En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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El despertar
El aire olía a cera de abejas, a madera pulida y a lluvia reciente. Mariana abrió los ojos despacio, sintiendo que el corazón le latía con fuerza, como si hubiera estado corriendo durante toda la noche. Las cortinas de terciopelo azul estaban corridas a medias, y por entre ellas se filtraba una luz suave y dorada, la luz de una mañana que, en su memoria, ya no debía existir.
Se incorporó en el lecho, apoyándose en los almohadones de lino. Sus manos descansaron sobre el edredón bordado, y al verlas, contuvo el aliento. No estaban arrugadas como las que recordaba de sus últimos días en aquel pasado terrible. Eran las manos de una mujer de cuarenta y cinco años, bien cuidadas, con las uñas limpias y sin señales de enfermedad ni miseria. Se llevó una a la mejilla, y el tacto de su propia piel la hizo temblar. Estaba caliente. Estaba viva. Y era joven. O al menos, mucho más joven de como la muerte la había encontrado.
Se puso de pie y caminó hacia el espejo de marco dorado que colgaba en una de las paredes de su alcoba. Al levantar la vista, lo que vio la dejó sin respiración. Allí estaba ella: Mariana Mancilla, Duquesa Viuda de Monteluna. El cabello castaño con apenas algunas hebras de plata que se confundían con los reflejos de la luz; los ojos oscuros y profundos, rodeados de unas muy leves arrugas que solo aparecían cuando sonreía; la frente despejada, la mandíbula firme, la postura digna y serena que había cultivado durante veinte años de viudez. No era la mujer decrépita que había muerto sola en un cuartucho frío, olvidada por todos, víctima de calumnias y de una traición que había hundido a toda su familia.
—¿Dios mío? —susurró, y su voz sonó clara y firme, sin el temblor de la enfermedad que la consumió al final—. ¿He vuelto atrás?
Se acercó al escritorio de nogal, tomó el calendario que siempre reposaba sobre él, y sus ojos se llenaron de lágrimas al leer la fecha. Faltaban apenas tres meses para que todo comenzara. Tres meses para que Raúl Peredo iniciara su lenta y cruel maquinación para arruinar el nombre de los Mancilla. Tres meses para que las deudas falsas, las acusaciones de traición y las mentiras bien tejidas cayeran sobre Monteluna como una tormenta de la que no habría refugio. Tres meses para que su hijo, su dulce y noble Andrés, viera cómo le arrebataban todo aquello que su padre había construido con sudor y honor. Tres meses para que el pequeño Lucas…
Mariana dejó caer el calendario y se llevó las manos al rostro, llorando en silencio, no de tristeza, sino de una gratitud que le dolía en el pecho como una herida que sanaba. No sabía por qué le había sido concedida esa segunda oportunidad. Quizás el cielo había visto sus lágrimas en aquellos últimos momentos oscuros. Quizás simplemente no era justo que personas buenas perecieran mientras los malvados prosperaban. Fuera cual fuera la razón, estaba allí. Estaba viva. Y esta vez, nadie haría daño a los suyos.
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se secó las lágrimas rápidamente, respiró hondo y dijo con voz firme:
—Pasa.
La puerta se abrió y entró Teresa Benavente, su doncella, su amiga desde la infancia, la hermana que la vida no le había dado. Llevaba una bandeja con una taza de infusión y unos panecillos recién horneados. Al verla, Mariana sintió que el pecho se le llenaba de una ternura inmensa. En su otro final, Teresa había sido la única que no la había abandonado, cuidándola hasta su último aliento, aunque ella misma estaba enferma y agotada. Había muerto apenas unos días después que su señora, con el corazón roto.
—Amanece hermoso el día, Doña Mariana —dijo Teresa con suavidad, dejando la bandeja sobre la mesa junto a la ventana—. Aunque el viento trae olor a lluvia. ¿Se siente bien? La noto un poco pálida.
Mariana se acercó y la tomó de las manos. Estaban cálidas y fuertes.
—Estoy bien, Teresa. Mejor que bien. Solo… he tenido un sueño muy largo y oscuro. Despertar ha sido como volver a nacer.
Teresa la miró con esa inteligencia silenciosa que siempre la caracterizaba, y apretó sus manos con cariño.
—Sea lo que sea que haya soñado, ya pasó. Aquí está a salvo. Su familia está bien. Monteluna sigue en pie.
—Sí —respondió Mariana con una sonrisa que empezaba a ganar fuerza—. Monteluna sigue en pie. Y esta vez, nada ni nadie lo derribará.
En ese momento, se escucharon pasos en el pasillo, livianos pero decididos. La puerta se abrió de nuevo y entró un hombre joven, de porte noble y mirada serena. Llevaba ropa de montar y una capa de lana oscura. Al ver a su madre, su rostro se iluminó con ese respeto y cariño que eran el orgullo más grande de Mariana.
—Madre —dijo Andrés, acercándose para besar su mano con devoción, como era su costumbre—. Esperaba encontrarla despierta. ¿Durmió bien?
Mariana lo miró y sintió que las lágrimas volvían a asomar. Tan joven, tan bueno, tan confiado. En su otra vida, esa confianza había sido su debilidad. Pero no ahora. No mientras ella viviera.
—Dormí muy bien, hijo mío —respondió ella, acariciando su mejilla—. Más de lo que imaginas. ¿Y tú? ¿Y Claudia? ¿Y mi pequeño Lucas?
—Todos están perfectamente —dijo él con una sonrisa—. Lucas ya está despierto. Lo encontré intentando ponerse mis botas. Creo que quiere salir a cabalgar antes de que salga el sol. Es imparable.
Mariana soltó una pequeña risa, y el sonido de su propia risa le pareció un regalo maravilloso.
—Déjalo que venga a verme. Quiero abrazarlo antes de que el día me traiga sus ocupaciones.
Andrés asintió, pero antes de salir, se detuvo y la miró con atención.
—Madre… ¿está segura de que se encuentra bien? Hay algo en su mirada, como si hubiera visto algo que el resto de nosotros no podemos ver.
Mariana lo miró a los ojos, y con voz suave pero inquebrantable, dijo:
—He visto suficiente, Andrés. Y ahora sé exactamente qué caminos debemos tomar. Confía en mí, como siempre lo has hecho. Todo saldrá bien. Lo prometo.
Andrés inclinó la cabeza. Su respeto por ella era absoluto. No porque fuera débil, sino porque reconocía la sabiduría que ella poseía y que a él todavía le faltaba por aprender. Las leyes del Imperio decían que él era el Duque, y así era. Pero ambos sabían que la sabiduría de su madre era el verdadero fundamento sobre el que descansaba la paz de Monteluna.
—Siempre confiaré en usted —dijo él con sinceridad—. Voy por Lucas.
Cuando Andrés salió de la estancia, Mariana se acercó a la ventana. Abrió las cortinas por completo y dejó que la luz de la mañana inundara la habitación. A lo lejos, se veían las torres del palacio ducal, los campos verdes que se extendían hasta el horizonte, y el cielo azul despejado de nubes. Era su hogar. Era su gente. Y esta vez, estaría preparada para defenderlos con uñas y dientes.
Sabía que no sería fácil. Raúl Peredo era un enemigo astuto, paciente y cruel. No atacaría de frente; lo haría desde las sombras, sembrando dudas, construyendo mentiras que sonarían a verdad, aprovechándose de la confianza que la gente buena solía entregar sin reservas. Para vencerlo, necesitaría algo más que precaución. Necesitaría aliados. Y en el Imperio de Valoria, había solo una persona con suficiente poder, integridad y autoridad para contrarrestar la influencia de hombres como Peredo.
Roberto Cáceres, Gran Duque de Valoria y Consejero Principal del Imperio. El hombre que, con apenas treinta años, gobernaba junto al joven Emperador Alan Ledesma y era considerado la columna vertebral del reino. Un hombre temido por muchos, respetado por todos, y comprendido por muy pocos.
Mariana no lo conocía personalmente. En su vida anterior, solo lo había visto de lejos en alguna ocasión festiva. Pero sabía quién era, qué era capaz de hacer y, más importante aún, quiénes eran sus enemigos. Y sabía también que acercarse a él no sería sencillo. Sin embargo, no tenía otra opción. Porque si quería salvar a su familia, tendría que cruzar las puertas de la capital, enfrentarse a la corte, hablar con el hombre más poderoso del reino… y descubrir, quizás, que el destino tenía preparado para ella algo que jamás se había atrevido a soñar.
—Estoy lista —susurró al viento que golpeaba suavemente los cristales—. No volveré a perderlos. No esta vez.
Y en el silencio de aquella mañana que nacía limpia y brillante, Mariana sintió que su corazón se fortalecía. El camino sería largo y difícil. Pero no caminaría sola. Porque su familia estaría con ella, Teresa a su lado, y una determinación tan profunda como la vida misma. Lo demás… ya se iría revelando con el tiempo.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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