En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 9: EL VESTIDO Y LAS SOMBRAS PT2
—¿Y la chica? —pregunto Leo, observando a su hermano con curiosidad—. Elena. Mañana se convierte en la señora Romano. Tendrás que llevarla a vivir a la casona de Brooklyn. La gente de abajo ya está especulando sobre cuánto tiempo durará este matrimonio antes de que estalle por las diferencias entre las familias.
Matteo caminó hacia el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de los rascacielos iluminados por la noche neoyorquina.
—Elena no es una moneda de cambio ordinaria, Leo —contestó Matteo, recordando la mirada desafiante de la joven en la galería de arte y la templanza con la que había enfrentado la condena de su hermano—. Tiene la inteligencia y el valor que les faltan a la mitad de los capitanes que tenemos en el puerto. Si aprende a moverse en nuestras aguas, se convertirá en la figura más peligrosa de esta familia.
Leo soltó una risita baja, meneando la cabeza.
—Cuidado, Matteo. Suenas casi... fascinado por tu prometida. En nuestro negocio, el apego emocional es una debilidad que los enemigos huelen a kilómetros.
—No es apego, Leo —corrigió Matteo, girándose con la mirada fría como el acero—. Es reconocimiento. En este juego, necesitas saber exactamente qué tipo de aliada tienes a tu lado antes de entrar al campo de batalla.
El día de la boda amaneció con un sol pálido que se abría paso entre las nubes de otoño. Desde las ocho de la mañana, la Quinta Avenida había sido cortada al tráfico por permisos especiales gestionados a través de las influencias políticas del clan Romano. Decenas de vehículos de lujo comenzaron a alinearse frente a las imponentes escalinatas de la Catedral de San Patricio.
Capitanes de la mafia, políticos corruptos, empresarios marítimos, jueces de la corte suprema estatal y representantes de los carteles internacionales se daban cita bajo las bóvedas góticas del templo. Vestían trajes oscuros de corte impecable y vestidos de alta costura, pero tras las sonrisas diplomáticas y los saludos ceremoniosos, se respiraba la cautela de quienes saben que pisan un terreno sembrado de minas.
En la sacristía de la catedral, Matteo esperaba junto a su hermano Leo, quien ejercía como padrino principal. Vestía un esmoquin negro a medida con solapas de satén y una camisa blanca de pechera rígida. Su aspecto era imponente, la viva imagen del poder sobrio y la autoridad contenida.
Gabriel se acercó a la puerta de la sacristía y le hizo una leve señal con la cabeza.
—El vehículo de la novia acaba de entrar en el perímetro, Matteo —informó el jefe de seguridad a través del micrófono de su solapa—. Todo el perímetro está limpio. Los francotiradores no reportan anomalías en las calles colindantes.
Matteo asintió en silencio, ajustándose los gemelos de oro en los puños de la camisa. Caminó hacia el altar principal de la catedral y tomó su posición frente al cardenal que oficiaría la ceremonia.
El murmullo de la multitud congregada en los bancos de roble se apagó de golpe cuando el gran órgano de la catedral comenzó a hacer resonar los primeros acordes de la Marcha Nupcial. Las pesadas puertas dobles de la entrada principal se abrieron de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire helado y la luz dorada del mediodía.
En el umbral, flanqueada por su padre Don Stefano Moretti, apareció Elena.
El silencio en la catedral fue absoluto. Elena caminaba a paso lento sobre la alfombra roja que recorría la nave central. Su vestido de seda Mikado se ajustaba con sobria elegancia a su figura, y la larga cola de encaje de Bruselas se deslizaba con delicadeza sobre el mármol. El velo transparente cubría su rostro, pero a través de la fina malla se distinguía la firmeza de sus rasgos, la palidez de su piel y la intensidad de sus ojos verdes fijados en el altar.
A cada lado del pasillo, los capitanes de los Romano a la izquierda y los capitanes de los Moretti a la derecha la observaban en silencio. Era la encarnación viva del tratado de paz, la prenda de garantía que mantenía las armas enfundadas.
Cuando Elena llegó al pie del altar, Don Stefano se detuvo. Miró a su hija durante una fracción de segundo, con una fugaz sombra de pesar en el rostro, antes de tomar su mano y extenderla hacia Matteo.
Matteo dio un paso al frente y aceptó la mano de Elena. Al contacto con sus dedos, notó la frialdad del tacto de la joven, pero también la firmeza sostenida con la que ella apretó su agarre.
Stefano dio un paso atrás, ocupando su lugar en la primera fila junto a Vincenzo, que observaba la escena desde su sillón de protocolo con una sonrisa satisfecho.
Matteo levantó despacio el velo de encaje sobre la tiara de Elena, dejando al descubierto su rostro. Sus miradas se cruzaron en un instante de absoluta intensidad. No había miedo en los ojos de Elena; solo un orgullo altivo y la promesa silenciosa de que no se dejaría vencer por el peso del apellido que estaba a punto de asumir.
—Estás majestuosa, Elena —murmuró Matteo en un tono tan bajo que solo ella pudo escucharlo.
—Asegúrate de que este espectáculo valga la pena, Matteo —respondió ella en un susurro igual de imperceptible.
El cardenal comenzó el oficio de la misa en latín y español, recordando ante los presentes el valor de la unión, la paz entre las familias y el compromiso sagrado del matrimonio. Para los asistentes, las palabras eran simplemente una formalidad litúrgica; lo único que importaba eran los votos que estaban a punto de pronunciarse.
Cuando llegó el momento del intercambio de anillos, Leo le entregó a Matteo una alianza de platino macizo con un discreto grabado interior. Matteo tomó la mano izquierda de Elena, deslizando el anillo en su anular con pulso firme y decidido.
—Yo, Matteo Romano, te tomo a ti, Elena Moretti, como mi legítima esposa —dijo Matteo, mirando fijamente sus ojos verdes con una voz grave que resonó con claridad bajo los arcos góticos de la catedral—. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Elena tomó el anillo gemelo de la bandeja de plata. Sus dedos no temblaron al deslizar el metal sobre el anular de Matteo, sellando el contrato de forma definitiva.
—Yo, Elena Moretti, te tomo a ti, Matteo Romano, como mi legítimo esposo —pronunció ella con voz clara, firme y sin vacilación alguna—. Prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y respetarte todos los días de mi vida.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —declaró el cardenal, haciendo la señal de la cruz sobre la pareja—. Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Matteo dio un paso hacia Elena. Le tomó la barbilla suavemente con la mano derecha, inclinándose hacia ella hasta que sus labios se unieron en un beso sobrio, contenido pero cargado de una electricidad innegable que hizo correr un murmullo sordo entre los invitados de la primera fila.
Cuando se separaron, las campanas de la Catedral de San Patricio comenzaron a repicar con fuerza, anunciando a toda la ciudad de Nueva York que la tregua entre los Romano y los Moretti era oficialmente una realidad incontestable.
Matteo le ofreció el brazo a su nueva esposa. Elena apoyó la mano sobre su antebrazo, erguida y con la cabeza alta, lista para cruzar el pasillo central hacia la salida donde el nuevo imperio los esperaba. Sin embargo, al llegar a las puertas de la catedral, entre la multitud que aplaudía con cortesía ensayada, Elena divisó una figura en la última fila: un hombre con abrigo oscuro y sombrero calado que la observaba con una mirada cargada de odio antes de desaparecer entre la neblina de la calle.
Elena apretó levemente el brazo de Matteo. La paz había sido firmada en el altar, pero la sombra de la traición aún rondaba en los cimientos del imperio.