Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Esa tarde, sin avisarle a nadie, Valentina salió de la casa con el corazón en vilo. Cerró la puerta con cuidado, como si hasta el chasquido más leve pudiera delatar lo que estaba haciendo. En cuanto pisó el patio, apuró el paso, como si persiguiera algo que no admitía demora. Llevaba un bolso pequeño apretado contra el pecho. Adentro iba un frasquito de apariencia inocente que ahora, sin embargo, le pesaba como una bomba de tiempo capaz de volarle la vida entera.
El sol del mediodía caía implacable; el calor le quemaba la piel y hacía titilar el asfalto. Y, sin embargo, el cuerpo de Valentina estaba helado. Un frío que le nacía por dentro, que le entumecía las yemas de los dedos y los labios. No tenía idea de lo que iba a encontrar allá.
¿Y si mis sospechas son ciertas? ¿O solo estoy exagerando?
Al detenerse en un semáforo, la moto aminoró la marcha. La mirada se le perdió al frente, vacía, hasta que una voz la llamó desde un costado.
—¿Valentina?
Giró la cabeza. Ahí estaba Santiago, montado en su moto, observándola con una mezcla de extrañeza y preocupación. Valentina se sobresaltó un instante y se orilló al borde de la calle. Santiago la siguió.
—¿Adónde va? —le preguntó, frunciendo el ceño, como si captara algo fuera de lo normal en el semblante de ella.
Valentina vaciló un momento. Tragó saliva y respondió en voz baja:
—Voy al laboratorio de análisis farmacéuticos.
Santiago la contempló aún más desconcertado.
—¿Al laboratorio? ¿Para qué? —La confusión le impregnaba la voz. No era un lugar al que alguien fuera sin un motivo serio.
Valentina aspiró despacio. Los dedos se le cerraron sobre el bolso sin que se diera cuenta.
—Santiago, ¿recuerda lo que dijo el médico en el hospital sobre la sustancia anti-ovulatoria en mi organismo? —La voz le tembló, pero continuó—. Sospecho de las "vitaminas" que he estado tomando todo este tiempo.
Santiago enmudeció. El rostro se le endureció de inmediato. Asintió con lentitud, como si las piezas también estuvieran encajándole en la cabeza.
—Yo también lo he pensado —masculló.
Unos segundos de silencio. Después la observó de nuevo, esta vez con más firmeza.
—Entonces la acompaño.
Valentina negó enseguida.
—No hace falta, de verdad. No quiero causarle molestias.
—No es ninguna molestia —la atajó Santiago con tono ligero pero resuelto—. Estoy libre. Además… no me quedo tranquilo si va sola en estas circunstancias.
Valentina lo contempló un instante. En medio del frío que le calaba los huesos, algo tibio le rozó el pecho. Se limitó a asentir.
—Gracias, Santiago.
Retomaron el camino. Aunque cada uno iba en su propia moto, Santiago se mantuvo cerca de ella en todo momento, como una sombra silenciosa que se aseguraba de que no estuviera sola.
Al llegar al laboratorio, el ambiente cambió de golpe. Paredes blancas e inmaculadas, un olor penetrante a antiséptico, un silencio gélido. Valentina tuvo la sensación de adentrarse en otro mundo. Un mundo ajeno.
Se sentó en la sala de espera con la espalda recta pero rígida. Las manos se le entrelazaron sobre el regazo, tan apretadas que los nudillos se le pusieron blancos. A su lado, Santiago permaneció callado, sin decir gran cosa, pero su sola presencia bastaba para que Valentina no se sintiera del todo desamparada.
Despacio, abrió el bolso. Sacó el frasco y lo contempló una vez más, como si fuera la última vez que vería ese objeto antes de que todo cambiara.
—¿Desea un análisis de composición, señora? —preguntó la encargada en tono rutinario, como si lo que Valentina estuviera haciendo fuera un trámite cualquiera.
Valentina asintió.
—Sí —respondió quedamente; la voz apenas le salió—. ¿Cuánto tardan en tener los resultados? —añadió, esforzándose por sonar serena mientras el corazón le martilleaba sin control.
—Por lo general, entre uno y dos días.
Valentina volvió a asentir. Los días que vendrían iban a hacérsele eternos y asfixiantes. Porque sabía que al final de la espera la aguardaba la verdad. Y esa verdad quizá la destrozaría.
Una vez terminado el trámite, salió del laboratorio con paso vacilante. El aire de afuera era sofocante, pero no logró espantarle el frío que aún le anidaba en el cuerpo.
Santiago la esperaba a pocos metros.
—¿Listo? —preguntó en voz queda.
Valentina asintió sin fuerzas.
—Sí. Solo queda esperar los resultados.
Santiago la observó un momento y luego dijo:
—La acompaño hasta su casa.
Valentina quiso negarse, pero las palabras no le salieron. Se limitó a un leve gesto de cabeza. Regresaron cada uno en su moto.
* * *
Dos días después, Valentina volvió al laboratorio con un paso mucho más pesado. Ya no había confusión como la vez anterior. Se plantó frente al mostrador cuando llamaron su nombre.
Sin preámbulos, le entregaron un sobre. Al tenerlo entre las manos, lo sintió como un peso que le oprimía hasta el esternón.
—Puede revisarlo, señora —indicó la encargada con brevedad.
Valentina se limitó a asentir. No lo abrió de inmediato. Los dedos presionaron los bordes del sobre unos segundos, como si se concediera un último respiro antes de que todo cambiara de verdad.
Santiago, que había permanecido junto a ella desde el principio, le lanzó una mirada discreta.
—Valentina, ¿quiere abrirlo ahora? —preguntó con cautela.
Ella aspiró hondo y asintió apenas.
—Sí. Aquí mismo.
Abrió el sobre despacio. Extrajo la hoja de resultados; le tembló levemente entre los dedos. Los ojos le recorrieron el texto de inmediato. No entendía todos los términos, pero sabía exactamente qué estaba buscando. Línea tras línea fue pasando a toda velocidad. Hasta que la mirada se le clavó en un punto. Un solo término que le tensó el cuerpo entero: anti-ovulatorio.
Valentina no se movió. No parpadeó siquiera. Como si el cuerpo hubiera olvidado cómo reaccionar.
—¿Qué pasa? —La voz de Santiago le llegó queda desde un costado.
No respondió enseguida. Los ojos seguían fijos en el papel. Después, muy despacio, inhaló con un peso enorme, como si algo se le hubiera atorado en la garganta.
—Santiago —pronunció con voz baja, plana, extrañamente hueca—. No eran vitaminas.
Santiago se acercó un poco más.
—¿Entonces…?
Valentina tragó con dificultad y señaló el renglón con un dedo que le temblaba apenas.
—Sí. Lo que yo creía que eran vitaminas… resultó ser un anti-ovulatorio.
El silencio los envolvió.
—¿Tu marido cambió el contenido para que tú…? —Santiago dejó la frase en el aire.
Valentina asintió, casi imperceptiblemente. No hubo llanto ni gritos. Nada estalló en la boca de aquella mujer.
—Eso creo. Porque él era quien me daba esas pastillas todos los días —continuó quedo. El tono no se le elevó ni le tembló en exceso. Pero precisamente esa calma resultaba más lacerante que cualquier alarido.
Santiago cerró los puños. La mandíbula se le endureció.
—Valentina, esto no es una falta menor. Esto ya es demasiado.
Ella no contestó de inmediato. Volvió a contemplar la hoja una vez más y luego la dobló con lentitud. Los movimientos eran pausados, metódicos. Como si estuviera ordenando algo que en realidad ya estaba hecho pedazos.
—Santiago… —lo llamó.
—¿Sí? —La observó sin saber qué decir. Las palabras no alcanzaban para una situación así.
Valentina guardó la hoja en el sobre y el sobre en el bolso. Cada gesto, de una serenidad absoluta.
—Usted es abogado, ¿verdad? —preguntó, mirándolo a los ojos.
—Sí —confirmó Santiago, asintiendo.
—A partir de ahora voy a necesitar su ayuda.