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Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Sinopsis: Un amor prohibido

Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: ¡Por culpa de ese malparido!

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Después de varias horas esperando afuera de aquella empresa, yo tenía un coraje del hijueputa. ¡No, ome, qué rabia tan berraca! Desde que Andrés me había descubierto besando a Gabriela, no había podido dejar de pensar en lo que podía pasar.

Ese man era amigo de Juan. Y si se le ocurría abrir la boca, estábamos jodidos.

Yo caminaba de un lado para otro, mirando el celular cada cinco minutos, mientras me imaginaba a Juan enterándose de que su mejor amigo estaba saliendo con su mamá.

—¡Mierda! —murmuré, pasándome las manos por el cabello—. ¿Por qué tenía que aparecer ese man precisamente acá?

Cuando por fin vi salir a Gabriela del edificio, me acerqué a ella, pero no tenía ni una pizca de ganas de sonreír.

—¡Amor! —exclamó ella, acercándose con una sonrisa.

Intentó darme un beso en los labios, pero yo aparté la mirada.

Gabriela se quedó quieta, sorprendida.

—¿Qué tenés, amor? —me preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Por qué me apartás la cara?

—Nada, Gabriela. Vámonos al hotel.

—¿Cómo que nada? Joaquín, te estoy preguntando qué te pasa.

Solté un suspiro lleno de rabia.

—¡Que no debí venir, Gabriela! ¡No debí acompañarte a este viaje!

Ella abrió los ojos, desconcertada.

—¿Pero qué estás diciendo, mi vida? ¿Qué pasó?

—¡Andrés, eso pasó! ¡Ese malparido me vio besándote esta mañana y ahora sabe que estamos juntos!

Gabriela palideció un poquito.

—¿Andrés te dijo algo?

—¡Claro que me dijo algo! Me preguntó qué tenía yo con vos y si estaba saliendo con la mamá de mi mejor amigo. ¿Vos entendés el problema en el que estamos metidos?

Ella bajó la mirada.

—Joaquín, yo no sabía que él iba a estar por aquí…

—¡Pues yo tampoco! Pero ahora ese man puede ir donde Juan y contarle todo. ¡Y si Juan se entera por boca de otro, estamos jodidos, mi reina!

Gabriela intentó tomarme de la mano, pero yo estaba demasiado alterado para reaccionar con tranquilidad.

—Amor, por favor, calmate. No sabemos si Andrés va a decir algo.

—¿Y si lo hace? ¿Qué vamos a hacer, Gabriela? ¿Qué le voy a decir a Juan cuando me pregunte por qué le escondí que estoy con su mamá?

Ella se quedó callada.

Y ese silencio me dio todavía más rabia, porque yo tampoco tenía una respuesta.

Llegamos al hotel y entré directamente a la habitación. Dejé las llaves sobre la mesa y me quité la chaqueta del jean que llevaba puesta, intentando tranquilizarme.

Gabriela entró detrás de mí y cerró la puerta.

—Joaquín, tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué, pues? ¡Ya Andrés sabe lo nuestro!

—No me hablés así, por favor.

Me volteé hacia ella.

—¿Y cómo querés que te hable? Estoy preocupado, Gabriela. Yo sabía que esto podía pasar, pero pensé que tendríamos más tiempo para encontrar la manera de contarle a Juan.

—Yo también estoy preocupada, amor.

—¡Pues parece que no! Porque yo llevo horas pensando en esto y siento que se me va a reventar la cabeza.

Gabriela me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Vos creés que para mí es fácil? Juan es mi hijo. Lo amo más que a nada en este mundo, y lo último que quiero es lastimarlo. Pero también te amo a vos, Joaquín.

Cuando vi que empezó a llorar, se me apretó el pecho. Yo estaba enojado, sí, pero no quería verla sufrir.

Sin embargo, la preocupación me tenía hablando sin pensar.

—¡Es que todo se nos está complicando por culpa de ese maldito Andrés! —exclamé—. ¡Si ese man le cuenta a Juan, no sé qué vamos a hacer!

Gabriela se limpió las lágrimas.

—¿Y entonces qué querés? ¿Que terminemos nuestra relación por miedo a lo que pueda pasar?

Me quedé callado.

—No, mi reina. Yo no quiero terminar con vos. ¡Claro que no! Pero tampoco quiero perder a mi mejor amigo.

—¿Y pensás que yo quiero perder a mi hijo? —me respondió, llorando más—. Joaquín, vos no sos el único que tiene miedo.

Sus palabras me hicieron bajar la mirada.

Me senté en el borde de la cama y me pasé las manos por el rostro.

—Perdoname, amor. Estoy muy alterado.

Ella no respondió inmediatamente. Se sentó a cierta distancia de mí, secándose las mejillas.

—Yo quería que hoy fuéramos juntos a la playa —me dijo con la voz quebrada—. Había pensado que después de mi reunión podíamos pasar una tarde bonita, caminar por la arena y disfrutar de Miami. Quería estar con vos, Joaquín. No quería que termináramos peleando.

Sentí una punzada de culpa.

Me había pasado toda la mañana pensando en Andrés y en Juan, y no había tenido en cuenta que Gabriela también había organizado aquel viaje para compartir tiempo conmigo.

Me acerqué despacio.

—Mi vida, mirame.

Ella levantó los ojos.

—Perdoname por haberte hablado así. No es culpa tuya que Andrés estuviera ahí. Yo estoy asustado y no sé cómo manejar esta situación.

Le tomé la mano con cuidado.

—Yo te amo, Gabriela. No quiero que esta preocupación nos haga daño.

Ella respiró profundamente.

—Entonces tenemos que encontrar una solución, amor. No podemos vivir escondiéndonos para siempre.

Asentí lentamente.

Tenía razón. No podíamos seguir fingiendo que nuestra relación no existía.

—Vamos a hablar con Juan —dije finalmente—. No sé cuándo exactamente, pero tenemos que hacerlo nosotros antes de que Andrés abra la boca.

Gabriela me apretó la mano.

—Está bien, mi vida.

La abracé con cuidado y apoyé la frente contra la suya.

La playa podía esperar un rato. Primero necesitábamos calmarnos y pensar bien las cosas.

Pero una pregunta seguía dando vueltas en mi cabeza:

¿Y si Andrés ya le había contado todo a Juan?

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