Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1 La comidilla del pueblo
El sol de media tarde se filtraba entre las persianas de la sala principal, dibujando líneas doradas sobre el piso de madera lustrada. Sabina Montenegro sabía que, más allá de esas paredes, en la calle de tierra que llevaba a la plaza, en la tienda de Abundio, en el pozo donde las mujeres lavaban la ropa, su nombre era el único tema de conversación.
«La viuda Montenegro», decían, con ese tono que finge compasión, pero esconde cizaña. «Qué joven, qué desgracia... pero qué suerte la de algunos, ¿no? Quedarse con todo».
Ella escuchó un rumor lejano: el tintineo de un carruaje acercándose. Contuvo el aliento. Hacía apenas una semana que la última visita de los parientes de su difunto esposo había terminado en gritos. Ahora, dos años después de la muerte de Felipe Montenegro, los buitres seguían dando vueltas.
—Sabina —dijo una voz pequeña a sus espaldas.
Se giró y su rostro se suavizó por completo. Abel estaba en el marco de la puerta, con su camisa blanca ligeramente arrugada y un mechón de cabello oscuro cayendo sobre sus ojos. Siete años, pensó ella. Siete años desde que su vida cambió para siempre. Lo miró y sintió ese nudo en el pecho que nunca se disipaba: el amor infinito, el miedo perpetuo.
—¿No debes estar haciendo tus deberes? —preguntó ella, arrodillándose para quedar a su altura.
—Ya los terminé. Doña Remedios dice que eres la mujer más guapa del pueblo y que por eso todos quieren casarse contigo, pero que tú no quieres porque eres orgullosa.
Sabina soltó una risa breve, amarga.
—Doña Remedios habla demasiado.
—¿Es verdad que todos quieren casarse contigo? —insistió él, con esa curiosidad implacable de los niños.
—Lo que quieren es mi dinero, Abel. No yo. Nunca yo.
El niño frunció el ceño, como si tratara de descifrar un acertijo demasiado complejo para su edad.
Entonces el carruaje que ella había escuchado minutos atrás se detuvo frente a la casona. Se oyó el golpe seco de las herraduras contra el empedrado y luego un silencio tenso. Sabina se puso de pie de un movimiento rápido y colocó las manos sobre los hombros de Abel.
—Vete a tu habitación. No salgas hasta que yo te diga.
—Pero…
—Abel, por favor —su voz se quebró ligeramente—. Haz caso.
El niño la miró un instante, como si pudiera leer en sus ojos el fantasma de todas las batallas que ella había librado para mantenerlo a salvo.
Luego asintió y corrió escaleras arriba, con la ligereza de quien todavía confía en que los adultos pueden resolverlo todo.
Sabina enderezó la espalda, alisó su falda de lana negra —el luto perpetuo que se había impuesto, aunque nadie se lo pidiera— y caminó hacia la puerta principal.
SABINA MONTENEGRO
No alcanzó a llegar. Los golpes retumbaron en la madera con una autoridad que no admitía demora.
Abrió.
El hombre que estaba frente a ella era alto, de hombros anchos, con una barba oscura recortada con descuido voluntario y unos ojos color miel que la examinaron de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y desdén.
Vestía de viaje: botas polvorientas, chaqueta de cuero gastada, sombrero de ala ancha que se quitó con parsimonia.
—Señora Montenegro —dijo, sin que fuera una pregunta—. Soy Ernesto Montenegro. Hijo de Bernardo Montenegro, hermano menor de su difunto esposo. Mi tío Felipe, que en paz descanse, era mi padrino también.
Sabina sintió un escalofrío que no quiso mostrar. Otro más, pensó. Otro reclamando su parte. Pero este era diferente. Los otros habían enviado abogados, intermediarios, cartas llenas de amenazas veladas. Este había venido en persona.
—Pase —dijo, apartándose—. Pero le advierto, señor Montenegro, que si ha viajado todo este camino para hablarme de la herencia, va a perder su tiempo.
Él esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—He viajado todo este camino para conocerla. La herencia puede esperar. Usted, según parece, no.
Dentro de la casa, en el primer piso, Sabina lo condujo a la biblioteca.
Era la estancia que había pertenecido a Felipe, y que ella había conservado intacta como una especie de museo de la mentira que le permitió sobrevivir.
Los retratos de los Montenegro colgaban de las paredes: hombres barbudos con expresiones graves, mujeres de mirada perdida.
En el centro, sobre la chimenea, un daguerrotipo de Felipe el día de la boda. Tenía cincuenta y tres años entonces. Ella, veinte.
Ernesto se detuvo frente a ese retrato.
—Aquí parece más joven —comentó, sin voltear a verla.
—La luz del fotógrafo hacía milagros —respondió Sabina, y esta vez su amargura sí se filtró.
Él giró la cabeza y la miró con atención. No era un mirar cortés, de esos que se aprenden en las buenas familias.
Era un escrutinio lento, como si estuviera armando un rompecabezas.
—Usted no lo amaba —dijo. No preguntó.
—¿Eso viene al caso?
—Todo viene al caso, señora. Especialmente cuando se habla de una viuda que se niega a volver a casarse a pesar de que todos los hombres del pueblo —y algunos de fuera— la pretenden.
Sabina apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.
—No me interesa lo que digan en el pueblo.
—Debería. Porque lo que dicen en el pueblo llega a oídos de quienes pueden quitarle todo. Mis primos, por ejemplo. Los hijos de su cuñado mayor, Fulgencio Montenegro. Ellos han estado reuniendo firmas para impugnar el testamento. Alegan que usted presionó a mi tío en sus últimos días, que no estaba en sus cabales cuando la dejó como única heredera.
Sabina sintió que el suelo se movía bajo sus pies, pero no lo demostró. Aprendió hacía mucho a no demostrar nada.
—Su tío me dejó todo en su sano juicio. Hay abogados que lo avalan.
—Los abogados se compran —dijo Ernesto, y se sentó en el sillón de cuero que había sido de Felipe, como si la casa también le perteneciera—. Yo no he venido a pelear la herencia, señora. Se lo dije. He venido a conocerla. Porque si mis primos logran lo que quieren, esa fortuna pasará a manos de ellos, y yo, como sobrino varón, también tengo derechos. Pero no quiero ejercerlos sin saber quién es usted.
continúa por favor