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Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Dejar escapar al amor
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9. La última vez que le pediría algo

¿Disculparse? Lucía esbozó una sonrisa sin alegría y apretó el acuerdo de divorcio que acababa de preparar. Procuró que su voz sonara serena.

—¿Va a volver esta noche?

—Alejandro, ¿quién te llama?

La voz melosa de Valeria llegó con toda claridad al otro lado de la línea.

—Es una llamada de la empresa —respondió él como si nada, sin importarle que Lucía siguiera escuchando—. ¿A qué hora sales? Te acompaño a buscar a Nico, me queda de camino.

Valeria sonó todavía más alegre.

—No tengo mucho trabajo. Salgo a las seis.

Cuando Lucía reaccionó, Alejandro ya había colgado. Miró con tristeza el acuerdo que ella ya había firmado. Quería pedirle que regresara para poner su firma, pero él ni siquiera había tenido paciencia para escucharla hasta el final.

Qué ridículo. Nunca debió tomarse en serio aquella promesa suya…

Alejandro acompañó a Valeria al jardín de niños. Nico salió con la directora y, en cuanto lo vio, soltó su mano y corrió hacia él.

—¡Papá!

Ante las miradas de todos, se abrazó a su pierna, lleno de alegría.

—¡Papá! ¿Viniste con mamá a buscarme?

La directora se acercó sonriente a Alejandro y a Valeria.

—Señor y señora Valdés, el pequeño Valdés se portó muy bien hoy. ¡Hasta se ganó una estrella de reconocimiento!

Un gesto de disgusto cruzó el rostro de Alejandro. Miró a la directora.

—¿Cuál señora Valdés?

La mujer se quedó desconcertada. ¿Acaso no era su esposa?

Valeria se apresuró a sujetarlo.

—No te enojes, Alejandro. No lo dijo con mala intención. —Después se volvió hacia la directora—. En adelante, por favor, no me llame así delante de la gente.

La directora no entendía nada. ¿Qué significaba aquello? ¡Si la propia Valeria le había dado a entender que el niño era hijo del señor Valdés! Si no era su esposa, entonces el pequeño…

Qué enredo el de aquellas familias ricas.

Nico también se había asustado al ver la expresión de Alejandro y retrocedió un poco.

—Papá… ¿Hice algo malo?

Alejandro lo miró. Al fin y al cabo, era solo un niño que no entendía lo que ocurría. Le apoyó una mano en la cabeza y suavizó la voz.

—No es culpa tuya. Pero yo no soy tu papá. De ahora en adelante, llámame Alejandro.

Comprendía que a Nico le faltara el cariño de un padre. Sin embargo, no sabía por qué le había molestado que lo llamara papá delante de todos.

Valeria apretó las manos y ocultó la dureza que le había aparecido en los ojos. Antes no le molestaba…

Nico bajó la cabeza, decepcionado.

—Está bien…

Cuando la directora se marchó, Valeria habló con aire afligido.

—Perdóname. No imaginé que fuera a confundir nuestra relación. Nico y yo te hemos causado problemas. Si es tan grave, le buscaré otro jardín de niños.

Alejandro se frotó el puente de la nariz, haciendo acopio de paciencia.

—No pasa nada. Que no vuelva a ocurrir.

Ya que lo había aclarado delante de la directora, ella no cometería de nuevo aquel error.

Los tres subieron al auto. Alguien fotografió aquella escena tan familiar.

Lucía se había sentado a la barra de su casa y bebido dos vasos de whisky. No era aficionada al alcohol; solo de vez en cuando, si tenía tiempo libre, se preparaba un par de tragos.

Se sobresaltó al oír que abrían la puerta. Alejandro entró con la chaqueta de traje sobre el brazo. Llevaba una camisa gris de tela satinada. Se cambió los zapatos y la miró.

—¿Estuviste bebiendo?

Lucía volvió en sí.

—Un poco.

Dejó el vaso, se puso de pie y pasó junto a él. La luz blanca le iluminó la mejilla; sobre la piel fina se distinguía claramente la hinchazón rojiza. Alejandro fijó los ojos en ella.

—¿Qué te pasó en la cara?

Lucía se quedó inmóvil y sonrió para sus adentros, incrédula. ¿Desde cuándo se fijaba en ella?

Antes de que respondiera, él volvió a hablar a sus espaldas.

—¿Te pegó Ricardo Morales?

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