El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
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EL PULSO DIGITAL, LA GUARDIA EN EL HOSPITAL Y LA CARRERA CONTRA EL RELOJ
El ambiente en la residencia Pineda-Castillo era de una tensión asfixiante, insoportable. En la amplia sala de estar se encontraban Jimena Pineda, Antonella Pineda, Bruno Iglesias Castillo y Daniela Iglesias Castillo —los hijos de Marcela y Santiago, quienes permanecían unidos en un silencio sepulcral, compartiendo el peso del terror familiar—. A su lado, las incondicionales amigas de la casa, Regina Cifuentes —con el rostro inusualmente serio, sin rastro de sus habituales bromas— y la abogada Paulina Betancourt, vigilaban cada movimiento con la firmeza de quienes están dispuestas a blindar a los suyos cueste lo que cueste.
Mientras la cúpula familiar aguardaba en vilo, el teléfono de Jimena vibró con suavidad sobre la mesa de centro. Era un mensaje de Darío Monasterio, quien se había quedado apostado en el hospital, negándose a abandonar su puesto para vigilar de cerca el frágil estado de Anastasia.
Jimena deslizó la pantalla con manos temblorosas y leyó el mensaje en voz alta para que todos escucharan:
—"El estado de Anastasia sigue siendo crítico, amor. Las múltiples lesiones internas y la pérdida masiva de sangre la mantienen al filo de la navaja. La doctora Valdivieso y yo no nos hemos movido de su lado en cuidados intensivos, luchando segundo a segundo para estabilizar su presión y ritmo cardíaco. Recanten por ella... está resistiendo con uñas y dientes, pero es una guerrera al borde del abismo".
Un suspiro de dolor recorrió la sala. La vida de una completa desconocida se había entrelazado de forma irreversible con el destino de los Pineda-Castillo, recordándoles que el dolor ajeno también tocaba a su puerta.
En el estudio, iluminado únicamente por la luz azulada de las pantallas tácticas, la teniente Samantha Blake no perdía un instante. Sus dedos volaban sobre el teclado con una velocidad frenética, cruzando datos de antenas de telefonía y cámaras de seguridad hackeadas en los suburbios orientales. Sin embargo, el rastro de la señal del teléfono de Andrés se había desvanecido abruptamente cerca de un polígono industrial abandonado debido a los inhibidores de frecuencia.
—Me están bloqueando el acceso al perímetro norte. Los servidores locales tienen contramedidas electrónicas de nivel militar —explicó Samantha con voz tensa, sin apartar los ojos del monitor.
Diana Monasterio, de pie junto a su pareja con una mano apoyada firmemente en su hombro en señal de respaldo absoluto, frunció el ceño con profunda preocupación.
—Si la policía cibernética no puede entrar por la vía convencional, necesitamos a alguien que opere más allá de los protocolos habituales, Samantha —dijo Diana con tono firme—. Necesitamos a Kaelen.
Samantha asintió de inmediato y marcó un número directo. Tras un solo tono, la voz sosegada pero alerta de Kaelen Vance —el brillante experto en ciberseguridad, esposo de Clara Monasterio de Vance— respondió al otro lado de la línea.
—Aquí Kaelen. Te escucho, Samantha —respondió Kaelen de inmediato.
—Kaelen, necesito tu ayuda urgente. Andrés Pineda entró por iniciativa propia en el territorio del cártel de Rubén Martínez en el este de la ciudad. Lo tienen retenido y los inhibidores de frecuencia me bloquean la señal. Necesito que rompas su red, hackees sus cámaras y me des su ubicación exacta antes de que sea demasiado tarde.
Al otro lado se escuchó el inmediato teclear de un ordenador potente.
—Dame sesenta segundos, Samantha. Voy a descolgar sus servidores satelitales y a mapear cada dispositivo activo —indicó Kaelen con calma—. Ponme en altavoz para sincronizar los datos.
En la sala, Antonella, Bruno, Daniela, Regina y Paulina se acercaron en silencio a la puerta del estudio para escuchar.
—Listo. Ya salté el primer cortafuegos —anunció Kaelen desde el altavoz, mientras en la pantalla principal de Samantha comenzaban a iluminarse las coordenadas—. Estoy desviando el tráfico de sus cámaras de seguridad hacia tu terminal, Samantha. Deberías estar viendo el interior del complejo en tres... dos... uno... ahora.
Las pantallas parpadearon y, de repente, la imagen nítida del subterráneo del club nocturno cobró vida. En una de las esquinas del monitor, tirado en el suelo de cemento con rastros de sangre en el rostro tras la brutal paliza, aparecía Andrés, inmóvil y custodiado por matones armados.
—¡Dios mío, es mi hijo! —exclamó Marcela con un grito ahogado, rompiendo en llanto mientras Santiago la abrazaba con fuerza y sus hermanos apretaban los puños con rabia contenida.
—Lo tengo localizado con precisión milimétrica —confirmó Kaelen—. Coordenadas enviadas a tu consola, Samantha. Te acabo de abrir la puerta digital del sistema de control de accesos; las cerraduras automáticas del sótano se abrirán en cuanto te acerques.
—Recibido, Kaelen. Gracias —respondió Samantha.
De inmediato, la teniente Blake se puso en pie con agilidad militar, ajustando su arma reglamentaria y transmitiendo la orden de alerta a su comunicador táctico:
—Aquí la teniente Blake. Activen el escuadrón de intervención táctica de inmediato. Reúnete conmigo el comando principal en el punto de extracción del este. Vamos a entrar por la fuerza.
Al escuchar aquello, Santiago dio un paso al frente con el rostro endurecido por la determinación y el dolor:
—Samantha, yo te acompaño. No me voy a quedar aquí de brazos cruzados mientras mi hijo se desangra.
Marcela, al escuchar las intenciones de su esposo, sufrió una nueva oleada de pánico incontrolable. Se abalanzó hacia Santiago, aferrándose a su chaqueta con desesperación, con el rostro bañado en lágrimas y la voz quebrada:
—¡No, Santiago, por favor! ¡Te vas a arriesgar tú también! No me dejes sola... —suplicaba entre sollozos, perdiendo el aliento—.
Tengo que ir mi amor no me puedo quedar aquí sin hacer nada, déjame traer a nuestro hijo.
Trae a nuestro hijo, mi amor, por favor te lo ruego... ¡Tráemelo con vida!
Los hermanos —Jimena, Antonella, Bruno y Daniela— corrieron hacia ella de inmediato, rodeándola y abrazándola con fuerza entre lágrimas y sollozos compartidos para contenerla, mientras Diana y Samantha sostenían la mirada firme, sabiendo que el tiempo se agotaba y que la línea entre salvar a Andrés o perderlo para siempre pendía de un hilo milimétrico.