¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Las reglas
A las nueve de la mañana, Nyssa estaba sentada en el despacho de Cedric con Ale a su lado.
El niño desayunaba unas galletas mientras observaba los libros y los objetos decorativos con curiosidad. Nyssa, en cambio, tenía toda su atención puesta en los documentos que el abogado de Cedric había enviado para revisar.
No iba a firmar sin leer.
Aunque necesitara el dinero, no pensaba entregar su libertad a cambio.
—Aquí dice que debo acompañarte a determinados eventos familiares —señaló, levantando una página—. ¿Cuáles?
Cedric, sentado al otro lado del escritorio, respondió con tranquilidad.
—Cenas, reuniones y alguna celebración. Mi abuela está enferma y quiere conocer a la mujer con la que supuestamente estoy construyendo una relación.
—¿Y qué espera de mí?
—Que seas amable con ella. No tienes que fingir que estás enamorada de mí delante de todo el mundo.
Nyssa lo miró con escepticismo.
—¿Entonces por qué casarte conmigo?
Cedric soltó una risa breve.
—Porque mi abuela lleva meses preguntándome cuándo pienso sentar cabeza. Si le digo que me casé por contrato, probablemente me desherede antes de que termine de explicárselo.
—Eso no es gracioso.
—No pretendía que lo fuera.
Por primera vez, Nyssa descubrió que detrás de su seguridad había cierta incomodidad cuando hablaba de su familia.
No preguntó más.
Continuó revisando el documento hasta llegar a la cláusula económica.
—Los trescientos mil dólares se pagan en dos partes, ¿verdad?
—Una al formalizar el matrimonio y la otra al finalizar el contrato, siempre que se cumplan las condiciones acordadas.
—¿Y si el matrimonio termina antes?
—El contrato deberá especificar qué parte de la compensación conservas y qué sucede con los pagos pendientes. No quiero que una separación te deje sin recursos de un día para otro.
Nyssa asintió.
—Quiero que mi abogado revise esa parte con especial cuidado.
—Lo hará.
—Y los gastos médicos de mi madre deben pagarse directamente al hospital. También quiero que quede por escrito que la ayuda para Ale no depende de que yo siga siendo tu esposa.
Cedric tomó nota.
—De acuerdo.
Nyssa se quedó callada un momento.
—¿Siempre aceptas tan fácilmente lo que te piden?
—No. Normalmente la gente me pide cosas bastante más absurdas.
Ella casi sonrió, pero se contuvo.
Cedric lo notó y, por alguna razón, se sintió satisfecho de haber conseguido arrancarle aquella pequeña reacción.
No lo comentó.
Una hora después, el abogado de Nyssa llegó para revisar el acuerdo con ella.
Cedric se retiró a su despacho para dejarlos hablar a solas. No intentó escuchar la conversación ni apresurar la firma.
Cuando el abogado terminó de explicarle los puntos principales, Nyssa comprendió que todavía había cuestiones que debían corregirse, especialmente las condiciones para terminar el matrimonio antes del plazo y las obligaciones económicas de ambas partes.
No firmó ese día.
Y, para su sorpresa, Cedric no mostró ninguna molestia.
—Cuando esté listo y hayas entendido todas las cláusulas, firmaremos —le dijo.
Nyssa guardó sus copias.
—Pensé que tendrías prisa.
—La tengo. Pero no tanta como para terminar con un contrato que ninguno de los dos entiende.
Aquella respuesta le gustó más de lo que quería admitir.
Al mediodía, George apareció con varias bolsas.
—El señor Vellane me pidió que trajera algunas cosas para el niño —explicó, dejando las bolsas sobre la mesa del salón.
Ale se acercó inmediatamente.
Dentro había pantalones, camisetas, pijamas, zapatillas y un abrigo de su talla.
El niño sacó una camiseta azul y la sostuvo frente a su cuerpo.
—¡Nyssa, mira!
Ella sonrió al verlo tan contento, aunque después observó el resto de las compras con cierta inquietud.
—Esto es demasiado.
George pareció desconcertado.
—Solo son algunas cosas básicas.
—No puedo aceptar que compren tantas cosas sin necesidad.
—Nyssa —intervino Cedric desde la entrada—, el niño necesitaba ropa. No es un regalo que tengas que devolver ni una deuda que vayas a pagarme después.
Ella apretó los labios.
—No quiero que se acostumbre a recibir cosas caras.
—Son camisetas, no un yate.
George bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Nyssa le lanzó a Cedric una mirada poco amable.
—No tienes que burlarte de mí.
—No me estoy burlando. Solo intento explicarte que puedes aceptar algo para tu hermano sin que eso signifique que has perdido tu independencia.
Ella no respondió enseguida.
Después miró a Ale, que ya estaba examinando unas zapatillas nuevas.
—Gracias —murmuró finalmente.
Cedric asintió y siguió su camino.
No necesitaba que ella lo admirara. Tampoco esperaba que se mostrara agradecida por cada detalle.
Sin embargo, comenzaba a entender que Nyssa no estaba acostumbrada a recibir ayuda sin calcular cuánto tendría que sacrificar para conseguirla.
Esa tarde, Nyssa decidió llamar al hospital.
La conversación fue breve, pero suficiente para confirmar que necesitaba regularizar los pagos pendientes y coordinar la forma en que se cubrirían los gastos futuros.
Cuando terminó, permaneció sentada en el borde de la cama con el teléfono entre las manos.
Por primera vez en semanas, tenía una posibilidad real de resolver aquel problema.
Todavía no había recibido el dinero del contrato, pero Cedric había pedido a su abogado que coordinara con el hospital el pago de los gastos acordados, sin esperar a la boda.
Eso no significaba que todo estuviera solucionado.
Su madre seguía enferma. El prestamista continuaba siendo una amenaza y Nyssa aún no sabía cómo iba a explicarle a su familia que se casaría con un hombre al que apenas conocía.
Pero al menos podía empezar a ocuparse de una cosa a la vez.
Un golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Puedo pasar? —preguntó Cedric.
Nyssa guardó el teléfono.
—Sí.
Él entró, manteniendo una distancia prudente.
—Quería avisarte de que mañana tendremos que hablar con mi abuela. Le dije que te presentaría pronto y no puedo seguir aplazándolo.
Nyssa sintió que el estómago se le encogía.
—¿Mañana?
—Si te parece demasiado pronto, puedo buscar otra fecha.
Ella negó con la cabeza.
—No. Si vamos a hacer esto, será mejor empezar a organizarlo.
Cedric la observó unos segundos.
—No tienes que impresionarla. Mi abuela detesta a las personas que intentan aparentar algo que no son.
—Eso es fácil de decir cuando tienes una casa como esta y no tienes que preocuparte por el precio de la comida.
Él recibió el comentario sin ofenderse.
—Tienes razón. No tenemos las mismas preocupaciones.
Nyssa no esperaba que se lo concediera tan fácilmente.
Cedric se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Una cosa más. Puedes utilizar la cocina, el jardín y las zonas comunes. No necesitas pedirme permiso para cada cosa.
—No quiero tocar nada que no me pertenezca.
—Entonces empieza por dejar de tratar esta casa como si estuvieras visitando un museo.
Esta vez, Nyssa sí sonrió un poco.
—No prometo nada.
—Me conformo con eso.
Cuando Cedric se marchó, Nyssa miró la habitación, todavía impecable y desconocida.
No era su hogar.
Aún no.
Pero aquella noche, cuando Ale se metió en la cama con su pijama nuevo y le pidió que le leyera un cuento, Nyssa pudo hacerlo sin revisar cada pocos minutos el dinero que le quedaba.
Y por primera vez en mucho tiempo, terminó la historia antes de que el cansancio la venciera.
No había firmado todavía el contrato.
Pero ya estaba empezando a comprender las reglas de aquella nueva convivencia.