Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 20: Verdad o Silencio
La madrugada era aún oscura y fría cuando Elena despertó. No necesitó mirar el reloj: su lugar a su lado estaba vacío, pero el hueco de su cuerpo aún conservaba calor. Se incorporó sobresaltada y lo encontró de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, con la mano apoyada en el marco y la mirada perdida en la noche que se desvanecía. Vestía de nuevo, pero desaliñado, como si se hubiera puesto la ropa sin ganas, impaciente por partir y a la vez incapaz de irse.
—Pensé en dejarte dormida —dijo sin girarse, su voz baja y cargada de un peso que le heló la sangre—. Pero te desperté. Bien. Necesito que estés despierta para esto.
Elena se levantó y se envolvió en la manta hasta el pecho, acercándose despacio.
—¿Qué ocurre? —susurró, posando una mano en su espalda tensa—. Me asustas, Damian.
Él giró lentamente el rostro hacia ella. Tenía la mirada sombría, desgarrada, como si cargara con una decisión que le partía el alma por la mitad.
—Es hora de elegir —le dijo, con un hilo de voz—. De decirte la verdad completa… o callar y dejar que las cosas sigan como están. Y cada segundo que pasa se hace más difícil cualquiera de las dos opciones.
Elena apretó su espalda con la mano, firme y segura a pesar del temblor que la recorría.
—Dímelo. Todo. No más pedazos, no más mitades. Sea lo que sea… soy lo bastante fuerte para escucharlo. Y para estar contigo, pase lo que pase.
Damian soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos un instante, como si reuniera fuerzas para cruzar un abismo. Al abrirlos, se volvió por completo hacia ella y la tomó de las manos entre las suyas, apretándolas con desesperación.
—No empecé a ser Kael por gusto ni por capricho —empezó, con voz ronca y veloz, como si las palabras se escaparan tras años presas—. Lo creé para sobrevivir. Mi carrera deportiva… no es mía libre. Está controlada, condicionada, vigilada. Cada paso, cada imagen, cada palabra pública debe ser aprobada. Si supieran lo que digo y lo que escribo… lo que siento… me destruirían profesionalmente antes de que salga el sol. Y no solo a mí. A ti también te salpicaría. Te arrastrarían al lodo sin saber ni por qué.
Elena escuchaba atenta, apretando sus manos con fuerza.
—¿Te amenazan? —preguntó con voz firme—. ¿Te controlan?
—De formas sutiles, pero reales —respondió él, amargo—. Contratos, patrocinadores, personas poderosas que manejan todo como si fuéramos piezas de ajedrez. Mi imagen vale mucho dinero. No me dejan ser humano. No me dejan equivocarme. Y mucho menos… enamorarme de mi alumna.
Hizo una pausa y tragó saliva con dificultad, mirándola como si quisiera grabar cada rasgo suyo para siempre en la memoria.
—Y aquí está la verdad más dura, Elena: si nos descubren, no solo pierdo yo. Te expones al rechazo, al escarnio, a perder tu beca y tu lugar aquí. ¿Eres consciente de lo que significa eso? ¿De lo que te pido al seguir en silencio?
Elena se quedó inmóvil un instante, procesándolo todo. No era solo un secreto de amor prohibido. Era una trampa construida con dinero y poder, lista para cerrarse sobre ambos si daban un paso en falso. Pero no retrocedió. Al contrario: se acercó más, hasta que sus frentes casi se tocaron.
—¿Me estás advirtiendo para que me vaya? —preguntó ella, suave pero tajante—. ¿Es eso lo que quieres, Damian? ¿Que te deje solo en tu jaula dorada y te olvide?
—¡No! —gritó, ahogado, y la atrajo contra sí con fuerza desesperada, abrazándola como si temiera que se desvaneciera—. No quiero eso. Nunca querré eso. Pero te quiero a salvo más de lo que te quiero conmigo. Y ahora mismo… no puedo tener las dos cosas. No todavía.
Elena le acarició el cabello con dulzura y besó su sien, su mejilla, sus labios con ternura infinita.
—Entonces seguiremos en silencio. Mientras haga falta. Pero escúchame bien: no eres mi secreto. Tú eres mi amor. El silencio es solo una jaula temporal… y algún día la romperemos juntos. ¿Prometido? Tú y yo contra todos, cuando llegue el momento.
Damian sollozó contra su hombro, aferrándola con toda su alma.
—Prometido. Te prometo que un día serás mía a la luz del sol. Sin miedo. Sin mentiras. Delante de todos. Pero hasta entonces… ten paciencia conmigo. Confía en mí. Aunque parezca cobarde a veces. No lo soy. Solo estoy preparando el terreno para que cuando caiga todo… caiga sobre mí y no sobre ti.
La besó entonces con una mezcla de gratitud y desesperación que le rompió y recompuso el corazón al mismo tiempo. Se besaron con la urgencia del tiempo que se les escapaba entre los dedos, sabiendo que la puerta debía abrirse pronto y él tendría que marcharse.
—Tengo que irme —susurró al fin, separándose con esfuerzo y mirándola como si quisiera llevarse consigo cada detalle—. Antes de que amanezca del todo.
—¿Cuándo volveremos a estar así? —preguntó ella, aferrándose a su mano sin querer soltarla.
—Cada tarde a las cinco —le prometió, besando sus dedos uno por uno—. Y encontraré momentos. Haré huecos. Te buscaré aunque sea un instante entre clase y clase. No te dejaré sin verme mucho tiempo, te lo juro.
Se dirigió a la puerta, se detuvo en el umbral y la miró por última vez antes de salir hacia la luz pública que lo transformaría de nuevo en el hombre intocable.
—Te quiero, Elena. Más allá del silencio y del miedo. Siempre tuyo.
—Y yo tuyo —respondió ella con voz firme—. Siempre.
La puerta se cerró suavemente. Se quedó sola en la habitación, con el eco de su voz y el calor de su abrazo aún presentes. Sabía ahora la verdad completa. Sabía el precio. Y aun así… no dudó ni un segundo. No cambiaría nada. No a él. No a lo que tenían.