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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: LOS CELOS DE RENATA

Habían pasado apenas tres semanas desde que Valeria consiguiera su asiento en el comité de inversión, y en ese tiempo, su cercanía profesional con Sebastián había crecido con una naturalidad que, vista desde afuera, resultaba completamente inocente: reuniones de trabajo que se extendían más allá del horario habitual, almuerzos de negocios donde discutían proyecciones de expansión, llamadas telefónicas frecuentes para coordinar detalles de las nuevas inversiones que el comité estaba evaluando.

Vista desde los ojos de Renata, sin embargo, cada uno de esos encuentros se acumulaba como una amenaza cada vez más difícil de ignorar.

—Renata. —Sebastián levantó la vista, con la expresión ligeramente culpable de alguien sorprendido en algo que, técnicamente, no tenía nada de malo—. Estábamos revisando las proyecciones del proyecto centroamericano. Valeria encontró algunas inconsistencias que necesitábamos resolver antes de la presentación de mañana.

—Qué dedicación la suya, señorita Cross. —La voz de Renata mantuvo una cortesía perfectamente medida, aunque Valeria, con años de práctica identificando exactamente ese tipo de hostilidad disfrazada, reconoció de inmediato la tensión subyacente—. Trabajar hasta estas horas, con mi esposo, casi todas las semanas.

—El trabajo de inversión estratégica requiere ese tipo de dedicación, señora Roig. —Valeria sostuvo su mirada con una calma absoluta, disfrutando en secreto de la ironía particular de esa conversación—. Espero que no le resulte incómodo que su esposo y yo colaboremos tan de cerca. Le aseguro que mi único interés es puramente profesional.

—Por supuesto. —Renata forzó una sonrisa que no lograba disimular del todo el filo debajo—. Sebastián, cariño, ¿no ibas a llegar temprano hoy? Antonella preguntó por ti durante la cena.

Un destello de culpa cruzó el rostro de Sebastián, y Valeria observó con una satisfacción fría cómo la mención de su hija —de su propia hija, aunque Sebastián no tuviera la más remota idea de que estaba sentado frente a la verdadera madre de esa niña— lograba exactamente el efecto que Renata había calculado.

—Termino en veinte minutos, lo prometo.

—Está bien. —Renata se giró hacia la puerta, pero antes de salir, lanzó una última mirada hacia Valeria, una mirada que ya no intentaba ocultar del todo la hostilidad que llevaba semanas acumulando—. Señorita Cross, algún día deberíamos organizar una cena. Me encantaría conocerla mejor, fuera del ambiente puramente profesional de la oficina.

—Sería un placer, señora Roig.

Cuando Renata finalmente cerró la puerta tras de sí, Sebastián dejó escapar un suspiro cansado, pasándose una mano por el rostro con un gesto que Valeria reconoció, con una punzada de amargura, como exactamente el mismo gesto que solía hacer años atrás cuando algo lo agobiaba.

—Disculpa eso. Renata ha estado un poco tensa últimamente.

—No hay nada que disculpar. —Valeria cerró su propia carpeta, con un cuidado calculado—. Es natural que una esposa se preocupe por la cercanía profesional de su marido con otra mujer, especialmente considerando... —dejó la frase deliberadamente incompleta, observando con atención la reacción de Sebastián.

—¿Considerando qué?

—Nada. Olvídalo.

—No, dímelo. —Sebastián la miró con una intensidad que Valeria reconoció como el momento exacto de vulnerabilidad que había estado esperando pacientemente durante semanas—. ¿Considerando qué?

Valeria fingió dudar, con la actuación calculada de alguien que revela información sensible en contra de su propio criterio.

—Escuché algunos rumores, en las cenas de la comunidad empresarial, sobre las circunstancias de tu matrimonio anterior. —Bajó ligeramente la voz—. Sobre tu prometida original. Perdóname si estoy siendo indiscreta, no era mi intención sacar un tema tan delicado.

El rostro de Sebastián se ensombreció visiblemente.

—Camila. —Pronunció el nombre con un peso que llevaba años sin permitirse mostrar frente a nadie—. Sí, hubo... circunstancias muy difíciles.

—No tienes que hablar de eso si te resulta doloroso.

—No, está bien. —Sebastián se recostó en su silla, con la mirada perdida en algún punto lejano—. A veces siento que nunca terminé de procesar lo que pasó. La acusaron de matar a mi padre. La condenaron. Y yo... —Su voz se quebró ligeramente—. Yo nunca hice absolutamente nada para defenderla. Ni siquiera fui a verla una sola vez durante los cinco años que estuvo en prisión.

—¿Por qué no?

—Porque tenía miedo. —La confesión salió de Sebastián con una honestidad cruda que sorprendió incluso a Valeria—. Miedo de descubrir que tal vez sí era culpable. Miedo de descubrir que tal vez no lo era, y que yo la había abandonado de todas formas cuando más me necesitaba. Era más fácil no saberlo. Más fácil dejar que Renata y mi... que la familia manejara todo, mientras yo simplemente seguía adelante con mi vida.

—Eso debió haber sido muy difícil para ti.

—Lo fue. Lo sigue siendo, si te soy completamente honesto. —Sebastián la miró directamente, con una vulnerabilidad que Valeria reconoció, con un dolor agudo y complejo, como algo genuino, algo que ella jamás hubiera esperado encontrar en el hombre que la había abandonado hace tantos años—. Hay noches en que todavía sueño con ella. Con su rostro justo antes de que se la llevaran. Con la manera en que me suplicó que dijera algo, que hiciera algo, y yo simplemente... me quedé callado.

Valeria sintió que algo peligroso se removía dentro de ella, una mezcla confusa de la rabia que llevaba años cultivando contra ese mismo silencio, y una compasión inesperada por el hombre atormentado que tenía enfrente, incapaz de reconciliar la culpa con la comodidad de la vida que había construido después.

—¿Sabes algo de ella ahora? —preguntó, con un control absoluto sobre cada palabra—. ¿De Camila?

—No. Nadie sabe nada. Desapareció por completo después de salir de prisión. —Sebastián negó con la cabeza, con una tristeza genuina—. A veces me pregunto si está bien. Si encontró la manera de reconstruir su vida en algún lugar lejos de todo esto. Espero que sí. Espero, sinceramente, que haya encontrado algo de paz.

Valeria sintió que las palabras se le atoraban en la garganta, una respuesta que jamás podría pronunciar en voz alta: No encontré paz, Sebastián. Encontré propósito. Y ese propósito me trajo exactamente hasta aquí, sentada frente a ti, más cerca de lo que jamás podrías imaginar.

—Estoy segura de que, dondequiera que esté, ha encontrado la fuerza para seguir adelante —dijo en su lugar, con una voz que apenas lograba mantener firme—. Las personas fuertes siempre encuentran la manera.

Sebastián asintió, observándola con una expresión que combinaba gratitud por haberlo escuchado y algo más, algo que empezaba a parecerse peligrosamente a un sentimiento que él mismo no terminaba de reconocer todavía.

—Gracias por escucharme, Valeria. Hacía tiempo que no hablaba de esto con nadie.

—Cuando quieras hablar, aquí estoy. —Valeria se puso de pie, recogiendo sus documentos con manos que apenas lograba mantener firmes—. Ahora, deberías irte a casa. Tu esposa y tu hija te esperan.

Sebastián asintió, y mientras Valeria salía del despacho, sintió que una tormenta de emociones contradictorias la acompañaba por todo el pasillo: satisfacción por el terreno ganado en su plan cuidadosamente construido, y un dolor inesperado, incómodo, al descubrir que el hombre al que había jurado destruir todavía cargaba, después de tantos años, con el peso genuino de haberla abandonado.

No te confundas, se recordó a sí misma, mientras esperaba el ascensor con la espalda perfectamente recta y la expresión absolutamente controlada. Su culpa no borra su silencio. Y su silencio fue exactamente lo que me costó cinco años de mi vida, y cinco años enteros lejos de mi hija.

En algún lugar del edificio, todavía en su despacho, Renata Duarte observaba desde su propia oficina, a través de las cámaras de seguridad internas que ella misma había solicitado instalar meses atrás bajo el pretexto de proteger información sensible del comité de inversión, la manera exacta en que su esposo y la elegante inversionista suiza se habían mirado durante los últimos minutos de esa conversación.

Y por primera vez desde la llegada de Valeria Cross a la ciudad, Renata sintió que el miedo que llevaba semanas acumulando en silencio empezaba a transformarse en algo mucho más peligroso: la determinación absoluta de descubrir exactamente qué era lo que esa mujer realmente quería.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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