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La Promesa Del Brujo

La Promesa Del Brujo

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Reencarnación(época moderna) / Pareja destinada / Brujas / Amor en la guerra / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?

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Capítulo 16: Dagas de plata

—A veces es una bendición, porque puedo amarte con la intensidad de mil años en un solo segundo. Pero la mayoría de las veces es una maldición. Recuerdo el olor del humo cuando quemaron nuestra casa en 1740. Recuerdo el frío del acero cuando te arrebataron de mi lado en la Gran Guerra. Vivo en un presente perpetuo donde el pasado nunca deja de doler.

Me acerqué a él, rompiendo la distancia de seguridad que siempre intentaba mantener. Tomé su rostro con mis manos, buscando su mirada.

—Esta vez será diferente. Lo prometiste.

—Haré que lo sea —juró, y su voz sonó como un decreto divino.

Se inclinó y me besó, un beso que sabía a ceniza y a esperanza, un beso que hizo que el aire a nuestro alrededor empezara a arremolinarse en un pequeño tornado de hojas secas.

La paz se rompió cuando Dagmar se tensó de repente. Sus pupilas se dilataron y su mano se cerró sobre la mía con fuerza.

—Están aquí —susurró.

—¿Quiénes? ¿La Orden? —sentí que el frío regresaba a mis huesos.

—No ellos directamente, pero sí sus exploradores. Han enviado "Rastreadores de Almas". Criaturas que no ven la luz, sino el eco de la magia. El incidente del espejo y tu fuego de hoy han dejado una estela, a pesar del collar.

Se levantó y me guio hacia el interior del castillo, pero antes de entrar, señaló hacia el bosque que rodeaba la propiedad. Entre la niebla, pude ver tres figuras encapuchadas, montadas sobre caballos negros que no parecían respirar. No tenían rostros, solo un vacío oscuro bajo las capuchas.

—Escúchame bien, Rose —me dijo Dagmar con urgencia—. Necesito que te concentres. El collar te oculta de su vista, pero si sienten tu miedo, te encontrarán por el rastro del alma. Quédate detrás de mí y no uses magia, pase lo que pase. Si lanzas un solo hechizo, el escudo se romperá momentáneamente y sabrán exactamente quién eres.

Salimos al encuentro de los jinetes. El ambiente se volvió gélido, un frío que calaba hasta el espíritu. Uno de los encapuchados levantó una mano enguantada en metal y un sonido chirriante, como metal frotando piedra, salió de su pecho.

—Entregad a la anomalía —dijo la criatura. Su voz no era humana; era un eco distorsionado.

—Aquí no hay más que piedras y sombras —respondió Dagmar, y vi cómo sus manos empezaban a emitir una luz negra, una magia que no me había mostrado antes—. Marchaos antes de que convierta vuestras esencias en polvo.

Los jinetes dudaron. Podía sentir su "olfato" místico buscándome. Estaban a escasos metros de mí, pero para ellos, yo era una mancha borrosa, un error en la realidad gracias al regalo de Dagmar. Mi corazón latía tan fuerte que temí que pudieran oírlo. Cerré los ojos, aferrándome al collar, visualizando el vacío, la nada, intentando apagar mi propia existencia mental.

Tras unos segundos que parecieron siglos, las criaturas dieron media vuelta y se perdieron en la niebla sin decir una palabra más.

Dagmar no se relajó hasta que los jinetes desaparecieron por completo del perímetro mágico del castillo. Me tomó de los hombros, y vi que sus manos temblaban ligeramente.

—Fue demasiado cerca —dijo, su voz cargada de una furia contenida—. La Orden está usando magia prohibida para rastrearnos. Ya no basta con escondernos, Rose. Mañana mismo empezaremos con el entrenamiento de combate real. Tienes que aprender a matar, antes de que ellos lleguen a ti.

Me quedé helada. La palabra "matar" sonaba extraña en mi mente de estudiante de filosofía, pero los recuerdos de las "otras" Rose asintieron con una frialdad que me asustó.

Regresé a casa bajo un silencio sepulcral. Mis tías me esperaban en el comedor, pero esta vez no estaban solas. Sobre la mesa había un mapa antiguo de la ciudad y varias dagas de plata que nunca antes había visto.

—Rose. Si vas a luchar, no solo Dagmar te entrenará. Nosotras también tenemos secretos que la familia nos obligó a guardar. No tenemos magia, Rose —dijo la tía Egle, rompiendo el silencio con una voz que cortaba el aire—. Nunca la tuvimos. Nuestra familia heredó la obligación de ser las guardianas silenciosas.

Me acerqué a la mesa, fascinada y horrorizada a la vez. Las dagas tenían empuñaduras de hueso tallado con runas que no lograba identificar, pero que vibraban al contacto con mi cercanía.

—Estas armas —continuó Clarisa, acariciando el metal con reverencia— no son simples cuchillos. Están forjadas con plata bendecida y cenizas de los primeros brujos caídos. Son lo único en este mundo material capaz de atravesar la carne de un ser mágico o de un cazador de la Orden. Si un jinete de esos se atreve a cruzar nuestro umbral, este acero es lo único que lo enviará de vuelta al vacío.

Tomé una de las dagas. Pesaba mucho más de lo que aparentaba. En el momento en que mis dedos rodearon la empuñadura, una visión me golpeó con la fuerza de un rayo.

Mis ojos se pusieron en blanco y el comedor desapareció. Ya no estaba en casa; sobrevolaba la ciudad como un espectro. Vi las calles que recorría a diario, pero bajo una capa de sombras que nadie más podía percibir. Mi visión se detuvo en un edificio antiguo, una biblioteca abandonada en las afueras, cerca del puerto viejo. El lugar estaba rodeado por una cúpula de energía oscura, casi invisible al ojo humano, pero para mis nuevos sentidos, brillaba como una herida abierta en la realidad.

Vi pasadizos subterráneos, hombres con túnicas grises afilando espadas y, en el centro de una cripta, un mapa gigante del continente donde varias marcas de luz roja pinchaban, presintiendo que trataban descartar mi posible ubicación.

—¡Rose! ¡Vuelve! —el grito de Egle me arrancó de la visión.

Caí sobre la silla, jadeando, con la daga todavía apretada en mi mano. El sudor me perlaba la frente.

—Los vi... —susurré, tratando de recuperar el aire—. Sé dónde están. La Orden... Están aquí, en este país. En la biblioteca de San Judas.

Mis tías se miraron con el rostro pálido.

—Ese lugar ha estado clausurado por décadas —murmuró Clarisa—. Siempre pensamos que era por problemas estructurales, pero...

—Es su nido —sentencié—. Tienen mapas, tía. Parecen marcadores por posición de descarte o próximas a descubrir.

No pude dormir. A las tres de la mañana, Dagmar apareció en mi ventana, como una sombra más de la noche. Al ver las dagas sobre mi mesa, sus ojos se entrecerraron con una mezcla de respeto y cautela.

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Laura Diaz
excelente historia
Estefaniavv: Qué bueno que le gustó 🩵🩵
total 1 replies
Estefaniavv
♥️
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