"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
NovelToon tiene autorización de Yaneth González Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La Asamblea de las Voces
La casa comunal de Jurubirá era una construcción amplia, techada con palma amarga y abierta a los cuatro vientos para que el calor no asfixiara a los asistentes. Esa tarde, el lugar estaba a reventar. Los pescadores olían a salitre, las mujeres abanicaban a sus hijos con trozos de cartón y el murmullo era como el de una colmena antes de la tormenta.
Pablo entró llevando su proyector portátil y un maletín lleno de folletos brillantes. Se sentía observado, como un animal extraño en un territorio ajeno. Al fondo, vio a la familia Garcés. Julio estaba sentado con los otros hombres mayores, con los brazos cruzados; Bertha hablaba en voz baja con Doña Carmen, y Aurora estaba recostada contra un poste de madera, observándolo con una mezcla de curiosidad y advertencia.
—¡Silencio, señores! —gritó el comisario del pueblo, golpeando la mesa—. El señor Rossi, que viene de la capital y de más allá del mar, quiere decirnos algo. Escuchémoslo con respeto, que para eso somos gente de paz.
Pablo se puso de pie. Intentó encender su proyector, pero la luz vaciló y se apagó. Hubo algunas risas contenidas. Respiró hondo y decidió hablar sin tecnología.
—Buenas tardes a todos —empezó Pablo, y su voz, aunque firme, sonó demasiado refinada para aquel espacio—. Mi empresa, la Constructora Rossi, ha visto en Jurubirá un potencial que pocos lugares en el mundo tienen. Queremos construir un complejo que ponga a este pueblo en el mapa del turismo internacional. Esto significa carreteras, un centro de salud moderno y empleos para todos sus hijos.
Un hombre joven se levantó desde el fondo. —Señor Rossi, ¿y qué pasa con nuestras lanchas? Si hacen ese muelle de cruceros que dicen los planos, ¿por dónde vamos a salir a pescar nosotros?
—El proyecto contempla zonas restringidas por seguridad, pero... —intentó explicar Pablo.
—¿Zonas restringidas en nuestro propio mar? —intervino Don Teófilo, poniéndose de pie con dificultad—. Mire, muchacho, usted habla de "poner a Jurubirá en el mapa", pero lo que usted quiere es cercar la playa para que los ricos de afuera no vean a los pobres de aquí.
El murmullo creció. Pablo sintió que el control se le escapaba. Buscó la mirada de Aurora, pero ella simplemente bajó la cabeza, como diciendo: "Te lo advertí".
—¡No es así! —exclamó Pablo, alzando la voz más de lo debido—. Es progreso. Sus hijos, como Santiago, podrían estudiar ingeniería, hotelería... ¡No tienen que ser pescadores toda la vida si no quieren!
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Julio Garcés se levantó lentamente.
—Ser pescador no es una desgracia, señor Rossi —dijo Julio con una calma que dolió más que un grito—. Es un honor. Mi hija Aurora sabe lo que es ganarse el pan con el sudor de la frente, y Sofía sueña con cosas grandes, pero no queremos que el precio de ese sueño sea perder nuestra paz. Su progreso viene con candados, y nosotros vivimos sin llaves.
La asamblea terminó sin una decisión clara, pero con un ambiente de rechazo evidente. Pablo recogió sus cosas en silencio, sintiendo el peso del fracaso.
Al salir, la noche ya había caído. Aurora lo esperaba en el camino, bajo la luz de una sola bombilla amarillenta.
—Le dije que no hablara de números —susurró Aurora cuando él pasó a su lado.
—Les ofrecí una vida mejor, Aurora —respondió Pablo, con los ojos cargados de una frustración que empezaba a transformarse en algo parecido a la tristeza—. ¿Por qué prefieren seguir así, sin nada?
—Porque para nosotros, este "nada" lo es todo —replicó Aurora, acercándose un poco—. Usted ve una playa vacía; mi padre ve el lugar donde aprendió a nadar. Mi madre ve el camino por donde nos trajo al mundo. Mañana, mi padre va a salir a pescar de madrugada. Si de verdad quiere entender por qué le dijeron que no, esté en el muelle a las cinco. Sin papeles, Rossi. Solo usted.
Aurora se alejó hacia su casa, dejando a Pablo con el eco de sus palabras. Esa noche, por primera vez, Pablo no llamó a su padre a Madrid. Se quedó mirando sus planos, que ahora le parecían fríos y vacíos, preguntándose si tendría el valor de subirse a esa lancha al amanecer.