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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:564
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

NovelToon tiene autorización de 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

8. La calma que incomoda

En el estudio, el celular de Alden vibró.

Una notificación de uso de tarjeta apareció en la pantalla. El nombre de Belvina figuraba con claridad.

Alden la miró de reojo. Luego tomó el celular. Una ceja se le arqueó apenas.

—¿Compras? —murmuró.

Marcó un número de inmediato. La llamada conectó.

—Sí, señor —la voz al otro lado sonó diligente.

—Informe.

—La se... La señora ha estado recorriendo la zona desde hace rato, señor. Luego se detuvo en su tienda habitual. Ahora mismo está en la caja.

Alden se reclinó. Los ojos se le entornaron un poco.

—¿Sola?

—Sí, señor. Y...

El hombre vaciló.

—¿Y qué?

—Los gustos de la señora... cambiaron.

Alden guardó silencio. —¿En qué sentido?

—Nada de drama. No eligió nada llamativo. Fue directo.

Alden fijó la vista al frente. Vacía. Pero su mente se movía a toda velocidad.

—Sigan vigilando —ordenó, escueto—. Que no se dé cuenta.

—Entendido, señor.

La llamada se cortó.

Alden no soltó el celular de inmediato.

Un cambio pequeño. Pero justamente por eso, inquietante.

—Cada vez más lejos... —murmuró en voz baja.

No era solo la actitud. La forma de elegir. De reaccionar. Y de... ignorar. Ya nada era igual.

Y Alden no toleraba aquello que no podía descifrar.

---

Mientras tanto, en la tienda.

Belvina salió con varias bolsas en la mano. Sus pasos eran ligeros. El rostro, satisfecho.

—Esto sí es vivir... —dijo con soltura.

Subió de nuevo al auto. Pero no se dirigió a casa de inmediato. El auto aminoró la marcha en una intersección.

Belvina no volvió a pisar el acelerador enseguida. Algo había captado su atención: un edificio al otro lado de la calle.

El letrero del frente era nítido. El lugar se veía costoso. Tranquilo.

Un spa.

Lo contempló unos segundos. No porque lo reconociera. Precisamente porque no.

Un lugar así... no es un mundo en el que haya entrado antes.

Dudó un instante. Luego la comisura de sus labios se elevó apenas.

—Por una vez... —murmuró con ligereza.

La decisión se tomó sin pensarlo demasiado. No porque estuviera segura. Sino porque quería probar algo que nunca había tenido.

Unos minutos después.

El aroma a lavanda inundaba la sala del spa. Música suave sonaba de fondo, apaciguadora.

Belvina yacía en la camilla de tratamiento; su cuerpo empezaba a relajarse, aunque de vez en cuando aún se sentía incómoda. Era la primera vez que experimentaba un contacto así: cálido, rítmico, reconfortante.

—¿La presión está bien, señora? —preguntó la terapeuta con voz delicada.

—Sí... se siente bien —respondió con franqueza, los ojos cerrados un momento.

Por dentro, casi se echó a reír.

Antes pensaba dos veces hasta para comer... y ahora me están dando un masaje así.

Pasaron varios minutos.

La puerta se abrió despacio. Alguien entró. Pasos tranquilos. Medidos.

La terapeuta inclinó la cabeza con respeto al instante.

—Bienvenida, señorita Seraphina.

Ese nombre hizo que Belvina abriera los ojos. Giró la cabeza.

La mujer estaba de pie allí. Impecable. Serena. Se notaba... acostumbrada a lugares como ese.

Había algo que resultaba familiar. No por la memoria. Sino por fragmentos de una historia que alguna vez había leído.

Ah... así que esta es ella.

Dina, que ahora vivía como Belvina, la reconoció de inmediato. Esta era la mujer a la que Alden amaba.

Seraphina.

En la historia que había alcanzado a leer, esta mujer siempre era retratada como perfecta. Dulce. Buena. Digna de ser amada.

Belvina apenas la miró un instante. Luego volvió a cerrar los ojos.

Seraphina se detuvo brevemente. Su mirada se posó en Belvina. Las cejas se le fruncieron de manera casi imperceptible.

Por lo general, esa mujer habría puesto de inmediato una expresión gélida. Cortante. A veces incluso mostraba su desagrado sin disimulo.

¿Pero ahora?

Calma. Demasiada calma.

—¿La estoy molestando? —preguntó Seraphina con suavidad.

Belvina abrió los ojos otra vez, la miró un segundo. —No. Adelante.

La respuesta fue ligera. Sin carga. Sin emoción.

Seraphina esbozó una sonrisa tenue. —Gracias.

Caminó hacia la camilla contigua. Pero sus ojos regresaron a Belvina un instante.

Diferente... Muy diferente. Su actitud, su maquillaje. Todo es diferente.

Belvina volvió a cerrar los ojos. Pero su mente no estaba del todo en calma.

Esa mujer era perfecta. Y ella sabía... un hombre como Alden no elegía sin razón.

Exhaló despacio.

Si es así...

Una posibilidad tomó forma. No era una decisión. Todavía no. Pero era lo bastante clara para no ignorarla.

Quizá... apartarme haría todo más sencillo.

El cuerpo se le fue relajando. La idea se sentía liviana en su mente. Como si fuera la mejor salida.

Sin darse cuenta, estaba encaminándose hacia algo mucho más complicado.

Al otro lado, Seraphina yacía con elegancia. Los ojos cerrados. Pero la mente... no.

Belvina no atacó. No se alejó. Ignoró.

Su sonrisa seguía siendo suave. Perfecta. Pero detrás de ella, algo se movía.

Frío. Calculador.

Interesante... Este cambio... no es poca cosa.

Un cambio así... nunca ocurría sin razón.

Abrió los ojos despacio. Contempló el techo.

Si ella cambia... entonces yo también debo ajustarme.

La sonrisa no se alteró. Seguía cálida. Seguía amable. Pero la intención detrás de ella nunca era tan simple.

---

En la oficina.

El celular de Alden volvió a vibrar. Un mensaje entrante. Breve. Alden lo leyó.

Ubicación actual de la señora: Spa Aurelia. Junto con la señorita Seraphina.

La mirada de Alden se detuvo en la pantalla.

El mismo lugar. El mismo horario. Y dos personas que no deberían encontrarse sin motivo.

La mandíbula se le tensó apenas. Esto no era coincidencia. Alguien se estaba moviendo. Y él aún no sabía quién.

Sus dedos se deslizaron sobre la pantalla y marcaron un número con calma. Demasiada calma.

—Sí, señor. —La voz al otro lado se hizo oír.

—¿En la misma sala? —la voz de Alden fue baja.

—Sí, señor. Sala VIP de tratamientos.

Alden se reclinó, la vista fija al frente. Su expresión no se alteró de manera notable. Pero el aire a su alrededor se sentía denso.

—¿Qué están haciendo?

—No hay conflicto, señor. La señora se ve... normal. Ni siquiera habló mucho.

—¿Y Seraphina?

—Como siempre, señor.

Esa respuesta, precisamente, endureció la mirada de Alden. Más afilada. Más profunda.

Cortó la llamada sin agregar palabra. Depositó el celular con lentitud sobre el escritorio. Las manos se le unieron frente a los labios.

Silencio.

Pero su mente se movía a toda velocidad.

Belvina. Esa mujer no había atacado. No había buscado atención. Tampoco había intentado humillar a Seraphina como antes.

Más bien... calló. Se apartó. Como si no le importara.

El dedo de Alden golpeó la mesa una vez. Despacio. Medido.

—¿A qué estás jugando? —murmuró en voz grave.

¿O... esta es tu verdadera forma de ser?

El tono no era simple sospecha. Había algo más oscuro debajo. Pérdida de control. Y Alden Virel jamás toleraba eso.

Tomó su saco. Se puso de pie.

—Preparen el auto.

---

Al otro lado...

El aroma a lavanda aún llenaba la sala.

Belvina disfrutaba del masaje con los ojos cerrados. Su cuerpo había alcanzado una relajación plena. Incluso sus pensamientos, que antes la saturaban, empezaban a apaciguarse.

Hasta que esa voz volvió a escucharse. Suave. Serena.

—No imaginé que pudiéramos estar tan tranquilas en la misma sala.

Belvina abrió los ojos. Giró la cabeza apenas.

—¿Y cómo debería ser? —respondió con ligereza.

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