Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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12_El Dolor de la Confesión y el Abrazo Bajo la Lluvia
Karma permaneció así por un instante, con el rostro ladeado, el puño de Nagisa aún reverberando en su mejilla. Su mano se deslizó lentamente por el costado de su boca, sintiendo la sangre, el dolor físico. Y entonces, lentamente, una sonrisa comenzó a formarse en sus labios. No era la sonrisa sardónica y desafiante de antaño, sino una sonrisa suave, casi de alivio. Ese golpe... Para Karma, no era un signo de rechazo final, sino todo lo contrario. Era la prueba irrefutable de que, a pesar de los años, a pesar del dolor y la ira, Nagisa seguía sintiendo. Que aún le importaba.
Que su existencia, y el daño que le había causado, aún era relevante para él. La indiferencia habría sido la verdadera estocada mortal, pero la furia, las lágrimas, el puñetazo... eran una conexión, un lazo irrompible.
Nagisa no se había marchado para siempre. Solo había huido por un momento, incapaz de procesar todo lo que había sentido.
El sonido de la lluvia comenzó a golpear los cristales de la ventana, aumentando en intensidad. Unos segundos. Karma contó los segundos que Nagisa llevaba fuera. Un instante de vacilación, y la perdería. No iba a dejarlo ir. No ahora. No después de haber peleado tan duro para llegar hasta aquí, para romper ese muro.
Karma se levantó de un salto, el dolor en su labio era una distracción insignificante. Salió del apartamento, la puerta se cerró tras él. El frío y la humedad de la escalera lo golpearon de inmediato, pero no le importó. Bajó los escalones de dos en dos, sus ojos dorados escaneando el exterior.
La calle estaba empapada, la lluvia caía con fuerza, creando un velo gris. Y allí, a unos metros de la puerta del edificio, vio la figura esbelta de Nagisa, con el cabello azul oscuro ya pegado a su rostro por el agua, los hombros temblorosos. No estaba corriendo, solo caminaba sin rumbo, como un espectro.
Karma aceleró el paso.
—¡Nagisa! —su voz fue un grito ahogado por la lluvia, pero Nagisa se detuvo.
Karma se abalanzó sobre él, no para atacarlo, sino para atraparlo. Lo alcanzó, sus brazos fuertes rodearon la cintura de Nagisa por la espalda, atrayéndolo hacia él con fuerza. Las gotas de lluvia ya los habían empapado a ambos, confundiéndose con las lágrimas de Nagisa que aún corrían por su rostro.
La ropa de Nagisa se pegó a la de Karma, el frío de la lluvia contrastando con el calor inesperado del abrazo. Karma apoyó su barbilla en el hombro mojado de Nagisa, sin soltarlo. Podía sentir los temblores de Nagisa, pero también la forma en que, después de un instante de resistencia, su cuerpo se aflojaba mínimamente contra el suyo.
—No me iré, Nagisa —susurró Karma al oído de Nagisa, su voz ronca por la emoción y el esfuerzo. La lluvia ocultó cualquier lágrima que pudiera haber resbalado por su propio rostro—. No me iré. Nunca más.
El silencio que siguió fue roto solo por el sonido de la lluvia y los sollozos apenas audibles de Nagisa. Atrapado en el abrazo de Karma, Nagisa no se revolvió, no luchó. Solo se permitió, por primera vez en siete años, sentir. Sentir la lluvia, el frío, el dolor, y la inexplicable, aterradora, pero a la vez extrañamente reconfortante presencia de Karma envolviéndolo.
—Sabes, ese golpe... —la voz de Karma rompió el silencio, todavía apoyado en el hombro de Nagisa, el aliento caliente en su nuca—. Fue mucho mejor que el que me diste en el entrenamiento hace años. La misma fuerza, la misma agilidad. Todavía tienes ese toque.
Nagisa se tensó al escuchar la voz juguetona de Karma, a pesar de la gravedad del momento. El comentario, tan propio de Karma, lo sacó bruscamente de su espiral emocional.
—¡Suéltame, Karma! —exigió Nagisa, su voz amortiguada por la lluvia y el hombro de Karma. Intentó zafarse del abrazo, sus manos empujando ineficazmente los brazos que lo rodeaban.
Pero Karma no lo hizo. Sus brazos permanecieron firmemente anclados alrededor de la cintura de Nagisa. Y mientras Nagisa forcejeaba, Karma sintió, con una certeza inquebrantable, que la resistencia de Nagisa era más una formalidad que un verdadero intento de escape. Nagisa era ágil, fuerte, un asesino entrenado; si realmente quisiera liberarse, lo habría hecho.
Pero no lo hacía. Sus movimientos eran débiles, casi una petición velada para que lo retuviera. Para Karma, eso era más que suficiente. Era una pequeña grieta en el muro, una rendija por donde se colaba la esperanza.
La lluvia continuó cayendo, y Karma simplemente lo mantuvo abrazado, sintiendo el cuerpo tembloroso de Nagisa contra el suyo, la piel fría, el aliento irregular. No había palabras que pudiera decir ahora que fueran mejores que este simple acto de presencia, este aferrarse el uno al otro en medio de la tormenta.
—Karma —la voz de Nagisa, aunque todavía ahogada, ahora tenía un matiz de cansancio, de una determinación que empezaba a regresar—. Será mejor que sigamos esta conversación adentro. Nos estamos empapando.
Karma apoyó su mejilla contra la cabeza mojada de Nagisa, inhalando el familiar aroma a lluvia y a Nagisa que se había perdido durante años.
—Sí —respondió Karma, su voz grave, la promesa implícita de que no huiría de ninguna conversación—. Pero no lo soltó. Sus brazos permanecieron firmemente anclados alrededor de Nagisa, como si temiera que, al liberarlo, se desvaneciera en la lluvia.
Nagisa suspiró. Un suspiro de agotamiento y frustración.
—Karma, suéltame —dijo, esta vez con un poco más de firmeza, aunque sin el arrebato anterior.
Karma no cedió. Su agarre siguió siendo gentil, pero inquebrantable. Era una declaración silenciosa: no te irás de nuevo, no sin mí. Nagisa sintió la insistencia de Karma, la terquedad que siempre había sido una de sus características más prominentes.
Un destello de su antigua agilidad pasó por Nagisa. Con un movimiento rápido y fluido, que solo él podía lograr, se zafó del agarre de Karma. Fue un movimiento limpio, sin violencia, apenas un giro de su cuerpo, y se liberó.
Karma se quedó con los brazos vacíos, el frío de la lluvia volviéndose más evidente sin el calor del cuerpo de Nagisa. Miró los pocos pasos que Nagisa tomó para alejarse de él, enfilando de nuevo hacia la entrada del edificio, sin mirar atrás.
Nagisa no corría, no huía en pánico. Simplemente continuó su camino hacia casa, su andar firme a pesar de la lluvia y el shock emocional. Había recuperado una parte de su compostura, y con ella, su determinación.
Karma lo había seguido, lo había abrazado, había expresado su dolor y su promesa. Pero Nagisa no era un premio fácil de ganar. Había cosas que necesitaban ser dichas y resueltas, y el sofá de su apartamento, aunque humilde, era un lugar más adecuado que la calle empapada por la lluvia.
Karma se quedó un instante inmóvil, observando la espalda de Nagisa. La sangre de su labio, ahora mezclada con el agua de la lluvia, se deslizaba por su barbilla.
Una pequeña sonrisa volvió a asomarse en sus labios. Nagisa no se había marchado corriendo. Nagisa había tomado una decisión. Quería continuar la conversación, bajo sus términos, dentro de su hogar. Eso era un paso. Un paso gigantesco.
Karma comenzó a caminar tras él, manteniendo una distancia respetuosa, pero sin perderlo de vista. El camino a casa, que Nagisa había recorrido tantas veces solo, ahora tenía una sombra persistente siguiéndolo. La tormenta no había pasado, pero al menos, estaban caminando hacia un refugio.
Entraron en el apartamento, ambos empapados y tiritando. El frío de la lluvia y la tensión acumulada se sentían en el aire.
—Ve a darte una ducha caliente —ordenó Nagisa, su voz ahora un poco más fuerte, autoritaria. Señaló el baño con la cabeza, sin mirar directamente a Karma. La brusquedad era una barrera, una forma de mantener el control.
Karma no discutió. Sus ropas goteaban, y la idea del calor era tentadora. Entró en el baño, y Nagisa se dirigió a su propia habitación.
Unos veinte minutos después, ambos emergieron, Karma con la ropa seca que Nagisa le había prestado la noche anterior (la camiseta azul, ahora un poco más arrugada, y unos pantalones grises que le quedaban algo cortos), y Nagisa en su ropa de casa habitual, un suéter de punto suave y pantalones cómodos. El ambiente había cambiado sutilmente; el frío había cedido un poco, pero la intensidad de la atmósfera no.
Se sentaron de nuevo en el salón, esta vez en silencio por unos momentos. Karma, con el labio aún ligeramente hinchado pero ya limpio, miró a Nagisa, quien había tomado su lugar en la silla individual, con los brazos cruzados, una postura defensiva que no había desaparecido.
—Continúa —dijo Nagisa, su voz baja, pero clara. Sus ojos azules estaban fijos en Karma, sin la ira de antes, pero con una atención férrea. Estaba listo para absorber cada palabra, cada detalle.
Karma asintió. Respiró hondo, reuniendo la fuerza para desenterrar los recuerdos que había mantenido sellados.
—Después de graduarme de la universidad, mis contactos de la política me llevaron a un puesto en el ministerio de defensa. Ironía del destino, ¿no? El asesino de un maestro pulpo trabajando para proteger al país. Mi ascenso fue rápido. Demasiado rápido para algunos. La ambición me consumía, una sed insaciable de poder, de control. Creía que si acumulaba suficiente influencia, podría de alguna manera controlar mi propio destino, el destino de mis recuerdos.
Una mueca de amargura cruzó el rostro de Karma.
—Pero cuanto más alto llegaba, más sucio se ponía el juego. No eran los golpes directos que conocíamos en la Clase 3-E. Eran traiciones silenciosas, puñaladas por la espalda, la manipulación de la verdad para destruir reputaciones. Me convertí en un experto en ello, un maestro en el arte de la estrategia política. Siempre un paso por delante. Despiadado. Frío. Era la armadura que había construido para no sentir. Para no pensar en Koro-sensei. Para no pensar en ti.
Nagisa escuchaba con atención, sus ojos siguiendo cada matiz en el rostro de Karma. Las palabras dibujaban un retrato de un Karma que apenas reconocía, un hombre endurecido, forjado en un fuego diferente al que habían compartido.
—Y en medio de todo eso, mis "enemigos"... La gente que no soportaba mi ascenso meteórico, o que no toleraba mis métodos. Hubo "accidentes" más serios. Un sabotaje en el sistema de frenos de mi coche, un intento de envenenamiento en una cena oficial... Incluso uno en mi propio apartamento, un tipo que intentó entrar mientras dormía. Me obligó a volver a mis viejos entrenamientos, a reactivar esos instintos que pensé que había dejado atrás. No para divertirme, Nagisa. Para sobrevivir. Cada vez que esquivaba una bala, cada vez que desarmaba una trampa, pensaba en ti, en Koro-sensei. Pensaba en la promesa de que la clase E era la élite, que éramos los mejores. Y eso me daba la fuerza para seguir luchando, para no dejarme derrotar.
Karma miró a Nagisa, sus ojos dorados llenos de una mezcla de dolor, arrepentimiento y una extraña súplica.
—Pero la parte más cruel de todo, la que realmente me mantuvo al borde de la locura, era la noche. Los sueños. No eran ocasionales, Nagisa. Eran recurrentes, casi cada noche. Te buscaba. Siempre. Te veía en diferentes escenarios: corriendo por un campo de flores, riendo en nuestra antigua aula, luchando a mi lado en alguna misión fantástica. A veces, simplemente aparecías, sonriendo, y el alivio era tal que me despertaba con un nudo en la garganta, con la esperanza de que, por una vez, fueras real.
Una lágrima solitaria se abrió paso por la mejilla de Karma, brillando en la tenue luz de la mañana.
—Pero nunca lo eras. Siempre era solo un sueño. Y la cruda realidad de tu ausencia, de la cama vacía a mi lado, me golpeaba como un martillo. Intenté reemplazarte, ya sabes. Con trabajo, con ambición. Me sumergí en mis proyectos, en mis ascensores de poder. Creí que podía llenar el vacío con logros, con la adrenalina del éxito. Pero nadie era tú. Nadie tenía esa combinación de fuerza y dulzura, de intelecto y corazón. Siempre te buscaba en la intensidad de los retos, y siempre terminaba con la misma sensación de vacío. Y cada despertar, cada noche en la que tu rostro era el último que veía antes de abrir los ojos a una habitación vacía, me recordaba la magnitud de lo que había perdido, de lo que había abandonado.
Karma terminó, exhausto. La confesión había sido un torrente de dolor y verdades. Nagisa había escuchado atentamente, sin interrupciones. La imagen de Karma, el implacable genio, siendo acechado por sueños de Nagisa y luchando por sobrevivir en un mundo de intrigas, era una contradicción desgarradora.