Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El daño colateral
Dimitri no durmió aquella noche. No después de las margaritas. No después de la tumba y sobre todo, no después de aquella frase. "-Yo no maté a ninguno". Había algo en esas palabras que le molestaba más que cualquier insulto. Porque Ángela no había dicho. "-No tuve nada que ver". Había dicho. "-Yo no maté a ninguno". Como si existiera una diferencia. Como si quisiera que él la buscara. Así que la buscó. A las dos y diecisiete de la madrugada, Dimitri estaba sentado frente a tres monitores con la camisa arremangada y una taza de café olvidada junto al teclado.
Deyanira. Ese era el único nombre que importaba. Abrió los archivos familiares enviados por su contacto. Después los registros bancarios. Las fotografías. Los mensajes antiguos. Las agendas. Hasta su diario. Todo aquello que había evitado durante siete años porque mirar hacia atrás significaba volver a aquel piso vacío. A Dey en el piso sin vida con un frasco de pastillas y una carta dirigida a él. El nombre pareció saltar Adrián Voss. Dimitri se quedó inmóvil. El novio de Deyanira. El hombre por quien, ella había caído en una depresión de la que jamás consiguió salir por su infidelidad.
Había algo extraño. Ángela aparecía repetidamente en los registros relacionados con Voss. Eso lo esperaba porque eran amantes, pero entonces sí eso fuera cierto por qué las citas eran casi todas reuniones empresariales. Cenas de negocios. Transferencias de activos. Fotografías inmobiliarias. Contratos. Demasiados. Muchos meses antes de que Deyanira muriera. Dimitri frunció el ceño. Aquello no tenía sentido. Ángela no había conocido a Deyanira. Entonces, ¿por qué demonios había estado siguiendo a su novio?
Abrió otro archivo y entonces lo entendió. No había sido Deyanira. Había sido él. Adrián Voss estaba involucrado en una operación empresarial que había perjudicado directamente a una de las compañías que Ángela utilizaba como parte de su red de inversiones. No había querido demandarlo, ni denunciarlo. Había querido destruirlo y Ángela tenía una forma favorita de destruir a los hombres que creían estar fuera de su alcance. La seducción sofisticada. Dimitri continuó leyendo. Una cena. Una fotografía. Un mensaje. Otra fotografía y entonces apareció el primer indicio de algo mucho más oscuro.
Dimitri dejó de respirar durante varios segundos. Había testimonios. Mujeres. Muchachas. Historias que jamás habían llegado a los tribunales. Historias que Voss había conseguido borrar con dinero, amenazas y abogados y entre aquellos documentos había uno que Dimitri no pudo terminar de leer de inmediato. Deyanira no había estado deprimida simplemente porque su novio la hubiera engañado. Había descubierto quién era realmente el hombre al que amaba. El futuro padre de su bebé. Un hombre capaz de abusar de mujeres vulnerables. Un hombre que había utilizado su posición para acercarse a menores. Un depredador sexual. Dimitri apartó las manos del teclado.
-Dios...
Durante siete años había culpado a Ángela y ahora descubría que la historia era infinitamente más sucia. Volvió a revisar las fechas. Ángela había comenzado a acercarse a Voss antes de que Deyanira descubriera la verdad. Había querido seducirlo. Provocarlo. Conseguir pruebas. Crear un escándalo que destruyera su reputación y de paso, terminar con sus negocios, pero había calculado mal una cosa. Deyanira. Ángela jamás había planeado destruirla. Había sido un daño colateral que, aparentemente, no había previsto. Dimitri cerró los ojos. Recordó a su hermana. Su risa. Sus margaritas. La forma en que se sentaba en el jardín con un libro sobre las piernas.
Recordó también el día en que todo terminó.
Y por primera vez se preguntó qué había sucedido entre aquella muchacha y el monstruo al que había amado. Entonces encontró el último archivo. Un correo de Ángela. La fecha era posterior a la muerte de Deyanira. Solo había una línea. "-No era mi objetivo. Jamás pensé que llegaría tan lejos. No la conocía". Dimitri sintió que el estómago se le revolvía. No era una disculpa. Ni siquiera era arrepentimiento. Era una constatación. Siguió leyendo. Había otra frase. "-Si hubiese sobrevivido, habría terminado comprendiendo que estaba mejor sin él". Dimitri golpeó el escritorio con el puño.
-Maldita seas...
Porque aquella frase era exactamente lo que Ángela diría. Ni una disculpa, lágrima o palabra de culpa. Solo aquella lógica monstruosamente fría. Deyanira había muerto. Sí, pero, desde la perspectiva de Ángela, había muerto intentando escapar de un hombre que jamás la había merecido y eso no convertía a Ángela en inocente. No después de haber jugado con fuego, de haber utilizado a una muchacha que jamás había sido parte de su guerra.
No después de haber provocado circunstancias que terminaron llevándose una vida, pero había algo todavía peor. Ángela no se sentía responsable. No porque fuera incapaz de comprender lo sucedido. Sino porque lo comprendía perfectamente y aun así no sentía culpa.
Dimitri cerró los archivos. Se quedó mirando su propio reflejo en la pantalla negra. Entonces recordó las margaritas y a Ángela esa mañana. Aquella sonrisa burlona. La tumba. La frase. "-Yo no maté a ninguno". De pronto comprendió lo que Ángela había querido decir. No estaba pidiendo perdón. Lo estaba desafiando. Le estaba diciendo. Investiga. Descubre la verdad y después decide si todavía puedes odiarme de la misma manera. Dimitri tomó el teléfono. Tenía un único mensaje sin responder.
De Ángela. No decía más que "-¿Encontraste lo que buscabas?" Dimitri la miró durante largo rato. Después escribió.
-¿Sabías quién era Voss? -la respuesta llegó en menos de diez segundos.
-Desde antes que Deyanira. -Dimitri apretó la mandíbula. Escribió.
-¿Y nunca se lo dijiste? -esta vez tardó más. Finalmente apareció.
-Intenté destruir a Voss. No destruirla a ella. Tú Deyanira no era nada para mí. Mal momento, mal tipo. Que haya muerto no significa que yo hubiera querido matarla, pero tampoco voy a fingir que me siento culpable por haber destruido a Voss.
Dimitri dejó caer el teléfono sobre el escritorio. Aquella mujer era aterradora. No porque no entendiera el bien y el mal. Sino porque los entendía. Los separaba perfectamente y aun así elegía caminar sobre la línea cada vez que le convenía. Dimitri se levantó. Miró nuevamente la fotografía de Deyanira que había dejado sobre la mesa.
-Lo siento, pequeña... -sus dedos rozaron el borde de la fotografía. -Te juro que voy a descubrir toda la verdad.
Después de tantos años, Dimitri comprendió que quizá había estado odiando a Ángela por la razón equivocada. No era la asesina de Deyanira, pero tampoco era inocente. Había jugado con una vida ajena como quien mueve una pieza sobre un tablero y una pieza había terminado cayendo. Ángela no había querido matarla. Simplemente había considerado que el riesgo era aceptable y aquella diferencia... Aquella maldita diferencia... era probablemente lo que hacía que Dimitri comenzara a temerla. ¿Podría salir bien de todo esto? ¿Alexander sería capaz de neutralizar a este monstruo disfrazado de ángel?
Al otro día Dimitri cerró la puerta de su apartamento y permaneció unos segundos con la espalda apoyada contra ella. No respiraba con normalidad. Inesperadamente Ángela le había dado el día libre. Era como si le diera espacio para que asimilará lo que había descubierto. Algo que cambiaba las reglas. Sacó el teléfono del bolsillo, buscó un único contacto y llamó. Alexander respondió al primer tono.
-¿Qué ocurre? -ni siquiera un saludo. Dimitri soltó una risa seca.
-Acabo de encontrar la grieta. -hubo silencio al otro lado.
-Habla. -Dimitri caminó hasta la ventana. La ciudad se extendía debajo de él, indiferente, llena de luces. -Las fotografías de Deyanira no fueron casualidad y su nombre en la lista tampoco. Alexander guardó silencio. -Ángela estaba detrás de todo. -continuó. -Pero no porque quisiera destruirla a ella.
-¿Entonces?
-Quería llegar a su novio. -la respiración de Alexander cambió apenas.
-Explícate.
-El Voss tenía negocios que afectaron a Ángela. Ella lo quería hundir. Descubrió su punto débil y decidió utilizarlo. La relación de Deyanira fue simplemente el camino más corto. -Dimitri hizo una pausa. -Lo sedujo para provocar un escándalo. Pensaba que Deyanira se marcharía, que habría una ruptura, quizá una pelea. Nunca imaginó que mi hermana reaccionaría de aquella manera.
-Pero ocurrió.
-Sí. -la palabra cayó entre ambos como una piedra. Durante unos segundos no dijo nada.
-¿Estás seguro?
-Completamente.
-¿Pruebas?
-Todavía no las suficientes para llevarlas a nadie, pero sí suficientes para saber que no fue improvisado. Ángela investigó al novio durante semanas. Sabía dónde encontrarlo, qué decirle, qué necesitaba escuchar. Incluso eligió el momento. Ella misma me lo confirmó.
-Entonces tenemos algo mejor que una confesión.
-¿Qué?
-Un patrón.
-Explícate.
-Ángela no hace daño por impulso. Eso es lo que todos creen. Que es caprichosa, cruel y demasiado mimada para medir las consecuencias. -una sonrisa fría apareció en la voz de Alexander. -Pero tú y yo sabemos que no es así. -Dimitri comprendió.
-Ella calcula.
-Exactamente y si calcula, conserva información. Fechas. Nombres. Fotografías. Conversaciones. Contactos. Personas que le deben favores.
-Y errores.
-Sobre todo errores. -Dimitri se quedó mirando la pantalla del teléfono.
-¿Qué quieres hacer? -Alexander tardó unos segundos en responder.
-Nada.
-¿Nada?
-Todavía. -la respuesta desconcertó a Dimitri.
-Tenemos una oportunidad demasiado buena para desperdiciarla por impaciencia. Si la enfrentamos ahora, Ángela hará lo que siempre hace. Negará. Destruirá lo que pueda. Comprará silencios. Amenazará a quien tenga que amenazar.
-Y desaparecerá las pruebas.
-Exactamente.
-Entonces, ¿qué propones? -Alexander bajó la mirada hacia una fotografía que tenía sobre el escritorio. Ángela. Hermosa. Impecable. Sonriendo como si jamás hubiese conocido el significado de la palabra culpa. Mortalmente fría.
-Vamos a dejar que crea que no sabemos nada. Que tú estás segado por la venganza. -Dimitri entendió lentamente.
-Quieres que siga actuando.
-Quiero que se sienta segura. Que piense que te está rompiendo.
-Para que cometa otro error.
-No. Está mujer no comete errores. Necesitamos que nos muestre dónde buscar. -el silencio que siguió fue distinto. Ya no era incertidumbre. Era estrategia. Dimitri sonrió por primera vez desde que había hecho el descubrimiento.
-Entonces seguimos con el plan original.
-Con una modificación.
-¿Cuál?
-Deja de buscar pruebas contra Ángela. -Dimitri parpadeó.
-¿Qué?
-Busca a las personas que estuvieron alrededor de ella cuando ocurrió lo de tu hermana. El novio. Sus socios. Quien manejó las fotografías. Quien las recibió primero. Quien sabía dónde estaba cada uno.
-Quieres reconstruir la cadena.
-Quiero saber quién hizo qué. Porque algún día Ángela cometerá el error de pensar que controla todas las piezas.
-Y nosotros tendremos el tablero completo.
-Exactamente. -Dimitri permaneció en silencio unos instantes.
-Hay otra cosa.
-Dime.
-Creo que sé cómo conseguir que ella misma vuelva a hablar de esto. -Alexander se detuvo.
-¿Cómo?
-Haciéndole creer que alguien está a punto de descubrirlo. -la sonrisa de Alexander fue lenta. Peligrosamente tranquila.
-No.
-¿No?
-Eso sería demasiado directo.
-Entonces...
-Haz que crea que alguien quiere vengarse de ella. Además de nosotros. Dimitri comprendió de inmediato.
-Ángela no huirá.
-No.
-Querrá encontrarlo y cuando lo haga... -Alexander dejó la frase suspendida. Dimitri terminó por él.
-Nos llevará hasta todo lo que todavía no conocemos para destruirla.
-Ahora entiendes.
Dimitri miró nuevamente la ciudad. La guerra contra Ángela dejaba de parecer una lucha a ciegas. Ella había cometido un error. Uno pequeño. Casi insignificante. Las personas como Ángela tenían un problema que ninguna inteligencia podía solucionar. Creían que sus víctimas eran piezas y nunca imaginaban que alguna de ellas podía aprender las reglas del juego.
-Alexander.
-¿Sí?
-¿Podemos ganar esto?
-Por lo menos me gustaría pensar que sí.
La llamada terminó. Dimitri bajó lentamente el teléfono. Al otro lado de la ciudad, Alexander hizo lo mismo. Ninguno de los dos sabía todavía cuánto iban a costarles aquellas decisiones, pero ambos habían comprendido algo esencial. La guerra había cambiado. Hasta ahora habían estado intentando sobrevivir a Ángela. Ahora iban a hacer algo mucho más peligroso. Iban a dejarla creer que seguía ganando.