Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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24.
ELENA DUARTE
Habían pasado un par de meses desde aquel día en que llegué a esta ciudad buscando refugio, intentando transformar mis cenizas en un modesto negocio de plantas. Las mañanas en la floristería continuaban con esa rutina que poco a poco se iba convirtiendo en mi salvavidas: abrir las puertas, barrer la acera, acomodar los cubos con agua fresca y ordenar los girasoles y las rosas. Sin embargo, mi cuerpo parecía decidido a boicotear cualquier intento de fingir que todo iba bien.
Las náuseas matutinas, que al principio achaqué a los vapores de la humedad o al estómago revuelto por la mala alimentación, se volvieron implacables. A eso se le sumaron unos mareos repentinos que me obligaban a aferrarme al borde del mostrador para no caer al suelo, y un cansancio tan profundo que parecía calarme hasta los huesos, sin importar cuántas horas durmiera en mi modesta habitación. Pero lo que terminó por encender todas las alarmas fue la falta de aquel sangrado que había estado esperando tras el dolor punzante de semanas atrás. Los días pasaban, el calendario avanzaba implacable, y la menstruación seguía sin aparecer.
Una tarde, mientras acomodaba un pedido grande de orquídeas para un aniversario, una opresión fuerte en el pecho acompañada de un mareo cegador me hizo perder el equilibrio. Las macetas se me resbalaron de las manos, cayendo al suelo y rompiéndose en pedazos con un ruido seco que resonó en todo el local vacío. Apenas alcancé a sostener la pared para no desplomarme. El sudor frío me bañaba la frente y el aire me faltaba.
Esa misma tarde bajé la cortina del local antes de tiempo. No podía seguir ignorándolo. Mi cuerpo me estaba gritando que algo fundamental estaba pasando, y el miedo, un miedo helado y desconocido, comenzó a trepar por mi garganta.
Al día siguiente, a primera hora, caminé hasta el hospital público de la ciudad. El pasillo estaba lleno de gente, murmullos y olor a antiséptico. Esperé durante horas en una banca de metal frío, con las manos entrelazadas sobre el regazo, sintiendo que el corazón se me iba a salir del pecho. Cuando finalmente una enfermera llamó mi apellido y entré al consultorio, la doctora, una mujer de mirada amable pero cansada, comenzó a hacerme preguntas rutinarias sobre mis síntomas.
—Desnúdese de la cintura para arriba y acuéstese en la camilla, por favor. Vamos a revisar qué está pasando —indicó con voz profesional mientras preparaba el equipo de ultrasonido.
Me recosté obedientemente, con el estómago encogido. Cuando el aparato frío rozó la piel de mi vientre y la doctora comenzó a deslizar el transductor, el silencio se adueñó de la pequeña sala. Mis ojos se clavaron en la pantalla, donde solo se veían manchas grises y sombras que yo no sabía interpretar. La doctora se quedó en absoluto silencio durante unos segundos interminables, frunciendo levemente el ceño mientras presionaba un botón para congelar la imagen.
—Dígame, doctora... ¿tengo algo grave? —pregunté, con la voz temblorosa, temiendo lo peor.
Ella giró un poco la pantalla hacia mí y señaló una pequeña zona parpadeante en el monitor.
—No hay nada grave, Elena. Lo que tienes aquí es una vida desarrollándose. Tienes aproximadamente tres meses de gestación. Estás embarazada.
Las palabras cayeron sobre mí como un golpe seco, descolocando cada pensamiento, cada certeza y cada estructura que había construido desde que huí de la mansión. ¿Embarazada? Mi mano se movió por instinto propio hacia mi vientre plano. Tres meses... Las cuentas no fallaban. Coincidían exactamente con las últimas semanas que pasé bajo el mismo techo que Dante Spencer, en ese mundo cerrado donde solo éramos él, Gerald y yo.
—No... esto tiene que ser un error —murmuré, sintiendo que las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos—. Yo... yo he estado cargando peso, he tenido fiebre, no he comido bien...
—El cuerpo es más fuerte de lo que imaginas, pero precisamente por todo eso vas a tener que cambiar de ritmo de manera radical —interrumpió la doctora con firmeza, adoptando un tono de estricta advertencia—. Tu embarazo es de alto riesgo debido al estrés, a la desnutrición previa y al esfuerzo físico al que te has sometido recientemente. Te voy a extender una orden médica estricta: necesitas reposo absoluto. Cero levantar peso, cero estar de pie durante horas, y mucho menos cargas pesadas. Si sigues así, vas a perder al bebé.
Las últimas palabras resonaron en mi cabeza como una sentencia de muerte. Vas a perder al bebé.
Salí del consultorio aturdida, con la receta médica y las indicaciones de reposo apretadas en la mano como si fueran un salvavidas. Caminé de regreso al local de "Flores de Iris" con el paso lento, sintiendo que el suelo bajo mis pies se movía. Al abrir la puerta y ver las estanterías llenas de flores, los cubos pesados que tenía que cambiar cada mañana, y el inventario que aún no terminaba de pagar, la realidad me aplastó con una crudeza insoportable.
Reposo absoluto.
¿Cómo podía guardar reposo absoluto si esa floristería era el único sustento que tenía en esta ciudad? Había invertido absolutamente cada centavo de mis ahorros en el alquiler de ese local, en las repisas, en la mercancía y en la pintura de las paredes. No tenía un colchón financiero, no tenía a nadie a quien pedirle prestado, y la renta del local y de mi pequeña habitación se acercaban peligrosamente a fin de mes. Si yo no abría la puerta, si yo no atendía a los clientes, no ingresaba ni un solo centavo. Y si no ingresaba dinero, no había comida, ni techo, ni forma de sobrevivir, mucho menos de criar a una criatura.
Me senté en una de las sillas del fondo, cubriéndome el rostro con las manos mientras el llanto, que llevaba días aguantando, finalmente se desbordaba sin control. Por un lado estaba mi hijo, la única parte de Dante y de mí que ahora vivía y dependía enteramente de mi cuerpo; por el otro, la supervivencia pura y dura, la necesidad imperiosa de trabajar para no terminar en la calle. ¿Cómo elegir entre la vida del ser que llevaba dentro y el trabajo que me permitía mantenerlo a salvo? Estaba atrapada en una encrucijada sin salida, sola en un mundo desconocido, sabiendo que cada esfuerzo que hiciera para ganar el pan de cada día ponía en peligro lo único sagrado que ahora me pertenecía.