Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 15
Alina
—Tranquila, preciosa…
Esa voz me hizo tensarme de inmediato.
El tono… la intención… no tenía nada de tranquilizador.
Antes de poder reaccionar, escuché otra voz.
Más firme.
Más conocida.
—¿Alina?
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Señor Vassari?
—Estoy aquí.
No podía verlo.
No podía ver nada.
Pero sentí su mano buscando la mía en la oscuridad… y la apreté con fuerza.
—Todo estará bien, cariño. No te preocupes.
Quise creerle.
De verdad quise.
—Nos secuestraron…
El silencio que siguió fue pesado.
Demasiado.
Pasaron unos minutos… o tal vez horas. No lo sé.
El tiempo dejó de tener sentido.
Nos levantaron de golpe.
El aire frío golpeó mi rostro.
Tropecé.
Caí.
Me arrastraron sin cuidado.
Sentí cómo la tela de mi vestido se rompía contra el suelo áspero.
Mi piel ardía.
Mis piernas se raspaban.
Y aún así… no grité.
No iba a darles ese gusto.
Luego…
el sonido.
Motores.
Potentes.
Constantes.
Un avión.
Nos empujaron dentro.
El olor a combustible era fuerte.
El ruido ensordecedor.
Y aun así…
sentí su mano otra vez.
Enzo.
—Alina, respira.
Lo hice.
Una vez.
Otra.
Otra más.
—No nos separaron —susurré.
—Eso es bueno.
Sí.
Eso era lo único bueno.
El avión despegó.
Y con él…
la poca estabilidad que me quedaba.
Las voces alrededor eran confusas.
Hombres.
Risas.
Órdenes.
Nada claro.
Nada bueno.
Al aterrizar, me quitaron la venda.
La luz me cegó por un instante.
Parpadeé.
Y cuando logré enfocar…
todo se sintió peor.
El vestido estaba roto.
Mis piernas, llenas de arañazos.
Suciedad.
Sangre.
Nos empujaron hacia el interior de lo que parecía un hangar abandonado.
Frío.
Vacío.
Hostil.
Nos sentaron en sillas metálicas.
A mí me esposaron.
A él…
lo encadenaron.
Nos dejaron solos unos minutos.
El silencio era insoportable.
Hasta que la puerta se abrió.
Un hombre entró.
Su presencia llenó el espacio.
—Enzo Vassari…
Se acercó sin prisa.
Le abrió la camisa.
Observó su pecho.
Frunció el ceño.
—No tienes la marca…
Chasqueó la lengua.
—Así que Alessandro aún no ha elegido heredero.
Enzo no respondió.
Ni una palabra.
El hombre sonrió.
Oscuro.
Inquietante.
—O tal vez ya eligió… y fue Adriano.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Dónde está la cabeza de Adriano? —preguntó a uno de sus hombres.
—No pudimos matarlo.
El ambiente cambió.
De inmediato.
—¿QUÉ?
Su voz estalló.
—Mi mayor creación… va a venir.
Fruncí el ceño.
No entendía.
—¿No me recuerdas, Enzo?
El hombre rió.
Y ese sonido…
me heló la sangre.
—Yo fui quien se llevó a Adriano cuando tenía veinte años.
Silencio.
—Lo retuve quince días.
Miré a Enzo.
Y lo que vi…
me asustó más que cualquier cosa.
Terror.
Puro.
Real.
—Te dejé todas las pistas —continuó—. Todo. Caminos, rutas…
Se inclinó.
—Y aun así… nunca pudiste encontrarlo.
Su sonrisa se amplió.
—Pero él sí supo salir.
Sin ayuda.
Sin guía.
Mi respiración se volvió inestable.
—Tal vez no debí dejarlo ir —añadió—. Pero esta vez… cuando me vea… espero que se aterre.
Y se fue.
El silencio que dejó…
fue peor que su presencia.
—¿Qué… qué pasó? —pregunté.
Enzo no respondió de inmediato.
Sus manos temblaban.
Su respiración era irregular.
Y entonces…
lo vi romperse.
—Adriano… —susurró— cambió de lugar con su madre y Lucca cuando intentaron llevárselos.
Mi pecho se apretó.
—Él se entregó.
—Nunca dijo lo que le hicieron —continuó, con la voz rota—. Volvió caminando… solo… entró a su habitación…
Cerró los ojos.
—Se duchó durante horas.
Mi garganta se cerró.
—Y después… silencio.
—¿Silencio?
—Semanas —respondió—. No habló. No reaccionó. La psiquiatra no pudo sacarle una sola palabra.
Lo miré.
Sin saber qué decir.
—Y ahora entiendo… —susurró—. Él cree que yo nunca lo busqué.
Una lágrima cayó.
Luego otra.
Ver a Enzo Vassari llorar…
como un niño…
me rompió algo por dentro.
—No tenemos mucho tiempo —dijo de pronto, limpiándose el rostro—. Tenemos que pensar.
Asentí.
Aunque mi mente era un caos.
Nos dieron comida.
No comí.
No podía.
—¿Cómo se llama ese hombre? —pregunté.
—No lo sé… —respondió—. Solo sé que trabajaba para los Marshall.
Otro hombre entró.
Nos lanzó ropa.
—Cámbiense.
Miré alrededor.
No había privacidad.
Nada.
El hombre sonrió.
Asqueroso.
Enzo se quitó la chaqueta.
—Toma.
Se puso frente a mí.
Cubriéndome.
Protegiéndome.
Me cambié rápido.
Temblando.
Sintiendo la mirada de ese hombre clavada en mí.
Enzo hizo lo mismo.
Cuando salieron…
respiré por primera vez en minutos.
—Tenemos que sacarte de aquí —dijo.
—¿Y usted?
—No importa.
—Sí importa.
—No —respondió firme—. Ya dejaron claro lo que quieren contigo.
El miedo me atravesó.
Miramos alrededor.
Buscando.
Cualquier cosa.
—Ahí —señalé—. Una ventana.
Se acercó.
—Tú cabes.
Se asomó.
—No hay nadie.
Antes de que pudiera reaccionar…
rompió el vidrio.
El sonido fue seco.
Me miró.
—Escucha bien.
Me tomó del rostro.
—No mires atrás.
—Pero—
—¡ALINA!
Su voz me hizo callar.
—Corre. Escóndete. Y sal de aquí.
Sentí el corazón en la garganta.
—¿Y usted?
Sonrió apenas.
—Yo me encargo.
No confiaba en eso.
Pero no tenía opción.
Me levantó.
Y me lanzó hacia afuera.
Caí.
Rodé.
El golpe me sacó el aire.
Pero me levanté.
Corrí.
Sin mirar atrás.
Porque si lo hacía…
sabía que no podría seguir.
Y mientras avanzaba entre la oscuridad…
una sola idea me perseguía:
Si Adriano llegaba tarde…
esta vez… nadie volvería por mí.