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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:43
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13. Gastar el dinero

—¡Rena! ¿Cómo hiciste para conseguir esa tarjeta exclusiva? ¡Que yo sepa, los requisitos para tener esta tarjeta son durísimos!

Renata hizo girar la tarjeta entre sus esbeltos dedos con una sonrisa traviesa.

—Me la dio Adrián. O, para ser más exacta, lo obligué a dármela como compensación por su culpa, y no le quedó más opción que entregármela.

—¿Eh? ¿En serio? —Vanesa se inclinó hacia adelante, aún incapaz de creer lo que oía—. ¿Te la dio así nada más? ¡El límite debe ser una locura, Rena!

—El límite es ilimitado. Y por eso hoy vamos a ir de compras.

Vanesa soltó una risita.

—Ah, ya entiendo. De compras con moderación, para darte un capricho después de salir del hospital, ¿no? Comprar ropa, un bolso.

Renata negó despacio con la cabeza. Su sonrisa cambió por completo; ya no era una sonrisa cálida, sino una sonrisa llena de cálculo.

—En resumen: hoy nos gastamos todo el límite.

—Rena, no estás bromeando, ¿verdad?

—¿Acaso parece que estoy bromeando?

—¿Por qué se me pone la piel de gallina? —Vanesa se frotó el brazo—. ¿Qué vas a comprar para acabar con el límite?

—Antes era demasiado ingenua, Vane. Estaba demasiado ocupada ahorrando el dinero de mi marido, controlando los gastos de la casa hasta el punto de que comprar un vestido de quinientos dólares me hacía sentir muy culpable con él. ¿Pero ahora?

Renata miró directo a los ojos de su amiga.

—No voy a malgastar este dinero en algo tonto como ropa, que pierde valor. Vamos a comprar joyas, lingotes de oro y relojes de marca de edición limitada. Objetos cuyo valor equivale a una inversión.

Los ojos de Vanesa se agrandaron al comprender la astucia de la táctica de Renata.

—¿Piensas lavar el dinero de tu marido de forma legal?

—Estoy asegurando mi futuro. Si algún día tengo que irme de esa casa, no saldré con las manos vacías como una mendiga. Tendré millones en activos en mis manos, fáciles de convertir en efectivo. Ya era hora de que Adrián sepa lo carísimas que son las lágrimas de una esposa traicionada.

Vanesa contempló a su amiga en silencio durante unos segundos.

—¡Bien! Entonces, ¿qué esperamos? —Vanesa tomó su bolso y se puso de pie con un entusiasmo ardiente—. ¡Hoy vamos a hacer estallar la cuenta de la tarjeta de crédito de Adrián hasta que le dé un infarto en la oficina!

Renata también se levantó. Una leve sonrisa se dibujó a la perfección en sus labios.

—Recuerda, Vane, esto es solo el comienzo.

Las dos se prepararon para irse. Pero antes de dar dos pasos, un mesero de uniforme impecable se acercó a la carrera hasta su mesa, algo sin aliento.

—Señora, ¡espere un momento! Aquí está el documento con el reporte de ventas de la seman...

La frase del mesero se cortó de golpe.

Renata giró la cabeza. Lo miró con una expresión cortante. No había ninguna sonrisa en su rostro. Le hizo una seña para que se callara.

El mesero tragó saliva con dificultad. Su cuerpo se tensó y su rostro palideció al darse cuenta del error fatal que acababa de cometer frente a la invitada de su jefa.

Vanesa, que estaba parada justo al lado de Renata, frunció el ceño de inmediato. Miró alternadamente al mesero y a su amiga con gesto de total confusión.

—¿Reporte? —repitió Vanesa, extrañada, con las cejas unidas—. ¿A qué reporte de ventas se refiere, Rena?

En un abrir y cerrar de ojos, la expresión de Renata cambió por completo. Su mirada cortante se evaporó y dio paso a una sonrisa relajada y amable, como si no hubiera pasado nada.

—No sé, Vane —respondió Renata con indiferencia—. Debe de haberme confundido con otra persona.

Al recibir la señal de su gran jefa, el mesero se apresuró a bajar la cabeza.

—D-disculpe, señora... eh, digo, ¡disculpe, señorita! De verdad me equivoqué. Creí que usted era la jefa, dueña de esta sucursal de la cafetería, cuya llegada estábamos esperando. Su figura se parece mucho vista de espaldas. Perdón si fui impertinente al interrumpirle el paso.

Sin esperar respuesta ni más reprimendas, el mesero dio media vuelta y se marchó a toda prisa, con el rostro tenso y aún cabizbajo.

Vanesa se cruzó de brazos, sin dejar de mirar la espalda del mesero hasta que desapareció tras la puerta de la cocina.

Su instinto le decía que algo no encajaba.

—Rena... —la llamó Vanesa con recelo.

—¿Hmm? —respondió Renata, ocupada acomodándose el cuello de la blusa.

—¿De verdad no conoces al dueño de esta cafetería tan elegante?

—No, Vane. ¿De dónde lo iba a conocer?

—¿Segura? —insistió Vanesa, acercándose un paso.

—Sí, por Dios. ¿Qué pasa?

—Qué raro, ¿no? —murmuró Vanesa, entornando los ojos para mirar el rostro de su amiga—. Un mesero de una cafetería de esta categoría no puede ser tan tonto como para confundir a su propia jefa, ¿verdad? Sobre todo por cómo hablaba recién; su tono era exactamente el de un subordinado que va a entregar un reporte financiero a su superior.

Renata soltó una risita, una risa que sonó de lo más natural. De inmediato tomó a su amiga del brazo y la arrastró hacia la salida.

—Ya, basta, deja de pensar en un mesero despistado. Nuestro tiempo es valioso, Vane. Vamos, ¿no íbamos a ir de compras a lo grande?

Vanesa alcanzó a girar la cabeza una vez más hacia la caja de la cafetería, pero al ver a Renata tan reacia y despreocupada a hablar del tema, decidió dejar de lado su curiosidad.

Ya está. Hoy mi única misión es una: hacer que Rena vuelva a sonreír y olvide todos sus problemas, pensó Vanesa, cediendo.

Una hora después...

Un taxi las dejó en el lobby del centro comercial más lujoso del corazón de la ciudad. Una hilera de boutiques de diseñadores de talla mundial se alineaba prolija en la planta baja.

En cuanto Renata entró a la primera boutique, que exhibía el logo de una marca parisina, los ojos de Vanesa se abrieron de par en par.

—Rena, espera. ¿Segura que entramos aquí? —susurró Vanesa.

—¿Por qué lo dices? —susurró Renata de vuelta, relajada.

—¡Esta es la boutique de las artistas de primer nivel, Rena! ¡El precio de un solo cinturón alcanza para la entrada de un auto!

Renata solo sonrió con discreción; su aura irradiaba una seguridad que hizo que los vendedores de la boutique la recibieran de inmediato como a una aristócrata.

—Mejor así —dijo Renata por lo bajo mientras entraba—. Quiere decir que la calidad de los productos no es ninguna broma. Y lo más importante, su precio no bajará si se revenden.

Sin pensarlo dos veces y sin mirar ni la más mínima etiqueta de precio, Renata empezó a recorrer los estantes, señalando artículo tras artículo con el dedo índice.

—Este vestido de seda. Ese blazer también. Y esos tacones de edición limitada que están en la vitrina de vidrio, por favor, envuélvanlos en talla treinta y ocho —ordenó Renata con fluidez a los tres vendedores que ahora la seguían.

—Ah, por cierto, ese bolso de piel de cocodrilo del escaparate principal, sáquenlo también. Me lo llevo.

El gerente de la boutique bajó a atenderla en persona, y tuvo que confirmar una y otra vez lo que escuchaba.

—Disculpe, señorita, ¿desea llevarse todo? —preguntó el gerente con los ojos brillantes y a la vez incrédulos.

—Sí.

—¿Todo, señorita? ¿Sin probárselo antes? —repitió para asegurarse.

—Todo, y prepare la cuenta enseguida —respondió Renata con desenfado.

Detrás de Renata, Vanesa ya se sujetaba la cabeza, que de repente le daba vueltas. Vanesa creía que Renata estaba bromeando, pero resultaba que no, en absoluto.

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