Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 17
017. Quizá Alejandro fuera una buena pareja
Después de desayunar, bajaron al estacionamiento subterráneo. Valentina se acercó al Bentley azul.
—¿Qué tal se maneja? —preguntó Alejandro.
Ella apretó un poco los labios y se acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Lo manejé anoche. Muy bien. Gracias, Alejandro. —Alzó las llaves—. Entonces, ¿me voy? Ah, por cierto. Yo también tengo un regalo para ti. Debí dártelo anoche, pero se me olvidó.
—¿Qué regalo?
—Está en la maleta, en el hotel. Te lo doy cuando vuelva.
Alejandro abrió la puerta del conductor.
—Voy contigo. Yo manejo.
—¿Ah? —Tardó un instante en reaccionar—. Sí, ven. Pero manejo yo. Tú descansa un poco.
Había volado desde Santa Lucía la noche anterior y, esa mañana, había recorrido veinte kilómetros de ida y vuelta para comprarle el desayuno. Debía de estar cansado. No quería molestarlo más.
—Está bien.
Alejandro sonrió con los ojos. Vale se estaba preocupando por él. Sin llamar la atención, rodeó el auto y se sentó en el asiento del acompañante.
—Entonces te hago caso.
Ya en la autopista, empezaron a conversar.
—¿A la audiencia de hoy se puede entrar como público?
—Sí. Es una disputa contractual y no hay secretos comerciales de por medio. ¿Quieres ir?
—Sí. ¿Puedo? —Su tono era tranquilo, con una cautela casi imperceptible—. Nunca te he visto en una audiencia.
—Claro.
Valentina pensó que ya eran prometidos. Conocerse un poco más no estaba mal.
—¿Trajiste tu documento de identidad? Hay que mostrarlo y llenar una solicitud. Después te dan un pase para asistir.
—Lo traje.
Lo había necesitado para el vuelo. Además, como quería acompañarla a la audiencia, había revisado antes los requisitos y lo llevaba consigo.
—Bien. Luego te llevo.
—Está bien.
Valentina conducía concentrada y no podía ver la ternura que desbordaba de los ojos de Alejandro al mirarla. El auto avanzaba por la autopista mientras el silencio se extendía entre los dos. Después de un largo rato, ella preguntó:
—Alejandro, ¿por qué aceptaste casarte conmigo?
Llevaba tres años queriendo saberlo. Los Ferrer tenían un poder enorme en Santa Lucía. No eran una familia rica cualquiera. El abuelo de Alejandro ocupaba un alto cargo político y su madre también venía de una familia de altos funcionarios. Lo lógico habría sido que se casara con una mujer de un entorno igualmente poderoso.
Los Robles eran una gran familia de empresarios, sí, pero no tenían aquella influencia política. Aceptar esa unión era subir de posición. Valentina había crecido entre familias adineradas y conocía bien las reglas de aquellos matrimonios. Él tenía muchas opciones mejores.
La mirada de Alejandro se hizo profunda. Tardó en responder.
—En realidad, en mi generación ya no necesitamos un matrimonio para afianzar la posición de la familia.
La respuesta era ambigua. Ella no terminó de entender.
—¿Entonces por qué no eliges casarte con una mujer a la que ames?
Él habló con voz grave.
—Si yo no quisiera, nadie podría obligarme.
La respiración de Valentina perdió el ritmo. Se forzó a no pensar más allá. Si seguía, el corazón se le iba a hacer un lío. De pronto le pareció que Alejandro sabía muy bien cómo conquistar a alguien. ¿Habría tenido muchas novias? ¿Por eso tenía tanta experiencia?
Desde que aceptó el matrimonio, él había estado pendiente de cada detalle. Si seguía así, temía terminar enamorándose.
***
Pronto llegó la hora de la audiencia. Durante los alegatos, Valentina habló con fluidez y precisión. Sus ideas eran claras, su lógica rigurosa. Siempre encontraba cómo tomar ventaja y hacía preguntas incisivas que iban al centro del problema. Más de una vez puso en aprietos a quien representaba a la otra parte.
Desde el público, Alejandro la observaba llena de seguridad y energía. El orgullo le nació solo. En sus ojos se mezclaban la admiración y el amor.
Su Vale era realmente extraordinaria.
Cuando terminó la audiencia, le tendió una botella de agua mineral.
—Toma un poco.
—Gracias. —Ella bebió un par de sorbos—. Van a fijar fecha para la sentencia. Hay muchas posibilidades de ganar.
—Vale, cuando estabas argumentando te brillaban los ojos. Tenías una mirada tan firme que no podía dejar de mirarte.
Ella sonrió, un poco avergonzada.
—¿Sí? Yo también siento que en las audiencias me convierto en otra persona.
—Lo hiciste muy bien —la elogió con sinceridad—. Vas a ser una abogada de primer nivel, de las que todo el mundo en la profesión conoce.
Valentina sonrió radiante.
—Ojalá se cumpla.
De pronto volvió a pensar en Gabriel. En tres años nunca se había interesado por su trabajo, mucho menos había ido a una audiencia. Solo sabía que su sueldo mensual no alcanzaba para una comida y unas copas con sus amigos. No respetaba su esfuerzo ni sus ganas de progresar.
Una vez había ganado un caso cuyo importe en disputa superaba los 800 000 dólares y había recibido unos honorarios considerables. Fue a contarle su alegría, entusiasmada, pero él se la apagó de golpe. Recordaba su sonrisa torcida y el desprecio de sus ojos.
—En nuestra empresa, un contrato cualquiera supera los 1 600 000 dólares. ¿Y tú aceptas un casito de 800 000? Valentina, dime, ¿para qué te alcanza lo que ganas matándote de esa manera? Mejor renuncia. Yo te mantengo.
Desde entonces no había vuelto a compartir con él nada de su trabajo. Quizá sí la quisiera un poco, pero lo que le gustaba era su cara y su cuerpo. No la comprendía. Su relación solo tenía comidas, salidas y diversión. Nunca habían podido encontrarse en algo más profundo.
Por primera vez, Valentina pensó de corazón que quizá Alejandro fuera una buena pareja.
Al salir del tribunal, él recibió una llamada de su asistente. Después de colgar, la miró con seriedad.
—A la leche le pusieron laxante. Una dosis muy alta.
Un destello frío cruzó los ojos de Valentina.
—Lo sabía.
—¿Quieres que me encargue?
Ella negó con la cabeza.
—No. Me lo guardo. Ya ajustaré cuentas cuando llegue el momento.
Camila debía de saber que tenía una audiencia ese día y había querido arruinársela. Aunque contaba con el análisis de la leche, no tenía pruebas de que ella hubiera sido quien la adulteró. Denunciar no serviría de mucho. Si era una cuenta personal, la resolvería personalmente.
***
Después de la audiencia, Valentina llevó a Alejandro a recorrer los alrededores durante unos días. Fueron a comer los fideos de arroz picantes que tanto se le antojaban. Él no toleraba bien el picante. Terminó sudando a chorros, pero aun así acabó todo el plato.
Se tomaron fotos en lugares turísticos, disfrutaron de paisajes naturales hermosos y visitaron sitios históricos para conocer su cultura. Tenía que admitirlo: aquellos días con Alejandro habían sido más plenos y felices que los tres años con Gabriel.
***
Camila pasó cinco días en el hospital y Gabriel la acompañó los cinco. Durante ese tiempo no dejaba de mirar el teléfono, esperando una llamada o un mensaje de Valentina. Pero solo llegaban invitaciones de sus amigos para salir y llamadas o mensajes de trabajo.
De ella, nada.
Al final no aguantó más. Abrió los SMS y escribió:
«¿Todavía no te cansaste de hacer el berrinche?»
Alejandro tenía el teléfono de Valentina para tomarle una foto. El mensaje apareció de pronto ante sus ojos.
Su mirada se ensombreció.