Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Con la frente en alto.
La mirada penetrante de Octavio se clavó en mí, dejándome completamente paralizada. ¿De dónde demonios había salido? Peor aún, ¿cuánto había escuchado? A su espalda, Nadia, quien por fin parecía entender la gravedad aterradora del asunto, comenzó a llorar a mares mientras Roxana seguía actuando como la desquiciada que siempre fue.
—¡Suéltame ahora mismo, Octavio! Ahora le demostraré a esta perra insolente a respetarme. —Pero Octavio no la soltó, mucho menos le prestó atención; sus ojos, llenos de una confusión hiriente, seguían clavados en mí.
—¿Qué has dicho, Briella? ¿Acaso tú piensas que yo te engañé y por eso te marchaste sin decirme nada?
—No lo pienso, ¡es la verdad absoluta de lo que sucedió! Deja de venderte como víctima, Octavio, deja de molestarme cuando fuiste tú quien destrozó todo lo que teníamos. La amabas a ella; bueno, ahora la tienes, ¡déjame en paz!
Intenté seguir con mi camino, pero fue él quien me lo impidió esta vez, su mano firme deteniéndome.
—¿Quién te dijo eso? —insistió, con esa mirada suya que fingía no entender, como si de verdad fuera incapaz de comprender nada.
—¡Tú lo hiciste! Lo escuché de tus propios labios esa noche en que los dos estaban solos en casa —dije con firmeza absoluta, mi voz temblaba de ira contenida— Que siempre la habías amado. Que solo te conformaste conmigo para no estar solo, que yo no te hacía feliz. Bueno, los felicito, ¡ahora son felices!
Octavio se tambaleó por un instante, su rostro blanco como la mortaja. Roxana rápidamente intentó ayudarlo, pero él la apartó con un movimiento brusco y certero, como si fuera una molestia.
—Briella, eso no es como lo piensas, estaba borracho y dije cosas que no... —Levanté mi mano para callarlo de inmediato, mi gesto tajante, inquebrantable.
—Entonces explícame por qué esta mujer que se dice la "más digna" no solo invadió mi casa, sino que también se apoderó de todo lo que era mío. Usando mi ropa interior sin descaro, quedándose con todas las joyas que tú me habías regalado. Paseándose por la casa como si fuera suya. ¡Ella fue la que te entregó los papeles del divorcio y tú los firmaste sin dudar!
Octavio se quedó mudo, congelado, con su mano extendida hacia mí. Entonces, las personas que antes me tacharon de adúltera infiel ahora se pusieron de mi lado, comenzando a arrojarles cosas a ellos tres, con insultos desagradables y furiosos. Ya tenía el camino libre para irme, pero sin dudas no desperdiciaría esta oportunidad, la única oportunidad de desahogarme.
—Cuando la trajiste a casa y me la vendiste como tu amiga de la infancia, te creí. Cuando su estadía fue ilimitada y la dejabas apoderarse de nuestro hogar, te comprendí. Cuando por fin me cansé de que se rieran en mi cara luego de que ella misma me lo confesara todo, ¡me fui! ¡¿Y yo soy la traidora?! ¡Por seguir con mi vida, por tener un hijo y criarlo con amor y respeto, mientras el suyo es un monstruo que con diez años ya tiene antecedentes por ser un agresor y abusivo! ¡Ja! Personas como ustedes no tienen cara.
Mis palabras solo hicieron que la multitud se pusiera más furiosa aún, provocando un escándalo increíble en medio de la calle, un verdadero caos. Yo, con la cabeza en alto, seguí mi camino sin mirar atrás, sin una pizca de arrepentimiento. No era lo que yo quería, pero fueron ellos los que me acorralaron una y otra vez. Yo no pienso seguir cargando con sus pecados, tampoco pienso seguir viviendo en el pasado, tal como dijo Nahuel, no quiero ser de las que se ancla en el pasado, quiero ser de las que sigue hacia el futuro.
Al llegar al hotel, todos los compañeros se quedaron observándome de una manera que me puso tremendamente nerviosa, ¿y si por esto pierdo el empleo? ¡No lo pensé antes!
—Briella. —La voz de una mucama me hizo estremecer de golpe. —¿Sabes qué está ocurriendo allá afuera? Desde aquí no vemos nada.
Di un fuerte suspiro de alivio al ver que era solo interés, puro cotilleo.
—Una pareja está discutiendo. Tal parece que los dos son unos sinvergüenzas.
—Oh, ya veo. Por eso todo el alboroto.
—Par de ratas, se merecen el uno al otro, ojalá sigan juntos mucho tiempo así esa desgracia no le cae a nadie más —sentencia la segunda recepcionista con un tono de voz venenoso, y yo solo sonrío, una sonrisa amarga.
Ojalá así sea, después de todo ellos incluso mintieron, engañaron, me destrozaron el corazón con tal de estar juntos. Lo mínimo que se merecen es pasar el resto de sus vidas atados el uno al otro, condenados a su propia miseria.
Luego de cambiarme, me doy cuenta de lo afortunada que fui; de seguro ninguno de ellos sospecha que yo trabajo aquí, así que espero que después de este encuentro ya me dejen vivir tranquila, por fin.
La tarde pasó rápida y pacífica, sin problema alguno, y al llegar a casa mi dulce tesoro me recibió con un fuerte abrazo lleno de calidez, un bálsamo para mi alma agitada.
—Mami está en casa. ¿Cómo te fue el día de hoy? —pregunta tomando mi bolso con sus pequeñas manos, sus ojitos curiosos.
—Muy bien, cariño. —Le dejo un suave beso en su frente— ¿Qué tal tu día con Rafa?
—Pésimo... se la pasó llorando porque una chica le rechazó su invitación. Así que estudié mucho con mis auriculares puestos.
Ja, ja, ja. Rafael, ¿qué tan bajo vas a caer delante de los inocentes ojos de tu ahijado? ¡Qué vergüenza!
—Mami, el profe nos invitó a su casa este fin de semana. ¿Podemos ir?
Nahuel no me había dicho nada. —¿Cuándo te lo dijo, cariño?
—Ah, es que fuimos a la tienda por helado. El padrino dice que eso le levanta el ánimo en días malos y estaba el profe.
—Cariño, ¿quieres que hable con Rafael?
—Déjalo, él mañana está feliz nuevamente. —Lo veo encogerme de hombros mientras me trae un vaso con agua— ¿Podemos, mamá?
Rápidamente saco mi celular; es extraño que Nahuel le consulte a Leo primero sin antes hablar conmigo. Y ahí estaban, tres mensajes y cinco llamadas perdidas, mi celular a punto de morir, silencioso y olvidado.
Antes de poder responder, la puerta sonó con golpes suaves y precisos, un ritmo familiar.
—¿Nahuel?
—Perdón que venga sin avisar, te llamé y no respondiste, así que me preocupé.
Leo corrió a sus brazos de inmediato, dejándome perpleja, el corazón desbocado.
—Lo siento, no vi que no tenía batería y que está en silencio. No debiste de venir por algo así. —Mi voz sonó apenada, aunque mi corazón latía con fuerza, un tambor descontrolado en mi pecho.
—¿Cómo que no venga? No me cuesta nada y así me quedo tranquilo de que todo está bien. De verdad no podía más, Briella, la idea de que te cruces con esas personas...
Sin más, lo abracé. Fue un impulso involuntario, pero al sentir sus brazos envolverme con cariño, supe que había encontrado a una buena persona, un refugio en medio de la tormenta.
—Pasa, estábamos justo por empezar a hacer la cena.
—Gracias por la invitación. —La casa se siente completamente diferente después de su llegada, y no es que antes no fuera cálida y acogedora, pero con Nahuel aquí es como tener el equilibrio perfecto y armonioso de una familia que disfruta de llegar a casa y comparte sus aventuras del día, un hogar completo.
Lo veo desplazarse por la cocina con Leo como su ayudante mientras yo soy enviada al sofá.
—El día de hoy estás de suerte —anuncia Nahuel con una sonrisa radiante.
—Te has ganado el gran premio de estar en el sillón viendo una película hasta que la cena esté lista, mamá —Leo lo sigue colocándose su delantal, sus ojos brillando de emoción.
—¡Wow, chicos, qué gran premio! Sin dudas el mejor del mundo.
Ya no había forma de negarlo, quería creer que la vida esta vez sería buena conmigo y con mi hijo. Deseaba que Nahuel fuera esa persona que llegó sin invitación y que se quedaría a nuestro lado por decisión propia, tejiendo un futuro juntos.