Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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Resaca del despacho y las Nuevas Reglas!
El ambiente en los pasillos de la Academia Amagi no se parecía a nada que se hubiera visto en semestres anteriores. La separación tajante entre el Pabellón Blanco y el Pabellón Negro, que durante años había funcionado como un muro invisible pero impenetrable, comenzaba a crujir bajo el peso de las ordenanzas emitidas directamente por la dirección general.
En el territorio del Pabellón Blanco, la pulcritud habitual parecía envuelta en una capa de tensión helada. Aoi Kisaragi caminaba por el corredor principal con la espalda erguida, la barbilla en alto y el expediente de actividades bajo el brazo. A simple vista, nada en ella había cambiado: su uniforme lucía impecable, sin una sola arruga, y su postura transmitía la serenidad inquebrantable de la presidenta perfecta.
Sin embargo, quienes la conocían de cerca —o quienes sabían leer los pequeños gestos que ocultaba tras su máscara de frialdad— notaban el leve aumento en la rigidez de sus hombros.
Al cruzar frente a la sala de reuniones secundarias, Aoi no pudo evitar recordar el incidente ocurrido horas antes en su despacho privado. La imagen de Emi Takahashi intentando provocarla con ironías baratas sobre el festival de teatro, y la posterior confiscación de las tazas de té, seguía dándole vueltas en la cabeza. No era la primera vez que un grupo de alumnas intentaba desafiar su autoridad, pero la audacia de Emi había rozado un límite peligroso.
—Presidenta —interrumpió una voz suave a sus espaldas. Era Hana Kazama, una de las integrantes más avispadas del consejo estudiantil del Pabellón Blanco, quien sostenía una carpeta llena de hojas selladas—. La administración acaba de enviar la circular con los horarios definitivos para el cumplimiento de la sentencia de convivencia obligatoria.
Aoi se detuvo en seco. Cerró los ojos un instante, respiró hondo para mantener el pulso firme y se giró lentamente.
—Déjamela aquí —ordenó con un tono neutro que no admitía replicas—. Supongo que los representantes del Pabellón Negro ya fueron notificados.
—Sí, Kisaragi-senpai. El comunicado fue entregado directamente en el edificio este mañana —añadió Yumi Hayakawa, la mano derecha de Aoi, acomodándose los anteojos con absoluta formalidad.
Mientras tanto, en el Pabellón Negro, la reacción ante la misma circular había sido considerablemente más ruidosa.
En la sala común de descanso, donde el olor a café barato se mezclaba con el calor generado por varias pantallas de computadora encendidas a toda potencia, Ren se encontraba sentado sobre el respaldo de un sillón desgastado. A su alrededor, la chaqueta característica del pabellón y el pañuelo rojo atado con firmeza en su brazo izquierdo le daban esa presencia inconfundible que combinaba la elegancia dramática del teatro con la energía caótica de los esports.
—¡Es una injusticia arbitraria! —exclamó Ren, poniéndose de pie de un salto y desplegando los brazos con una teatralidad que hizo que dos alumnos de primer año casi soltaran sus refrescos—. ¡Pretender que la llama del orgullo del Pabellón Negro sea confinada en una habitación neutral bajo la supervisión de la élite del Pabellón Blanco es un intento desesperado por domesticar a los indomables! ¡Pero yo les digo que ningún decreto burocrático apagará nuestro espíritu!
—¡Así se habla, presidente! ¡Tiene toda la razón! —exclamó Daichi al instante, acomodándose las gafas con devoción y aplaudiendo las palabras de su líder con profunda admiración.
—¡Nadie inspira a las masas como usted, jefe! —secundó Kenji con la misma energía de siempre, apoyando sin dudar el discurso heroico.
Luego, con una sonrisa pícara, Kenji añadió con aire cómplice: —Aunque pensándolo bien... la famosa "sala mixta" fue acondicionada con aire acondicionado de última generación y sofás ejecutivos. Considerando que nuestro aire acondicionado aquí lleva tres semanas tirando agua, y que además pasaremos el tiempo con chicas hermosas... tal vez hasta haya un baño mixto, ¿no creen?
—Bájale dos rayitas, bro —le advirtió Daichi de inmediato, dándole un codazo disimulado mientras lo miraba con una mezcla de gracia y reproche.
—¿Qué? —se defendió Kenji con una sonrisa ancha—. Somos rivales en los pabellones, pero al final de cuentas somos chicos, ¿no?
—¡El confort y las distracciones mundanas son la trampa del enemigo! —declamó Ren, ajustándose con orgullo el pañuelo rojo en el brazo izquierdo con gesto severo—. Sin embargo... como representante legal de nuestra causa en este confinamiento, no me acobardaré. Si la presidenta Kisaragi piensa que voy a doblegarme en su presencia, descubrirá que la voluntad de hierro no se fractura ante un escritorio de caoba.
—¡Eso, presidente! ¡Duro con ellos! —corearon Daichi y Kenji al unísono.
Minutos después, tras salir de la sala de descanso con la intención de ir a los bebederos del pasillo central, Ren caminaba al frente seguido de cerca por sus fieles compañeros. Justo al llegar a la línea roja pintada en el suelo que marcaba la división oficial entre los territorios de ambos pabellones, se toparon de frente con Emi Takahashi y sus tres inseparables amigas del alma: Rin, Mao y Suzu.
Emi, al ver a Ren, entrecerró los ojos con una mezcla de fastidio y aire retador, dando un paso al frente para bloquearle el paso con su habitual elegancia venenosa.
Ren se detuvo en seco. La miró de arriba a abajo durante un par de segundos con absoluta indiferencia, como si tratara de descifrar un objeto extraño, y soltó con total naturalidad: —Ah, disculpa... ¿tú eras...?
Las amigas de Emi abrieron los ojos de par en par ante semejante despliegue de desinterés, mientras a Emi se le congelaba la sonrisa en los labios.
—¿Que si yo qué? —respondió Emi, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes mientras Rin, Mao y Suzu contenían la respiración a sus espaldas—. ¡Soy Emi Takahashi! ¡La chica a la que te atreviste a regañar horriblemente hace unas horas después de que le dijera sus verdades a la mimada de Aoi Kisaragi!
Ren parpadeó un par de veces, hizo un gesto leve de comprensión y asintió con desinterés: —Ah, entiendo. La de los berrinches. Bueno, nos urge ir por agua, con permiso.
Sin darle tiempo a replicar absolutamente nada, Ren pasó de largo bordeando la línea roja, seguido de cerca por Daichi y Kenji, quienes trataban de aguantarse la risa ante la cara de absoluta furia e incredulidad con la que se había quedado la chica.
Emi se quedó plantada en medio del pasillo, con los puños tan apretados que sus uñas se clavaban en las palmas de las manos, temblando de rabia pura mientras sus amigas intentaban calmarla en susurros.
"¿Quién... quién se cree que es este idiota para ignorarme de esta manera y tratarme como si fuera una aparecida?!", pensaba Emi, sintiendo que el orgullo le ardía en el pecho. "Todos los chicos de primer y segundo año caen a mis pies en cuanto los sonrío un poco. ¡Pero él se atrevió a regañarme y encima fingió no recordarme!".
La frustración de Emi no era simplemente odio; era el desconcierto absoluto de alguien que siempre había usado su encanto para manipular a los demás y que, por primera vez, se había topado con un muro que no respondía a sus hilos.
Las piezas del tablero estaban acomodadas. Las nuevas reglas impuestas por la dirección prometían un choque inevitable, y tanto Ren como Aoi sabían que, a partir de ese día, la fachada de control perfecto tendría que ponerse a prueba en cada hora compartida.