee comenzaron a filtrarse en su mente con la fuerza de un rayo, resonando como una declaración de principios redactada para su propia vida.
La voz del cantante proclamaba con autoridad:
"Si me pregunta', a nadie yo le debo Cuando me vaya de aquí, nada me llevo Solo me voy con un amor verdadero Los pie' en la tierra, siempre mirando al cielo"
Aquella estrofa provocó un auténtico cortocircuito en el pensamiento de Abelardo. Se quedó inmóvil, observando el polvo de hierro que caía de sus manos. Las palabras de la canción le revelaron con una claridad deslumbrante la tremenda estupidez en la que vivió envuelto por culpa de Deborah. Toda la persecución de estatus, los trajes caros, las cenas en L'Étoile, la pulsera de diamantes y las tarjetas Mastercard y Visa doradas no eran más que espejismos vacíos. Al final del camino, cuando la vida se complica o cuando la muerte nos alcanza, nadie se lleva los bolsos de diseñador ni las cuentas bancarias. Comprendió que lo único que realmente posee un hombre es su paz mental, su honradez para decir "a nadie le debo" y el amor puro e incondicional como el de su madre, el único capaz de sostenerlo cuando todo lo demás se derrumba.
Antes de que pudiera asimilar del todo ese pensamiento, la canción llegó al coro definitivo. Entre cortes de batería y efectos de sonido, la voz del artista retumbó en los parlantes del auto:
"Están viendo un hombre que renace de las ceniza' Esto no lo para ni la patrulla fronteriza... Nueva temporada ya empezó, dale play"
Al escuchar la frase "un hombre que renace de las cenizas", Abelardo sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal, seguido de una chispa de fuego en el pecho. Era la descripción exacta de su presente. Se vio a sí mismo semanas atrás: tirado en el suelo de un departamento vacío, llorando por una mujer interesada, destruido por la calumnia y despojado de su empleo. Se dio cuenta de que ese hombre débil e ingenuo se había quedado sepultado en los escombros de la capital. El hombre que estaba de pie en ese taller, con las manos manchadas de grasa pero la conciencia limpia, era alguien completamente diferente.
Abelardo apretó los puños y, por primera vez en casi un año de amargura, dibujó una sonrisa genuina, firme y desafiante en su rostro. La música le infundió una inyección de energía y determinación que ningún consejo teórico le había podido dar. Sintió que la "nueva temporada" de su vida acababa de iniciar. Una etapa donde ya no habría espacio para las mentiras, ni para las mujeres que condicionan su afecto al saldo de una cuenta bancaria, ni para la vergüenza de haber caído.
El automóvil deportivo aceleró y se alejó por la carretera, pero el ritmo del bajo continuó retumbando en la cabeza de Abelardo. Tomó el cepillo de hierro con renovada fuerza y volvió a tallar la viga de metal. Cada movimiento de sus brazos ahora tenía un propósito claro: terminar el trabajo, cobrar su paga, enviar la primera cuota al banco y empezar a edificar su imperio sobre las ruinas de su pasado.
Al terminar la jornada laboral, Don Tobías se le acercó y le extendió un sobre con el pago en efectivo por sus horas de esfuerzo. Abelardo miró los billetes arrugados. No era la cifra abultada que solía cobrar en su antiguo empleo de oficina, pero este dinero tenía un valor sagrado: era el fruto de su sudor, un dinero que no le debía a nadie y que nadie podría usar para chantajearlo.
—Buen trabajo hoy, Abelardo —dijo Don Tobías, dándole una palmada afable en el hombro—. Te vi concentrado. Hacía tiempo que no veía a un muchacho trabajar con tantas ganas.
—Gracias, Don Tobías —respondió Abelardo con la voz firme y la mirada serena—. Mañana vendré más temprano. Tengo muchas deudas que pagar y mucho futuro que construir.
Abelardo guardó el dinero en el bolsillo de su pantalón, separando desde ya la parte exacta que depositaría el lunes a primera hora para la amortización de la tarjeta Visa. Salió del taller y caminó de regreso a la casa de su madre con el paso firme, la espalda recta y la frente en alto. Miró al cielo del atardecer, sintiendo la brisa fresca del pueblo en el rostro. Tenía, tal como lo decía la canción, los pies bien pignorados en la tierra y la mirada puesta en lo alto. Abelardo estaba resurgiendo de sus propias cenizas, y esta vez, nada ni nadie volvería a detenerlo.