✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Volví por ti
La noche en la retaguardia del cañón era un escenario de pesadilla. Las fogatas del campamento médico apenas lograban cortar la densa niebla de ceniza. El aire estaba impregnado de un olor penetrante a sangre, vinagre usado para limpiar heridas y el rancio aroma del veneno de las sombras. Los lamentos de los soldados heridos se mezclaban con el silbido del viento contra las colinas de piedra.
Lysandra llegó al galope. Su yegua blanca, ahora cubierta de polvo gris, se detuvo abruptamente frente a las primeras carpas. La princesa desmontó de un salto, con el bolso de medicinas fuertemente apretado contra su costado.
—¡Alto! ¿Quién anda ahí? —gritó un centinela herido, levantando una lanza temblorosa.
Antes de que el guardia pudiera acercarse, la lona de la carpa principal se abrió. Mael salió con una palangana de agua ensangrentada en las manos. Al levantar la vista y enfocar la figura de la cazadora vestida de cuero negro, la vasija se le resbaló de los dedos, estrellándose contra el suelo de tierra.
—¿Princesa? —Mael parpadeó, incrédulo. Se frotó los ojos pensando que el cansancio le estaba jugando una mala pasada—. No puede ser. ¿Qué hace usted aquí?
—¿Dónde está ella, Mael? —preguntó Lysandra. Su voz, siempre perfecta y pausada en las audiencias del palacio, sonaba rota, urgente y cargada de una desesperación humana que el soldado jamás le había escuchado.
—Está adentro —respondió Mael, recuperando la compostura y señalando la carpa—. Pero es inútil, majestad. El sanador ya hizo todo lo que pudo. El veneno de las sombras llegó al torso. No pasará de esta noche.
Lysandra no se detuvo a escuchar más. Empujó la lona de la carpa y entró.
El interior de la tienda era pequeño y sofocante. Una única vela iluminaba una camilla de madera y lona. Sobre ella yacía la general Kaelith. Su armadura imperial de metal oscuro estaba apilada en un rincón, abollada y rota. La militar vestía solo una túnica blanca de lino, empapada en sudor frío.
Lysandra se llevó las manos a la boca para contener un sollozo. La piel de Kaelith, habitualmente bronceada por el sol de los entrenamientos, estaba de un color gris pálido. Unas venas negras e hinchadas se extendían desde su costado izquierdo, subiendo por su cuello como ramas malditas. Tenía los ojos cerrados y la respiración era tan débil que apenas levantaba su pecho.
La princesa se arrodilló al lado de la camilla. Dejó caer su bolso en el suelo y tomó la mano derecha de la general. Estaba helada, como la piedra de los acantilados.
—Kaelith... —susurró Lysandra, pegando la mano de la militar a su mejilla húmeda por las lágrimas—. Kaelith, por favor, escúchame. Estoy aquí. Volví por ti.
Mael entró silenciosamente a la carpa, cruzándose de brazos mientras observaba la escena con una mezcla de lástima y reproche.
—Le dije que era demasiado tarde, princesa —habló Mael en voz baja—. Su corazón apenas late. Ella gastó su última chispa de energía en el cañón para asegurar que los mensajeros pudieran llegar a las Torres de Marfil. Cumplió sus órdenes. Le dio su tiempo.
—¡No vine aquí por mis órdenes, Mael! —replicó Lysandra sin mirarlo, con la voz temblando de rabia y dolor—. Vine por ella. No voy a dejar que muera en este lugar olvidado.
—Con todo respeto, majestad —Mael soltó una risa amarga—, en la corte usted la trataba como a una pieza de ajedrez. La envió a este infierno sabiendo lo que pasaría. ¿Y ahora llora por ella? Los nobles de la capital siempre juegan con las vidas de los soldados, pero Kaelith no era un peón común. Ella la amaba.
Las palabras de Mael impactaron en Lysandra como un golpe físico. Se giró hacia él, con los ojos verdes encendidos por una mezcla de orgullo real y desesperación pura.
—Sé perfectamente lo que Kaelith sentía por mí, y sé lo que yo siento por ella —dijo Lysandra, poniéndose de pie para enfrentar al soldado—. Crees que en el palacio yo era feliz sonriendo al príncipe extranjero? Cada segundo en esa corte era una tortura. Tuve que ocultar mis sentimientos para que el consejo no la viera como una debilidad y la mandara a ejecutar por traición antes de tiempo. Cometí errores, Mael. Pensé que la política salvaría al imperio. Pero me equivoqué. Sin ella, no hay imperio que me importe gobernar.
Mael guardó silencio, impactado por la confesión de la princesa. Nunca había visto a la fría estratega de Aethelgard mostrar su alma de esa manera.
Lysandra se volvió hacia la camilla y abrió su bolso de cuero. Sacó un pequeño frasco de cristal dorado que contenía la Esencia de Luz Real, un antídoto místico guardado exclusivamente para la familia del emperador.
—Ayúdame a levantarle la cabeza —ordenó Lysandra a Mael.
El soldado asintió sin protestar. Se acercó y levantó con cuidado los hombros de Kaelith. Lysandra descorchó el frasco y vertió el líquido dorado entre los labios resecos de la general. El remedio brilló levemente al ser tragado, y por un instante, las venas negras del cuello de Kaelith parecieron encogerse, pero luego regresaron con más fuerza, haciéndola gemir de dolor en su inconsciencia.
—El veneno es demasiado viejo y profundo —advirtió Mael, volviendo a recostar a la general—. La medicina real no es suficiente para purgar la magia de Umbralia cuando ya tocó el corazón.
—Entonces usaré mi propia energía —sentenció Lysandra.
La princesa colocó sus dos manos directamente sobre el costado izquierdo de Kaelith, justo donde el veneno se concentraba. Cerró los ojos y respiró hondo. Como miembro de la dinastía de Aethelgard, Lysandra poseía una pequeña chispa de la magia de luz pura que fundó el imperio. Nunca la había usado para sanar, solo para la diplomacia o la defensa personal, pero en ese momento canalizó toda su voluntad en sus palmas.
Un tenue resplandor blanco comenzó a brotar de las manos de Lysandra, traspasando la túnica de lino de Kaelith.
—Lysandra... no lo haga —pidió Mael, alarmado—. Si comparte su energía con un cuerpo consumido por las sombras, el veneno podría pasar a usted. Matará a las dos.
—No me importa —respondió la princesa entre dientes, sudando por el esfuerzo—. No voy a soltarla. No otra vez.
El resplandor blanco luchó contra la oscuridad que cubría la piel de la militar. Kaelith arqueó la espalda, soltando un grito ahogado mientras el calor de la luz quemaba la infección de su cuerpo. Lysandra sintió un dolor agudo recorrer sus propios brazos, como si miles de agujas de hielo le pincharan la piel, pero apretó los dientes y mantuvo la presión, vaciando su propia energía vital dentro de la mujer que amaba.
—¡Kaelith, regresa conmigo! —rogó Lysandra, con las lágrimas cayendo sobre el pecho de la general—. No me dejes sola en esa torre de cristal. Me pediste que sobreviviera, pero no puedo hacerlo si tú no estás a mi lado. ¡Por favor!
El brillo blanco aumentó de intensidad por un último segundo y luego se apagó de golpe.
Lysandra cayó hacia adelante, agotada, apoyando la frente contra el hombro de Kaelith. Su respiración era agitada y sentía el cuerpo completamente vacío. El silencio volvió a reinar en la carpa, roto solo por el sonido del viento afuera.
Mael se acercó rápidamente y colocó dos dedos en el cuello de la general, buscando el pulso. Pasaron varios segundos de una tensión insoportable.
De repente, Kaelith soltó una gran bocanada de aire, como alguien que sale a la superficie tras estar a punto de ahogarse. Las venas negras de su cuello disminuyeron hasta convertirse en delgadas líneas grises casi invisibles. Su piel recuperó un rastro de su color natural.
Kaelith movió los párpados lentamente. La visera de hierro ya no estaba para ocultar su mirada. Cuando finalmente abrió los ojos, su vista borrosa se enfocó en el cabello plateado que caía sobre su pecho.
—¿Lysandra...? —la voz de Kaelith fue un susurro apenas audible, rasposo y débil.
Lysandra levantó la cabeza de inmediato. Al ver esos ojos oscuros mirándola con lucidez, una sonrisa enorme, la primera sonrisa real en años, iluminó el rostro de la princesa.
—Aquí estoy, mi general —dijo Lysandra, acariciándole el rostro con suavidad—. Volví por ti.
Kaelith intentó moverse, pero el dolor la hizo quejarse. Miró a su alrededor, viendo a Mael y luego la ropa de cazadora de la princesa.
—¿Qué haces aquí...? —pregúntó Kaelith, confundida—. El palacio... la boda... los ministros...
—Nada de eso importa ya —interrumpió Lysandra, tomando su mano y entrelazando sus dedos—. Rompí el tablero. Vine a cumplir la promesa que te debia.
Antes de que Kaelith pudiera responder, un sonido sordo y pesado retumbó desde el exterior de la carpa. El suelo vibró con fuerza. Segundos después, el sonido de los tambores de guerra de Umbralia empezó a resonar en todo el cañón, un ritmo lento y amenazante que anunciaba el inicio del ataque del amanecer.
Mael miró hacia la salida de la carpa y desenvainó su espada.
—El enemigo está iniciando la marcha —dijo el soldado con gravedad—. Vienen a destruir lo que queda del campamento.
Kaelith, a pesar de su debilidad, intentó incorporarse en la camilla, apretando los dientes por el dolor.
—Tengo... tengo que ir a la barricada —dijo la general, buscando su espada con la mirada.
Lysandra la empujó suavemente por los hombros para mantenerla acostada, mirándola con una firmeza absoluta.
—Tú ya diste tu batalla, Kaelith. Ahora te toca descansar —dijo la princesa, poniéndose de pie y ajustando el cinturón de sus dagas—. Mael, reúne a los soldados que puedan sostener un arma. Esta vez, la corona luchará en la primera línea.
Kaelith la miró desde la camilla, con los ojos abiertos por la sorpresa y el orgullo. Vio a su princesa transformarse en la guerrera que el imperio necesitaba. El contraataque de las reinas estaba a punto de comenzar.