Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 19: La deuda del pasado
Victoria
Alexander estaba parado frente a nosotros.
Impecablemente vestido.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si no acabáramos de descubrir que mi hermano llevaba años desaparecido.
Como si no hubiera un hombre armado acechando la casa.
Como si aquella noche en el accidente jamás hubiera ocurrido.
Pero había algo diferente en sus ojos.
Miedo.
Por primera vez vi miedo en Alexander Blackwood.
Fernando mantenía el arma apuntándole directamente.
—No des un paso más.
Alexander levantó lentamente las manos.
—Baja el arma.
—No.
—Fernando...
—Te dije que no te muevas.
Alexander lo miró fijamente.
—Sigues igual.
Fernando frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Alexander sonrió.
Una sonrisa fría.
—Siempre apuntabas primero y preguntabas después.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo conoces?
Alexander no respondió.
—¡Alexander! —exigí.
Él me miró.
—Conozco a Fernando desde antes de que tú lo conocieras.
El corazón me dio un vuelco.
Miré a Fernando.
Él parecía tan sorprendido como yo.
—Eso es mentira —dijo.
—¿Seguro?
Alexander dio un paso.
Fernando levantó más el arma.
—Uno más y disparo.
Alexander se detuvo.
—¿Todavía tienes esa cicatriz?
Fernando quedó inmóvil.
—¿Qué cicatriz?
Alexander señaló su costado izquierdo.
—La que te hicieron durante la Operación 17-B.
El rostro de Fernando cambió.
Instintivamente llevó una mano hacia su costado.
Yo también recordé algo.
Una cicatriz que había visto una noche mientras Fernando se cambiaba la camisa.
Nunca le había preguntado por ella.
Alexander sonrió.
—Ya veo que sigues sin recordar.
—Cállate.
—¿Por qué? ¿Porque empieza a dolerte la cabeza?
Fernando apretó la mandíbula.
—¿Qué sabes de esa operación?
Alexander miró hacia mí.
—Más de lo que imaginas.
—Entonces habla —dije.
Alexander me observó.
—No aquí.
—¡Aquí!
Mi voz resonó por toda la habitación.
—Estoy cansada de que todos decidan cuándo puedo conocer la verdad.
Alexander bajó las manos.
—Está bien.
Miró a Fernando.
—Pero antes necesito que comprendas algo.
Fernando no respondió.
—Yo no contraté a Fernando para protegerte.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Alexander volvió sus ojos hacia mí.
—Lo contraté porque necesitaba saber dónde estabas.
Fernando bajó ligeramente el arma.
—¿Qué mierda estás diciendo?
—Que alguien llevaba meses intentando encontrarte.
—¿A mí?
Alexander asintió.
—A ti, Victoria.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién?
Alexander miró hacia el pasillo.
—El Círculo.
***
Fernando
No confiaba en Alexander.
Ni un segundo.
Pero sabía reconocer una verdad cuando la escuchaba.
Y aquello encajaba demasiado bien.
—¿Por qué me elegiste a mí?
Alexander soltó una pequeña sonrisa.
—Porque sabía que no recordarías.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué me hiciste?
—Nada.
—¡Mientes!
Alexander sostuvo mi mirada.
—Después de la Operación 17-B, alguien se encargó de borrar tus recuerdos.
—¿Quién?
—El mismo hombre que ahora intenta acercarse a Victoria.
—¿Quién?
Alexander no respondió.
—¿Dónde está Nicholas?
Su rostro cambió.
—No lo sé.
—Mentira.
—Hace cuatro años que no sé dónde está.
—Entonces explícame la fotografía.
Alexander miró la imagen que Victoria sostenía.
La de Nicholas, Daniel y yo.
Su expresión se endureció.
—Esa fotografía nunca debió existir.
—Pero existe.
—Sí.
—¿Qué ocurrió esa noche?
Alexander respiró profundamente.
—Nicholas estaba investigando al Círculo.
—¿Y tú?
—Yo también.
—No te creo.
—No necesito que me creas.
Se acercó al escritorio.
—Necesito que recuerdes.
De pronto sentí un dolor agudo en la cabeza.
Me llevé una mano a la sien.
Imágenes.
Un pasillo.
Luces rojas.
Un vehículo militar.
Nicholas gritando.
Daniel apuntando un arma.
Y una voz.
Una voz femenina.
—¡No lo entregues!
Abrí los ojos.
Victoria estaba frente a mí.
—¿Fernando?
Respiraba con dificultad.
—Vi algo.
—¿Qué?
Miré a Alexander.
—Había una mujer.
Alexander palideció.
—¿Qué mujer?
—No lo sé.
—¿Cómo era?
Cerré los ojos intentando recordar.
Cabello oscuro.
Un abrigo negro.
Una cicatriz.
Y un pequeño tatuaje en la muñeca.
Un círculo.
—El Círculo —murmuré.
Alexander negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—No era una integrante del Círculo.
—Entonces ¿quién?
Alexander me miró.
Y por primera vez parecía realmente aterrado.
—Era la persona que dirigía la operación.
Victoria dio un paso hacia nosotros.
—¿Quién?
Alexander abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder...
Todas las luces de la mansión se apagaron.
***
Victoria
—¡Fernando!
Escuché un golpe.
Después otro.
—¡Victoria, al suelo!
Me lancé al piso.
Un disparo atravesó la ventana.
El cristal explotó.
Fernando rodó hasta cubrirme.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te muevas.
Alexander también estaba en el suelo.
Por primera vez en mi vida, los tres estábamos del mismo lado.
O al menos eso parecía.
Se escucharon pasos.
Varios.
—Nos encontraron —dijo Alexander.
Fernando lo miró.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Alexander sacó un arma de debajo de su chaqueta.
Fernando lo apuntó.
—¿Dónde conseguiste eso?
—No tengo tiempo para explicarlo.
—Entonces empieza a hablar mientras disparamos.
Alexander soltó una sonrisa amarga.
—Sigues siendo igual.
—Y tú sigues siendo un hijo de puta.
—Eso también.
Otro disparo.
Fernando se incorporó.
—Victoria, detrás de mí.
Alexander señaló una puerta lateral.
—Por ahí.
—¿Y tú?
—Los voy a detener.
Fernando lo miró.
—¿Por qué debería confiar en ti?
Alexander respondió sin apartar la mirada:
—Porque si mueres, ellos llegan hasta ella.
Fernando dudó.
Solo un segundo.
Después tomó mi mano.
—Vamos.
Corrimos.
Llegamos a una escalera secreta que nunca había visto.
Alexander cerró la puerta detrás de nosotros.
—¿A dónde lleva?
—Al garaje subterráneo.
—¿Y después?
—Hay un túnel.
Fernando se detuvo.
—¿Un túnel?
Alexander lo miró.
—Lo construimos hace años.
—¿Quiénes?
Alexander no respondió.
Yo sí entendí.
—Mi padre.
Alexander asintió.
—Tu padre, Nicholas y yo.
Sentí un escalofrío.
—Mi padre estaba involucrado.
—Sí.
—¿En el Círculo?
Alexander negó.
—En algo peor.
Fernando intervino:
—¿Qué?
Alexander se detuvo frente a una puerta metálica.
Sacó una llave.
—Tu familia descubrió cómo funciona el Círculo.
La puerta se abrió.
Del otro lado había un largo túnel iluminado por luces de emergencia.
—Y por eso empezaron a desaparecer.
Miré a Alexander.
—¿Mi padre sabía que Nicholas estaba vivo?
—Sí.
Sentí que el corazón se me partía.
—¿Y tú?
Alexander bajó la mirada.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día del accidente.
Me quedé sin palabras.
Fernando dio un paso hacia Alexander.
—¿Y por qué nunca se lo dijiste?
Alexander lo miró.
—Porque me amenazaron.
—¿Con qué?
Alexander miró hacia mí.
—Con matarla.
Sentí que todo dentro de mí se quebraba.
—¿A mí?
—A ti.
—¿Y entonces decidiste mantenerme encerrada?
Alexander no respondió.
—¿Decidiste golpearme?
Silencio.
Fernando levantó el arma.
—Alexander...
—No.
Alexander lo miró.
—Eso no fue por el Círculo.
La confesión me golpeó más fuerte que cualquier disparo.
—Entonces ¿por qué?
Alexander bajó la cabeza.
—Porque estaba perdiendo el control.
Fernando apretó el arma.
—No vuelvas a justificarlo.
Alexander asintió.
—No lo justifico.
Por primera vez, no tenía respuesta.
Solo vergüenza.
Entonces un sonido metálico recorrió el túnel.
Alguien había abierto la puerta por la que acabábamos de entrar.
Fernando se giró.
—Tenemos compañía.
Alexander miró hacia la oscuridad.
—No.
—¿Qué?
Alexander palideció.
—No son ellos.
Fernando apuntó.
—¿Entonces quién?
Una voz femenina apareció desde el fondo del túnel.
Suave.
Tranquila.
Demasiado conocida.
—Qué reunión tan familiar.
Sentí que la sangre se me congelaba.
La mujer apareció lentamente bajo la luz.
Cabello oscuro.
Abrigo negro.
Una cicatriz junto al ojo.
Y un pequeño tatuaje en la muñeca.
Un círculo.
Fernando dejó de respirar.
Yo también.
Alexander bajó el arma.
—No...
La mujer sonrió.
—Hola, Alexander.
Después miró a Fernando.
—Cuánto tiempo, soldado.
Y finalmente clavó sus ojos en mí.
—Hola, Victoria.
Mi corazón se detuvo.
Porque yo conocía a aquella mujer.
La había visto cientos de veces.
En fotografías.
En recuerdos.
En mi propia casa.
Era mi madre.