El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 8: El Lenguaje de las Espinas
La primera mañana de su decimoctavo año no trajo el sol a la habitación de Clara. En "El Jardín de los Susurros", las ventanas habían sido selladas con láminas de plomo y cortinas de terciopelo tan densas que el tiempo se medía solo por el goteo del agua en los sótanos y el pulso errático del corazón de su madre en la habitación contigua.
A las seis de la mañana, un golpe seco resonó en su puerta. No era el toque suave de Margaret, sino el impacto firme y rítmico de alguien que no conocía la duda.
—Es hora, Clara —la voz de Francois atravesó la madera, desprovista de cualquier matiz paternal.
Clara se levantó. Su cuerpo se sentía extraño; sus sentidos estaban tan afilados que podía escuchar el roce de la seda de su camisón contra su piel como si fuera el estrépito de una lija. Abrió la puerta y se encontró cara a cara con su padre. Francois vestía un delantal de cuero negro sobre su traje impecable. En sus manos llevaba unas cizallas de plata que brillaban con una luz propia y malvada.
—El jardín espera —dijo él, girándose sin esperar respuesta.
El Invernadero de las Sombras
Descendieron a los sótanos, un lugar al que Clara tenía prohibido entrar hasta el día anterior. El aire allí era cálido y cargado de una humedad asfixiante que olía a almizcle, sangre y algo profundamente dulce que le revolvía el estómago.
Bajo luces ultravioletas que bañaban todo de un tono púrpura espectral, crecían flores que desafiaban la botánica. Había orquídeas que parecían hechas de carne humana, cuyas raíces se retorcían en el aire buscando calor, y enredaderas con espinas tan largas como dagas que goteaban un líquido viscoso y oscuro.
—Demon exige perfección —explicó Francois, deteniéndose ante un lecho de flores blancas que tenían motas rojas en el centro, como si hubieran sido salpicadas por una arteria abierta—. Estas son las Lágrimas de Perséfone. Se alimentan de la intención del que las cultiva. Si sientes miedo, se marchitan. Si sientes odio, se vuelven venenosas.
—¿Y si siento amor, papá? —preguntó Clara, intentando encontrar una grieta en la armadura emocional de su padre.
Francois se tensó por un microsegundo. Sus cizallas cortaron un tallo con una precisión quirúrgica antes de responder.
—El amor es una plaga en este jardín, Clara. Solo sirve para debilitar la cepa.
El Entrenamiento de la Sed
Francois le entregó a Clara un par de guantes de seda reforzada y le ordenó limpiar los parásitos de una enredadera que rodeaba una estatua de mármol que, curiosamente, tenía las facciones de Margaret.
—Tu entrenamiento hoy consiste en el control —dijo Francois, observándola desde las sombras—. Tu sangre está despertando. Sentirás que el mundo es demasiado lento, demasiado ruidoso. Querrás correr, querrás morder, querrás saciar un vacío que crees que es hambre, pero es poder. Si no controlas el jardín, el jardín te consumirá a ti.
Clara comenzó a trabajar. Al tocar las plantas, sintió una conexión eléctrica. Podía "escuchar" el hambre de las raíces. Pero mientras trabajaba, notó algo extraño en la disposición de las flores que su padre estaba podando. Francois no estaba cortando al azar.
Él estaba creando un arreglo en un jarrón de cristal negro en el centro de la mesa de trabajo. Colocó una Anémona púrpura, rodeada de Acónito y coronada con una sola Rosa de Damasco despojada de sus pétalos exteriores.
En el antiguo lenguaje de las flores que Margaret le había enseñado en secreto cuando era niña, ese arreglo significaba algo muy específico: “Abandono, peligro mortal, mi corazón sangra por ti”.
Clara sintió un vuelco en el corazón. Miró a su padre, pero Francois seguía con el rostro impasible, sus ojos dorados fijos en el trabajo.
—Papá... —empezó ella.
—Silencio —la interrumpió él—. Demon nos observa. Él siempre está en las sombras, Clara. No hables. Escucha lo que la tierra te dice.
El Ojo del Amo
Como si hubiera sido invocado por la mención de su nombre, Demon emergió de la penumbra del fondo del invernadero. Vestía una bata de seda escarlata y sostenía una copa de cristal con un líquido que no era vino.
—Qué cuadro tan conmovedor —dijo Demon, caminando con una elegancia pavorosa entre las hileras de plantas carnívoras—. El maestro y la aprendiz. ¿Cómo progresa nuestra pequeña híbrida, Francois?
—Tiene instinto, milord —respondió Francois, inclinando la cabeza—. Pero su voluntad aún está ligada a la superficie. Aún recuerda el sol.
Demon se acercó a Clara y tomó un mechón de su cabello, enrollándolo en su dedo pálido. Clara sintió un frío glacial recorrer su espina dorsal, pero se obligó a no retroceder.
—El sol es una mentira que los mortales se cuentan para no ver la oscuridad que los rodea —susurró Demon al oído de Clara—. Tu padre también se resistió al principio. Creía que su amor por Margaret era un escudo. Pero mira ahora... es mi mejor creación. Es perfecto porque ya no siente nada que yo no le permita sentir.
Demon miró el arreglo floral que Francois acababa de terminar. Sus ojos de obsidiana se entrecerraron.
—Un arreglo interesante, Francois. Muy... melancólico. ¿Para quién es?
—Para el salón principal, milord —respondió Francois sin vacilar—. Para recordarnos que la belleza nace de la decadencia.
Demon sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos. Tomó la Rosa de Damasco y la apretó en su puño hasta que el jugo rojo corrió por sus dedos.
—Asegúrate de que Clara entienda que en este jardín, las flores que no sirven a su dueño son arrancadas de raíz.
El Mensaje Oculto
Cuando Demon finalmente se marchó, la tensión en el invernadero se disipó ligeramente, aunque el aire seguía cargado de amenaza. Francois se acercó a Clara para inspeccionar su trabajo.
—Has terminado con la enredadera —dijo él—. Ahora, prepara este ramo para tu madre. Llévaselo a su habitación.
Él le entregó un conjunto de flores que acababa de recolectar rápidamente: Clemátide, Lirios del valle y una rama de Adelfa.
Clara tomó las flores con manos temblorosas. En el código de Margaret, eso significaba: “Estrategia mental, el regreso de la felicidad, pero cuidado con el veneno”.
Francois la miró fijamente a los ojos. Por un segundo, solo un segundo, el dorado de sus pupilas pareció fracturarse, revelando un destello del hombre que fue.
—No te detengas en los pasillos, Clara —dijo él en un susurro casi inaudible—. Y no confíes en los espejos. Los espejos son sus ojos.
Clara asintió, comprendiendo que su padre no estaba tan perdido como Demon creía. Francois estaba librando su propia guerra interna, una guerra de siglos concentrada en la punta de sus dedos. Él estaba usando lo único que Demon no podía controlar por completo: su talento como florista y los secretos compartidos con Margaret.
El Pacto en la Habitación
Clara subió a la habitación de Margaret. Encontró a su madre sentada frente a una ventana sellada, sosteniendo un libro de oraciones vacío. Al ver las flores, Margaret palideció, pero sus dedos buscaron rápidamente el significado oculto al tocarlas.
—Él está ahí —susurró Margaret, con una lágrima corriendo por su mejilla—. Francois está luchando por nosotros.
—Me dio un mensaje, mamá. Dice que tengamos cuidado con los espejos y que preparemos una estrategia.
—El veneno... —Margaret miró la Adelfa—. No es para nosotros, Clara. Es para él. Tu padre está cultivando algo en ese sótano que Demon no puede procesar. Una cepa de flores que se alimentan de la esencia de un vampiro antiguo para consumirlo desde adentro. Pero necesita a alguien que pueda entregárselas. Alguien a quien Demon no tema.
—Yo —dijo Clara con determinación—. Él me quiere a su lado. Él cree que puede moldearme.
—Es peligroso, hija. Demon es un maestro del engaño. Si sospecha que Francois está recuperando su voluntad, lo destruirá sin dudarlo.
En ese momento, Clara sintió una vibración en su bolsillo. Era el anillo de obsidiana. Estaba pulsando con un calor febril. Se dio cuenta de que el anillo no solo era un puente de sangre, sino un receptor sensorial. Demon podía sentir sus emociones a través de él.
Clara cerró los ojos y, por primera vez, usó su voluntad híbrida. Visualizó una pared de hielo alrededor de su corazón, ocultando su esperanza y su miedo bajo una capa de indiferencia fría, la misma que veía en su padre. Cuando volvió a abrir los ojos, el anillo se enfrió.
—Voy a jugar su juego, mamá —dijo Clara—. Voy a dejar que crea que me está convirtiendo en su reina. Pero mientras él mira mi corona, yo estaré preparando su tumba.
Desde el pasillo, la sombra de Francois se proyectó bajo la puerta. No entró, pero Clara supo que estaba allí, vigilando, protegiendo el primer hilo de una rebelión que se tejía entre pétalos y espinas. La guerra por "El Jardín de los Susurros" había comenzado de verdad, y esta vez, el demonio no tenía idea de que sus propios lirios estaban aprendiendo a morder.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!