Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
La novela ya está finalizada.
NovelToon tiene autorización de K-la.escrit. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Alexia sintió una presión sorda en los oídos. Las palabras del director sonaban como un eco distante.
—Por favor —insistió ella, dando un paso adelante, sintiéndose minúscula ante la frialdad de aquel despacho—. Solo necesito una oportunidad. He mantenido mis notas altas, he representado a la escuela en los concursos…
—Las reglas son iguales para todos, señorita Mendoza —dijo el hombre, volviendo a abrir su carpeta—. La reunión ha terminado.
Alexia salió de la oficina sintiendo que el mundo, literalmente, se le venía encima. El pasillo, que siempre le había parecido un lugar de aprendizaje, ahora se sentía como una jaula que se cerraba herméticamente a su alrededor. Sus pasos resonaban con una pesadez inusual, cargando con el peso del fracaso.
Al doblar la esquina, sus ojos, empañados por la frustración y el dolor, no detectaron de inmediato la presencia contra los casilleros. Fue solo cuando estuvo a escasos centímetros que se detuvo en seco.
Milton Vance estaba allí, una figura imponente que dominaba el pasillo. Su altura —1.90 m— parecía ocupar todo el espacio vital. Sus ojos negros, profundos como el abismo, estaban fijos en ella, con una intensidad que le erizó la piel. No era el tipo de chico que soliera estar parado en los pasillos fuera de clase; él exudaba una autoridad natural, una peligrosidad contenida que lo hacía destacar en cualquier lugar.
—Pareces alguien que acaba de ver a un fantasma —dijo él, su voz grave y cargada de una vibración que resonó en el pecho de Alexia.
Ella dio un paso atrás, instintivamente, buscando una salida. No quería ser vista en ese estado. No quería que nadie, especialmente él, viera su derrota.
—No es asunto tuyo, Vance —respondió ella, intentando imprimir firmeza en sus palabras, aunque su voz sonó quebradiza.
Milton no se movió. Se despegó lentamente del casillero, acortando la distancia entre ambos. Alexia tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantenerle la mirada, sintiéndose ridículamente pequeña frente a su imponente figura. Él irradiaba un calor seco, una tensión física que parecía cargar el aire a su alrededor.
—Escuché todo —dijo él, ignorando su comentario. Sus ojos negros escaneaban el rostro de Alexia, detectando la huella de las lágrimas recientes—. La oficina tiene paredes delgadas, y tú no eres exactamente silenciosa cuando estás desesperada.
Alexia apretó los puños, la humillación quemándole las mejillas.
—¿Te divierte? —preguntó ella, con los dientes apretados—. ¿Te gusta ver cómo alguien pierde su futuro?
Milton soltó una carcajada seca, carente de humor.
—No me interesa tu vida, Mendoza. Pero me interesa mi conveniencia.
Él dio un paso más. Ahora estaban tan cerca que ella podía sentir el aroma de su perfume, algo amaderado y fresco, una fragancia de lujo que resultaba insultante en aquel contexto. Él era el contraste absoluto con su realidad; él era el poder, el dinero, el control.
—Tengo una propuesta para ti —dijo él, bajando el tono, convirtiendo la conversación en un secreto compartido—. Pagaré cada centavo de tu matrícula hasta el final del año. Cubriré tu deuda, tus materiales, todo lo que necesites para graduarte con honores.
Alexia sintió que el corazón le daba un vuelco. Se quedó paralizada, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Por qué? —logró preguntar, desconfiada—. ¿Qué quieres a cambio? No hay regalos gratuitos en este mundo, mucho menos viniendo de alguien como tú.
Milton esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa afilada, peligrosa.
—Clases particulares —dijo simplemente—. Martes y jueves. En mi casa. Necesito poner al día mi nivel en algunas asignaturas si pretendo ingresar a la universidad que mi padre exige. Eres la estudiante más brillante de este curso, Mendoza. Eres la persona más capaz para hacerme pasar esas materias.
Alexia retrocedió un paso, su mente trabajando a mil por hora. Ir a la casa de Milton Vance, entrar en su mundo, estar a solas con él… la idea la aterrorizaba. Él era un enigma, un tipo temido y respetado, alguien con quien nadie quería meterse. Pero luego recordó la cara de su madre anoche, recordó el desalojo inminente, el vacío en la alacena y el miedo a un futuro sin educación.
—¿Es solo eso? —preguntó, con la voz apenas un hilo—. ¿Solo clases?
—Solo clases —respondió Milton, manteniendo el contacto visual, su mirada negra perforando su alma—. Pero bajo mis reglas. No llegues tarde, no faltes y no hagas preguntas sobre lo que no te incumbe. Si cumples con eso, tu deuda desaparece y tu título está asegurado.
El miedo y la necesidad peleaban dentro de ella una batalla desigual. Por un lado, la instintiva cautela de una chica que sabía que los tratos con personas poderosas siempre tenían un precio oculto. Por otro, la desesperación cruda de una hija que haría cualquier cosa por salvar la dignidad de su hogar.
—No sé si puedo confiar en ti —confesó Alexia, la honestidad escapando de sus labios.
Milton se encogió de hombros, indiferente.
—No tienes que confiar en mí. Solo tienes que decidir qué es más importante: tu orgullo o tu futuro.
Él metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de marca y sacó un papel doblado. Lo sostuvo entre sus dedos, esperándola. Alexia lo miró. El papel era una invitación, una sentencia o quizás una salvación.
La necesidad de darle a su madre una razón para sonreír, de liberarla de ese peso que la estaba destruyendo, fue la que finalmente inclinó la balanza. Alexia extendió la mano, sus dedos rozando los de él al tomar la nota. Un escalofrío recorrió su espalda ante el contacto eléctrico. Milton no retiró la mano de inmediato, permitiendo que el roce se prolongara un segundo más de lo necesario.
—Martes, a las cinco —dijo él, bajando la voz hasta un susurro que le hizo estremecer—. No me hagas esperar, Alexia.
Sin esperar respuesta, él se giró y se alejó por el pasillo con paso firme, dejando a Alexia sola con el papel en su mano. Ella lo abrió lentamente. Una dirección elegante, escrita con una caligrafía impecable, brillaba bajo la luz artificial.