Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 8: Telemetría al límite
La puerta de cristal blindado del despacho se cerró con un chasquido hermético que aisló el rugido de Milán bajo una campana de vacío.
Matteo no se sentó tras su escritorio. Caminó a grandes zancadas hacia el centro de la estancia, arrojó la carpeta de telemetría de Horizonte sobre la mesa de juntas y se giró hacia Gabriela con los brazos cruzados, la corbata aflojada y una tormenta contenida en sus ojos avellana.
Gabriela avanzó con paso sereno, sosteniendo su libreta de notas contra el pecho de lana verde musgo, deteniéndose a dos metros exactos de distancia.
—Siéntese, Novak —ordenó él en un tono cortante.
—Estoy bien de pie, señor Castelli. El asiento ergonómico de la recepción ya cumplió con mi cuota de sedentarismo matutino.
Matteo soltó una exhalación áspera, acercándose a la mesa con paso pesado. Apoyó una mano en el respaldo de piel de una de las sillas de diseño y la señaló con el dedo índice:
—Dije que se siente. Y quítese ese ridículo dedal de goma del dedo antes de que me dé un ataque de nervios en mi propio suelo.
Gabriela se retiró el dedal naranja con una calma exasperante, guardándolo en el bolsillo de su falda de tablas antes de tomar asiento en el extremo de la mesa. Mantuvo la espalda recta, los pies juntos y las manos descansando sobre las rodillas cubiertas por la tela gruesa, mirándolo a través de las gafas de carey como quien espera que un semáforo en rojo cambie de color.
Matteo abrió la carpeta de un golpe, deslizando las hojas llenas de gráficos de par motor y curvas de presión sobre el cristal ahumado.
—Página diecisiete —dijo él, apoyando ambos puños sobre la mesa e inclinando el torso sobre ella—. Explíqueme la corrección del mapa de inyección en tercera marcha. Mi ingeniero jefe de motores pasó cuatro meses en el banco de pruebas calibrando el flujo de combustible para exprimir novecientos veinte caballos a once mil revoluciones. Y usted, con un bolígrafo rojo y una anotación al margen de tres líneas, sugiere reducir el caudal un cuatro por ciento en la entrada de curva.
Gabriela ni siquiera bajó la vista hacia el papel; conocía los números de memoria.
—Reducir el caudal en la entrada de curva evita que el exceso de hidrocarburos no quemados sobrecaliente las válvulas de escape de titanio cuando usted suelta el acelerador de golpe para entrar en frenada regresiva —explicó ella con una dicción impecable, modulada en hielo—. Su ingeniero jefe calculó el mapa para una prueba de banco continuo, donde el flujo de aire en el radiador es constante y artificial. Pero usted no corre en un laboratorio, señor Castelli. Usted corre en asfalto real, frena tarde como un animal y tiene la pésima costumbre de dar pequeños golpes de gas antes de clavar el morro en el vértice de la curva.
Matteo se congeló.
Un silencio pesado cayó sobre el despacho.
El italiano tragó saliva despacio, sintiendo un latigazo de adrenalina golpeándole el pecho. Nadie —salvo su propio entrenador de telemetría y su mecánico de cabecera— sabía que daba esos microgolpes de acelerador en la fase de desaceleración. Era un vicio de pilotaje instintivo que arrastraba desde sus días en los karts, imperceptible a simple vista, pero registrado en las oscilaciones de milisegundos de la mariposa de admisión.
—¿Cómo sabe que hago eso? —preguntó él en un susurro bajo, peligroso y cargado de una sospecha punzante.
Gabriela ajustó sus gafas con el nudillo, sin pestañear:
—Los datos no mienten, señor Castelli. Los picos de presión en el colector de admisión del sábado en Monza tienen fluctuaciones erráticas cada vez que baja de cuarta a tercera marcha. O su pedal de gas tiene un sensor flojo... o su pie derecho tiene espasmos involuntarios. Asumí que se trataba de su estilo de conducción, a menos que prefiera que llame al servicio médico para que le revisen los reflejos motores.
Matteo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula se tensaron bajo la piel afeitada.
Rodeó la mesa con pasos lentos, acortando la distancia hasta detenerse justo a la izquierda de la silla de Gabriela. Se inclinó sobre ella, apoyando una mano en el respaldo y la otra sobre la mesa, atrapándola dentro del radio de su calor corporal, de su perfume amaderado y de esa presencia imponente que solía desarmar a cualquiera en menos de dos minutos.
—Sabe demasiado para ser una secretaria de archivo, Novak —susurró él, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia áspera y cavernosa que vibró en el aire—. Mucho más de lo que decía el informe escueto que mi padre me arrojó en la cara.
Gabriela no se movió. No desvió la mirada. Sus ojos, enmarcados por las monturas pesadas, permanecieron fijos en el nudo de la corbata de Matteo:
—El contrato firmado especifica que mis responsabilidades incluyen la optimización operativa de sus compromisos ejecutivos y deportivos. Si prefiere que finja no saber leer un gráfico de dispersión para que su ego masculino no sufra laceraciones, avíseme y puedo empezar a responderle con monosílabos y risitas tímidas.
Matteo bajó la cabeza unos centímetros más, invadiendo el espacio personal hasta que su aliento cálido rozó el lóbulo de la oreja de la chica. Buscaba el temblor. Buscaba la aceleración de su respiración.
Pero Gabriela se mantenía inmóvil como una esfinge tallada en granito, despidiendo ese aroma sutil y desconcertante a almendras amargas y jabón neutro que amenazaba con fundirle los plomos al italiano.
—Dígame algo, Novak —murmuró él, con los ojos avellana encendidos en una mezcla oscura de frustración y curiosidad febril—. ¿Por qué se viste como si tuviera sesenta años y estuviera esperando el apocalipsis? ¿Qué intenta esconder debajo de toda esa lana de descarte?
Gabriela ladeó el rostro despacio, mirándolo directamente a los ojos desde una distancia tan corta que Matteo pudo contar las pestañas oscuras que se escondían detrás de los cristales gruesos:
—Intento esconder mi tiempo de los hombres que creen que la oficina es un club nocturno con nómina incluida, señor Castelli.
Matteo soltó una risa seca, ronca y cargada de incredulidad:
—¿Está insinuando que teme que yo intente algo con usted?
Gabriela arqueó una ceja con una tranquilidad letal:
—No temo nada, señor Castelli. Simplemente constato que su umbral de selectividad es peligrosamente bajo cuando se trata de su personal. Según los archivos de recursos humanos, seis de cada seis asistentes terminaron en su cama antes de cumplir un mes de servicio. No tengo el menor interés en engrosar una estadística tan poco distinguida ni en perder mi tiempo lidiando con sus crisis de abstinencia cuando decida que mi rendimiento cayó tres puntos.
A Matteo se le cortó la respiración.
La insolencia era tan quirúrgica, tan brutalmente certera, que por un segundo el cerebro se le quedó en blanco. Nadie en toda Europa se había atrevido a llamarlo promiscuo, predecible y poco selectivo en su propia cara.
Antes de que pudiera contraatacar con fuego real, el teléfono satelital que descansaba en el bolsillo de su americana comenzó a vibrar con un zumbido insistente.
Matteo no se apartó de inmediato; sostuvo la mirada de Gabriela durante dos segundos más, clavándole los ojos con una promesa tácita de guerra prolongada antes de enderezarse con un chasquido de lengua exasperado.
Sacó el dispositivo y miró la pantalla.
El código de llamada internacional procedía de Mónaco. El remitente: Christian Vance.
Piloto británico de Fórmula 1, heredero de un conglomerado de transportes de Southampton, rival jurado en los circuitos europeos y el único amigo de Matteo con el suficiente capital y talento al volante como para discutirle una trazada a fondo sin pestañear.
Matteo presionó el botón de respuesta, manteniendo la vista clavada en Gabriela, que ya había vuelto a abrir su libreta de notas como si la conversación anterior jamás hubiera ocurrido.
—Vance —contestó Matteo en inglés, con la voz aún rasposa por la tensión contenida—. Más te vale que no me llames para pedirme pases de paddock para Monza.
La voz de Christian llegó a través del auricular con un tono británico impecable, arrastrado y cargado de una diversión socarrona:
—Tranquilo, italiano. No necesito tus pases de caridad. Aterrizo en Milán el jueves por la noche. Mi equipo reservó dos días de pruebas privadas en Monza para probar el nuevo paquete aerodinámico antes del Gran Premio, y pensé que querrías ver de cerca cómo un coche de verdad te saca cuatro décimas por vuelta.
Matteo curvó los labios en una sonrisa lobuna, recuperando su arrogancia de piloto en una milésima de segundo:
—La última vez que intentaste sacarme cuatro décimas en Monza terminaste en la grava de la curva Ascari llorando por la suspensión de tu Aston Martin, Christian.
—Eso fue hace dos años, Castelli —se rió Vance al otro lado de la línea—. Además, me dijeron que tu padre finalmente te puso una correa corta y que desmantelaron tu harén de secretarias. Dicen en los boxes de Paul Ricard que contrataste a una fiera que te tiene comiendo en la mano y revisando facturas como un contable de banco.
Matteo tensó la mandíbula, lanzando una mirada fulminante hacia Gabriela, que en ese preciso instante pasaba una página de su libreta con un crujido deliberado.
—No te creas los chismes de los mecánicos, Vance. En este equipo el único que tiene las manos en el volante sigo siendo yo.
—Ya lo veremos el jueves en la cena de bienvenida, amigo —respondió Christian con ironía—. Prepárame una mesa en Il Luogo y asegúrate de que tu nueva mano derecha no te confisque la tarjeta de crédito antes del postre. Nos vemos en la pista.
La llamada se cortó.
Matteo guardó el teléfono en el bolsillo, exhalando una bocanada de aire caliente.
Se giró hacia Gabriela, que ya se había puesto de pie con la carpeta de telemetría bajo el brazo, dispuesta a retirarse hacia la recepción con su habitual paso inmutable.
—Novak —llamó él, y su voz recuperó ese filo autoritario y dominante que no admitía réplicas.
Gabriela se detuvo frente a la puerta, girando apenas el torso:
—Dígame, señor Castelli.
—El jueves por la noche tenemos cena con Christian Vance y su equipo en Il Luogo di Aimo e Nadia. Ocho y media.
Gabriela enarcó una ceja detrás de los cristales:
—La reserva ya está hecha desde el viernes pasado, señor Castelli. El señor Vance tiene preferencia por la mesa del rincón interior y es alérgico a los mariscos. El menú degustación fue adaptado por la secretaría ejecutiva esta mañana.
Matteo dio dos pasos hacia ella, clavándole una mirada cargada de desafío puro:
—No solo quiero la reserva, Novak. Usted viene conmigo.
Gabriela se quedó inmóvil. Por primera vez en siete días, una fracción de milímetro de sorpresa cruzó sus facciones antes de volver a parapetarse tras la máscara de carey:
—Mi contrato estipula funciones administrativas de oficina, no acompañamiento social en cenas de protocolo deportivo.
Matteo sonrió con una malicia deslumbrante, disfrutando el pequeño quiebre en su armadura:
—Vance viene a negociar el uso compartido del túnel de viento para el fin de semana. Como usted parece saber tanto de aerodinámica y de flujos de escape, necesito a mi asistente técnica sentada a la mesa para recordarle al señorito inglés por qué sus alerones son una basura antes de que le cobre el triple por hora de uso.
Matteo se cruzó de brazos, recorriendo el desastre verde musgo con una satisfacción venenosa:
—Váyase buscando algo formal para la noche, Novak. Aunque si decide venir con esa manta de lana de guardabosques... le juro que pagaré el doble de propina solo por ver la cara de espanto de Christian Vance cuando la vea entrar.
Gabriela sostuvo su mirada. Una chispa salvaje, fría y peligrosa bailó en el fondo de sus ojos verdes antes de que bajara la cabeza en una reverencia milimétrica:
—No se preocupe por mi atuendo, señor Castelli. Me aseguraré de estar a la altura de la reputación de esta empresa: sobria, eficiente y absolutamente inmune a las distracciones del personal.
Abrió la puerta de cristal y salió de la estancia con un paso firme que hizo eco en el mármol, dejándolo solo con una sonrisa tensa en los labios.
Matteo Castelli se dejó caer sobre el respaldo de su sillón, mirando hacia el ventanal con el corazón latiéndole con una fuerza inexplicable. El jueves por la noche prometía ser una carnicería... y por primera vez en su vida, el italiano no estaba del todo seguro de quién iba a terminar sosteniendo el cuchillo.