Candelaria Echeverría nunca imaginó que un embarazo que no logra explicar, una familia que le da la espalda y un hombre al que apenas comprende terminarían convirtiendo su vida en un escándalo.
León Salvatierra sabe lo que es estar en la cima y perderlo todo. Lo que no esperaba era terminar casado con una mujer que preferiría verlo arder antes que compartir su apellido.
Ella quiere el divorcio. Él asegura que nunca tuvo una verdadera oportunidad de ser su marido.
Pero el juez tiene otros planes: un año más de matrimonio bajo condiciones que no admiten escapatoria. Una sola habitación, una sola cama y una convivencia real antes de decidir su futuro.
Doce meses para descubrir si están condenados a odiarse o si su matrimonio esconde algo que ninguno se atreve a admitir.
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CONTAR UN SECRETO AJENO
...VALERIA SALVATIERRA...
Yo soy una simple estudiante universitaria que vive en el apartamento que su hermano le compró. No soy yo quien tiene dinero, pero sí tengo un hermano que lo tiene. Y él es León.
Nos llevamos nueve años de diferencia, pero eso nunca fue un impedimento para que estuviéramos unidos. Cuando éramos más pequeños, yo lo veía como una figura protectora, alguien a quien admirar y de quien podía aprender. Era mi hermano mayor, el único que tenía, y durante mucho tiempo creí que, mientras él estuviera conmigo, nada malo podría sucederme.
Sin embargo, la vida tiene una manera bastante cruel de recordarnos que no siempre podemos conservar lo que más queremos.
León fue cantante de una banda que alcanzó una enorme popularidad. Durante sus mejores años, su imagen era la de ese chico arrogante, despreocupado, irresponsable y rebelde que hacía suspirar a miles de mujeres. El típico bad boy que parecía vivir sin pensar en las consecuencias de sus actos. Lo que muchos no entendían era que una parte de aquella personalidad también formaba parte de la imagen que la banda vendía al público. Era una estrategia que alimentaba la popularidad del grupo y que, en su momento, funcionó bastante bien.
Hasta que las drogas y los escándalos relacionados con ellas terminaron destruyendo todo aquello que habían construido.
León supo alejarse a tiempo. Cuando las cosas comenzaron a desmoronarse, decidió apartarse de la banda y continuar su carrera como solista. Su imagen no quedó gravemente comprometida, como sucedió con la de otros integrantes, pero eso no significaba que su vida se hubiera vuelto sencilla. Continuó trabajando, haciendo giras y buscando su lugar en una industria que podía convertirte en una estrella un día y destruirte al siguiente.
Nuestros padres habían fallecido hacía muy poco tiempo cuando León intentó hacerse cargo de mí. Quería tenerme con él, pero su carrera no se lo permitía. Las giras, los compromisos y todas las responsabilidades que implicaba trabajar como solista hacían imposible que pudiera ocuparse de mí como necesitaba.
Por eso terminé viviendo con nuestros tíos y sus cuatro hijos... y no fue precisamente una experiencia agradable.
No dejaba de sentirme una intrusa en aquella casa, como si mi presencia fuera una molestia que debían tolerar. Con el tiempo comprendí que les interesaba mucho más el dinero que León enviaba para mi cuidado que mi bienestar en realidad. Yo necesitaba un hogar, un poco de cariño y la tranquilidad de saber que todavía tenía una familia, pero parecía que todo eso quedaba en segundo plano.
Fue entonces cuando Candelaria estuvo conmigo.
Ella también atravesaba sus propias dificultades, pero aun así encontró la manera de acompañarme cuando más lo necesitaba. Nunca me hizo sentir que mis problemas eran una carga ni que debía disculparme por estar triste. Simplemente estuvo a mi lado, como siempre lo había hecho, incluso cuando ninguna de las dos sabía muy bien cómo continuar.
Por eso, ahora que ella está pasando por una situación tan difícil, no pienso abandonarla.
Candelaria está embarazada y todavía no comprende cómo pudo suceder. No tiene los recursos necesarios para afrontar todo lo que viene, ni siquiera para comprar las vitaminas prenatales que necesita. Cuando me enteré de eso, le ofrecí quedarse conmigo. Podía venir a mi apartamento unos días o unas semanas, el tiempo que necesitara, sin tener que preocuparse por nada.
Pero se negó.
No quería molestarme ni convertirse en una responsabilidad para mí. Y, aunque me dolía que pensara de esa manera, sabía que había otra razón por la que no aceptaba mi propuesta: nunca le había agradado especialmente mi hermano.
Jamás terminé de comprenderlo, porque ellos tampoco habían tenido demasiado trato. Siempre supuse que Candelaria se había quedado con aquella imagen que León proyectaba durante sus años de mayor fama, la del chico arrogante e irresponsable que parecía tomarse todo a la ligera. Ella nunca había conseguido ver más allá de aquella fachada, ni comprender cuánto de eso formaba parte de la imagen que la banda quería vender.
De todas formas, no iba a obligarla a quedarse conmigo. Si necesitaba espacio, podía respetarlo. Pero eso no significaba que fuera a dejarla sola.
Tengo una tarjeta de crédito para emergencias. León me la dio y me pidió que fuera especialmente cuidadosa con ella. Hasta ahora lo había sido. Nunca me había gustado gastar dinero que no era mío, mucho menos sin una razón importante. Sin embargo, ayudar a mi mejor amiga era una razón más que suficiente.
La acompañé a su control médico de los tres meses de embarazo. Todavía no les había contado nada a sus padres y, por lo que me había explicado sobre la relación que mantenía con ellos, entendía por qué le resultaba tan difícil hacerlo. No podía resolver todos sus problemas, pero al menos podía asegurarme de que tuviera la atención médica necesaria.
Lo que no imaginé fue que aquellos gastos terminarían llamando la atención de mi hermano.
León me llamó después de revisar el resumen de la tarjeta. Había visto los cargos relacionados con una clínica y quería saber qué estaba pasando. No me habló como alguien preocupado por el dinero, sino como el hermano que necesitaba entender por qué su hermana estaba utilizando una tarjeta de emergencia para pagar atención médica sin haberle mencionado ningún problema.
Y yo sabía que, si no le explicaba lo que sucedía, terminaría obligándome a ir a verlo para averiguarlo.
Mi hermano estaba atravesando un momento complicado en su vida y en su carrera. Había llegado a Aurevia, un país al que muchas personas recurrían cuando la presión mediática se volvía insoportable, buscando un lugar donde pudieran alejarse de las miradas ajenas hasta que las cosas se tranquilizaran. No quería añadirle más preocupaciones, pero tampoco podía fingir que no ocurría nada.
Así que respiré hondo y decidí contarle la verdad.
--No debería contarte esto, y sé que tú no vas a decir nada, pero se trata de Candelaria, no de mí. Ella es la que ha ido al médico y la que tiene que seguir asistiendo-- le expliqué
Hubo un breve silencio al otro lado de la llamada.
--¿Ella está enferma acaso? ¿Qué es lo que tiene?-- preguntó León, preocupado
Apreté los labios antes de responder. Ojalá pudiera decirle que Candelaria estaba enferma. Ojalá existiera una explicación sencilla, algo que pudiera comprenderse y tratarse, en lugar de aquella incertidumbre que la mantenía angustiada.
--Sé que ella preferiría estar enferma, pero la realidad es que está embarazada y que eso ocurrió en circunstancias que no comprende. Por eso está completamente sola en este momento. Y tú sabes, por algunas cosas que te he contado, que con sus padres no tiene una buena relación. Ellos todavía no saben nada
No sabía qué iba a responderme. Una parte de mí temía que se molestara por no haberle contado antes, aunque nunca había dudado de que mi hermano se preocuparía mucho más por lo que me estaba sucediendo que por el dinero que había gastado.
Su respuesta me quitó un peso de encima.
--Está bien, no te preocupes. Ahora entiendo por qué hiciste esos gastos. Ella es tu mejor amiga, cuídala y acompáñala en este momento que te necesita, tal como hizo ella contigo cuando perdimos a nuestros padres
Sentí una calidez en el pecho que no había experimentado desde que comenzó todo aquello. León no me estaba reprochando nada. No me exigía explicaciones ni me hacía sentir que había cometido un error al utilizar la tarjeta. Simplemente entendía que mi amiga me necesitaba y me estaba dando permiso para hacer lo que yo ya había decidido.
Era mi hermano. El único que tenía. El mismo que, a pesar de la distancia y de todas las responsabilidades que había tenido que asumir, seguía preocupándose por mí. Y saber que también estaba dispuesto a ayudarme a cuidar de Candelaria me hizo sentir que, por una vez, no tenía que resolverlo todo sola.
Aunque había un pequeño detalle que no podía ignorar.
Candelaria no quería tener nada que ver con León. No sabía cómo reaccionaría al descubrir que mi hermano conocía su secreto, y mucho menos cómo se sentiría si llegaba a enterarse de que él estaba dispuesto a ayudarla.
Yo no había querido traicionarla. Tampoco pretendía decidir por ella ni entregar su historia a alguien en quien no confiaba. Solo había intentado protegerla de la mejor manera que sabía.
Pero los secretos tienen una particularidad: incluso cuando nacen de las mejores intenciones, llega un momento en que dejan de pertenecer únicamente a quienes los guardan.
Hasta aquella llamada, el embarazo de Candelaria era algo que compartíamos mi amiga y yo. Ahora León también lo sabía.
Y, aunque todavía no podía imaginar qué significaría aquello para ninguna de las personas involucradas, tuve la extraña sensación de que acababa de abrir una puerta que ya no podría cerrar.
Quizá ayudar a Candelaria fuera lo correcto. Quizá mi hermano solo necesitara saber que yo estaba bien y que tenía un motivo para aquellos gastos. Pero, por primera vez desde que descubrí el secreto de mi amiga, comprendí que acompañarla no consistía únicamente en estar a su lado.
También significaba aceptar que algunas decisiones podían cambiar muchas más cosas de las que yo alcanzaba a comprender.
ya sabe la verdad y sigue de necia
y todavía tiene el descaro de culpar a León
espero que ahora que sabe por lo menos una disculpa a un León ya dejó claro que entiende su actitud de ella