Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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Voces al otro lado
Los meses siguientes transcurrieron entre el silencio y una esperanza que Candance se cuidaba de mostrar ante nadie, ni siquiera ante él. Aquella computadora que Gino le había entregado para "distraer su mente de tonterías" se había convertido en su puerta secreta, su vínculo con un mundo que no empezaba ni terminaba dentro de esos muros. Con infinita cautela, esperando siempre a que la casa estuviera en calma, a que Gino estuviera ocupado o fuera, a que nadie pasara cerca de su puerta, empezó a buscar, a leer, a escribir, con el corazón latiéndole desbocado cada vez que escuchaba un paso en el pasillo. Y un día, entre páginas y foros ocultos, encontró lo que jamás se habría atrevido a pedir: gente que ayudaba. No era una sola persona, sino una organización internacional que operaba en el más absoluto secreto, una red de mujeres y hombres que se dedicaban a rescatar a personas retenidas contra su voluntad, atrapadas en relaciones de control, en situaciones que nadie más podía oír ni ver. No pedían nada a cambio. No cobraban. Solo creían que nadie debía pertenecer a nadie.
Con manos temblorosas, con el miedo pegado a cada palabra, Candance les escribió. Les contó su nombre real, su edad, cómo había llegado allí, que había sido vendida por su padre, que Gino la había tomado bajo su protección pero que esa protección se había convertido en una prisión de la que no le era permitido salir. Les dijo que estaba embarazada, que el bebé crecía y que no quería que naciera creyendo que vivir era pedir permiso para respirar. Les contó que antes de que todo esto ocurriera, su mayor sueño era estudiar en la Universidad de Oxford, que había postulado, que había estudiado años para lograrlo, que ese sueño era lo único que le recordaba que antes de ser posesión de alguien, era una persona con futuro propio. Y la organización, al leerlo, supo exactamente qué hacer. Su caso era claro, cumplía todos los requisitos, y ese sueño de Oxford… era la coartada perfecta.
Decidieron construir todo sobre esa base. Crearon una historia tan sólida que resistiría cualquier duda: su aceptación oficial en un programa especial de la universidad, una beca completa, cartas de admisión, itinerarios, pasajes, todo tramitado bajo la apariencia de un logro académico legítimo. Nadie sospecharía de algo tan respetable como una joven que recibe una oportunidad de estudiar en una de las universidades más prestigiosas del mundo. Pero bajo esa fachada había algo mucho más delicado y peligroso. La organización le explicó con toda seriedad por qué debían tener extremo cuidado: si se descubría su verdadera labor, si se sabía que existían para rescatar a mujeres secuestradas y retenidas, se convertirían inmediatamente en el objetivo de las mismas redes criminales y mafias que se lucraban de este comercio de personas. Su fachada se derrumbaría, y con ella, la única esperanza de cientos de mujeres que todavía esperaban en silencio, en casas como esta, en habitaciones como la suya. Por eso cada mensaje debía ser cuidadoso, cada horario calculado, cada palabra medida con precisión quirúrgica. Se comunicarían como sus asesores académicos de Oxford. Hablarían de fechas límite, de requisitos de inscripción, de materiales de estudio, de fechas de inicio de clases… y entre líneas, en frases que solo ellas podrían entender, coordinarían cada paso de su salida. Si alguien miraba su pantalla en cualquier momento, lo único que vería sería una joven ilusionada con su educación. Nada más. Nada que pudiera levantar una sola sospecha.
Una tarde estaba escribiendo, concentrada, revisando por última vez los detalles finales de lo que sería su fecha de partida, cuando una voz a su espalda la heló por completo.
—¿Sigues perdiendo el tiempo con esas ideas de irte a una universidad?
Candance dio un respingo, cerró los ojos un instante para recuperar el control, tragó saliva con dificultad y giró lentamente en su silla, forzando una calma que estaba muy lejos de sentir. Gino estaba allí, de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados, observando la pantalla por encima de su hombro con esa mezcla de incredulidad y fastidio que ya le era tan familiar. No vio nada que no debiera ver: solo una conversación sobre horarios y requisitos de inscripción. Pero su desaprobación estaba allí, pesada, innegable.
—Vas a ser madre en pocos meses, Candance —continuó él, entrando en la habitación unos pasos más—. Tu vida va a cambiar por completo. Todo tu tiempo, toda tu energía, todo debería estar dedicado a nuestro hijo. Es lo que importa ahora. ¿En qué estás pensando, planeando cosas que no necesitas para nada? No tiene sentido.
Ella levantó la vista, el corazón golpeándole contra las costillas como si quisiera escapar también de su propio pecho. Intentó sonar razonable, suave, sumisa, como alguien que solo tenía una pequeña ilusión, no un plan de huida.
—No creo que sean cosas sin sentido —dijo, con voz tranquila aunque sus manos temblaban sobre su regazo—. ¿No tengo derecho también a tener mis sueños? A ser algo más que solo madre? Además… el niño crecerá. Y cuando eso pase, quiero que vea que su mamá también construyó algo para sí misma. ¿No es bueno que tenga ese ejemplo? No tengo que renunciar a todo por ser su madre. ¿Verdad? En algún momento podré estudiar. Esto no es ahora mismo. Es para el futuro.
Gino soltó un bufido, negando con la cabeza como si sus palabras fueran algo ingenuo y absurdo que no merecía siquiera una discusión seria.
—Ay, mujer… a veces no entiendo qué más buscas. Vives en una mansión. No te falta absolutamente nada. Tienes las mejores comidas que se pueden conseguir, ropa nueva cada temporada, médicos que vienen a verte cuando lo necesitas, seguridad las veinticuatro horas. Hay personas que darían la vida por tener la mitad de lo que tú tienes aquí. Y aun así… siempre miras hacia afuera. Siempre hay algo que te falta. Sinceramente, ¿qué más quieres? ¿Qué hay allá fuera que yo no pueda darte aquí, dentro de tu propia casa, a salvo?
—No es lo que me falta —respondió ella, bajando la mirada para que no viera que sus ojos se llenaban de lágrimas—. Es lo que no puedo ser aquí. No puedo ser libre. Y eso ni el dinero puede comprarlo ni sustituirlo. Pero no importa… supongo que solo son ideas mías. No significa que vaya a hacerlas realidad mañana. Solo… me hacen sentir que hay algo más allá de estas paredes, y eso me ayuda a estar tranquila. No es malo, ¿verdad?
—Lo que es malo es que pongas fantasías por encima de lo que es real y necesario —dijo él, con voz cortante, dándose la vuelta hacia la puerta—. Espero que cuando llegue el momento de verdad, sepas distinguir entre lo que quieres y lo que tu hijo necesita de ti. Porque él es lo primero. No lo olvides.
Salió de la habitación con paso firme y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en todo el cuarto. Candance se quedó sola, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo hasta desaparecer. Bajó la cabeza, apoyando la frente contra sus manos, y en un susurro tan suave que apenas ella misma pudo oírlo, dijo con lágrimas que por fin se derramaban en silencio:
—Quiero ser libre. Libre de tus muros. Libre de tu control. Libre de sentir que cada respiro es un favor que te debo. Quiero despertar cada mañana y saber que estoy aquí porque yo elegí estarlo. Que mi tiempo es mío. Que mi futuro me pertenece a mí y a nadie más. Solo quiero eso. Solo eso. Y algún día… muy pronto… lo seremos. Los dos juntos.