Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 23: La alianza del miedo
El búnker de la mansión Smirnov no era como los que salían en las películas. No había paredes de concreto frío, sino un salón blindado, alfombrado y lujoso, oculto tras tres capas de acero reforzado bajo el subsuelo. Pero por más seda que hubiera en las paredes, el olor era el mismo: el olor metálico del miedo y el encierro.
Eithan se había quedado dormido en un rincón del sofá, exhausto por la tensión que flotaba en el aire, apretando el oso Mishka contra su pecho como si fuera su único ancla a la realidad. Yo, en cambio, no podía dejar de temblar. Mis manos, esas mismas manos que habían trabajado limpiando mesas y cargando cajas en Nueva York para sacarnos adelante, ahora golpeaban rítmicamente mis rodillas en un tic nervioso que no podía controlar.
Escuché el sordo estruendo de una explosión lejana, amortiguada por las toneladas de tierra sobre nuestras cabezas. El suelo vibró ligeramente.
—Están aquí —susurré para la habitación vacía.
En ese momento, la pantalla táctil de la pared se encendió. La imagen mostraba las cámaras de seguridad del perímetro. Era un campo de batalla. Figuras vestidas de negro avanzaban bajo la lluvia, mientras los hombres de Damián respondían con una precisión quirúrgica que me revolvió el estómago. Y ahí, en el centro del caos, vi a Damián.
No llevaba chaleco antibalas, o al menos no se le notaba bajo su chaqueta oscura. Se movía con una calma aterradora, disparando con una frialdad que me recordó por qué el mundo le temía. Verlo así, protegiendo la entrada del búnker como un perro de presa, me obligó a tragarme mi orgullo de un solo golpe.
—Estamos vivos gracias a él —admití en voz alta, y las palabras me supieron a ceniza—. Si no nos hubiera encontrado... si estuviéramos todavía en ese departamento de Queens... mi padre ya nos habría convertido en polvo.
Sentí una presencia a mi lado. Elena se sentó en silencio, mirando la pantalla con la misma mirada endurecida.
—Mi hijo nació para la guerra, Alessandra —dijo ella, con una voz que no temblaba—. Pero por primera vez, no está peleando por territorio o por dinero. Está peleando por algo que puede perder y no recuperar jamás.
—Tengo miedo, Elena —confesé, y sentí cómo las lágrimas finalmente ganaban la batalla—. No solo por mi padre. Mi padre es el pasado. Pero ahora que todo el mundo sabe que la "heredera desaparecida" de los Valente está viva, y que tiene un hijo de un Smirnov... los enemigos de Damián van a salir de las alcantarillas como ratas.
Pero el miedo más grande no era Damián, ni los rusos, ni la Bratva. Era un nombre que me quemaba la garganta cada vez que lo pensaba.
—Bianca —susurré.
Mi hermana. Mi propia sangre. La mujer que se había quedado con el lugar que yo dejé vacío, la que siempre me odio con una intensidad enfermiza porque yo era la "favorita" de Damiá, porque se lo quite. Bianca no era como Damián, que tenía un código de honor retorcido. Ella era pura ponzoña. Si ella sabía que Eithan existía, no descansaría hasta verlo sufrir, solo para demostrarme que ella era la verdadera reina de los Valente.
—Sola no voy a poder —dije, mirando mis manos—. He intentado ser fuerte, he intentado demostrarle a Damián que no lo necesito, pero me mentía a mí misma. En este mundo de lobos, una leona sola no puede proteger a su cachorro de toda la manada.
Elena me tomó de la barbilla, obligándome a mirarla.
—Entonces es hora de que dejes de pelear contra el hombre que está dispuesto a morir por vos, y empieces a pelear al lado de él. El rencor es un lujo que no podés permitirte cuando tenés a una hermana como la tuya buscando tu cabeza.
La puerta del búnker se abrió con un silbido hidráulico. Damián entró, cubierto de hollín, sangre y agua de lluvia. Respiraba con dificultad, y su brazo izquierdo goteaba sangre sobre el suelo inmaculado, pero sus ojos buscaron desesperadamente el sofá. Cuando vio que Eithan estaba a salvo, soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
Se acercó a mí, tambaleándose un poco. Yo me levanté de un salto. El instinto de reproche, de echarle en cara el pasado, apareció por un segundo, pero lo aplasté con una fuerza que no sabía que tenía. Sobrevivir era lo único que importaba ahora.
—Se retiraron —dijo Damián, su voz saliendo como un raspado de lija—. Igor dice que tu padre huyó, pero dejó atrás a la mitad de su gente.
—Estás herido —dije, acercándome y tocando su brazo sin pensarlo.
Él se tensó ante mi contacto, mirándome con una sorpresa casi infantil. Por primera vez en tres años, no me aparté. No hubo un insulto, ni una mirada de desprecio.
—No es nada —respondió él, aunque el dolor era evidente—. Alessandra, tenés que saber... Bianca estaba con él. La vimos en las cámaras de los alrededores. Se escapó antes de que pudiéramos casarla.
El nombre de mi hermana en sus labios fue como un choque eléctrico. El miedo se apoderó de mí, frío y paralizante. Sabía que Bianca no se rendiría. Ella vendría por nosotros con algo peor que balas; vendría con traición.
Miré a Damián, ignorando la sangre en su ropa y el caos de afuera.
—Escuchame bien, Damián. Todavía te odio por lo que nos hiciste. Todavía me duele cada noche que pasé sola. Pero mi hermana está afuera, y mi padre no va a parar.
Hice una pausa, tragándome lo último que quedaba de mi resistencia.
—No puedo proteger a Eithan sola. No en este mundo. Así que vamos a dejar el rencor de costado, por ahora. Necesito al monstruo que sos para mantener a mi hijo con vida. Pero no te equivoques... esto no es un perdón. Es una alianza de supervivencia. Si me fallás una sola vez más, yo misma te voy a entregar a mis enemigos.
Damián me miró, y por primera vez, vi una chispa de respeto genuino en sus ojos, mezclada con una devoción aterradora. Se inclinó, a pesar de su herida, y tomó mi mano con una firmeza que me hizo entender que el trato estaba sellado.
—No te voy a fallar, Alessandra —juró, y su voz recuperó ese peso de autoridad que hacía que el mundo temblara—. A partir de hoy, quien quiera tocarte a vos o al nene, va a tener que pasar por encima de mi cadáver y del de cada Smirnov que respira. Bianca puede venir con quien quiera. Yo voy a ser la pesadilla de la que nunca va a despertar.
Eithan se movió en el sofá, despertándose por el murmullo. Miró a Damián y, aunque no le sonrió, esta vez no gritó. Se quedó mirándolo, viendo la sangre y el desorden, y luego miró mi mano sujeta a la de él. El niño, con esa sabiduría instintiva de los hijos, pareció entender que algo había cambiado.
La guerra acababa de empezar, y aunque el amor todavía estaba muy lejos, el frente de batalla ahora tenía a dos generales en lugar de uno. Nueva York ya no era nuestro refugio; la mansión Smirnov era ahora nuestra base, y el mundo pronto aprendería que no hay nada más peligroso que un diablo y una mujer herida peleando por lo mismo.