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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:554
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13. Quiero que seas mi antídoto

A Valeria le zumbaron los oídos. ¿Había dicho que le buscaría un hombre? ¿O incluso dos?

Ya había elegido. Había elegido a Camila sin vacilar.

Fue como si una hoja afilada se le hundiera en el corazón y siguiera girando, desgarrándola por dentro. Le temblaron los labios antes de conseguir que le saliera la voz.

—Alejandro, todavía… soy tu esposa…

Él se había cambiado a una camisa y un pantalón negros, limpios. Ya no quedaba nada del deseo desordenado de hacía un momento. Volvía a ser el hombre frío y distinguido de siempre. Sacó algo y se lo tendió.

—Esto es para compensarte.

Valeria bajó la vista. Era un cheque enorme, con ocho ceros.

—Tu compensación por el divorcio —añadió él con aquella voz atractiva y helada—. Divorciémonos, Valeria.

Dejó el cheque sobre el lavabo y salió a grandes pasos. Iba a buscar a Camila.

Igual que su madre años atrás.

Los ojos de Valeria se enrojecieron y se llenaron de lágrimas. Otra vez la habían dejado. Había intentado aferrarse a su madre, igual que a Alejandro, pero los dos le habían dado todo su amor a Camila.

Por mucho que se esforzara, nunca servía de nada.

Poco después llegó un hombre. Valeria lo oyó hablar con Rosa.

—Me envió el señor. Busco a la señora. ¿Dónde está?

—En el dormitorio. Venga conmigo.

Rosa lo condujo hacia allí. A Valeria se le borró el color de la cara. No había imaginado que Alejandro actuaría tan rápido: el hombre que le había buscado ya estaba en la casa.

Qué ironía.

Los pasos se acercaron hasta detenerse al otro lado de la puerta. Valeria se levantó, abrió la ventana del dormitorio y saltó desde el segundo piso.

Cayó sobre el césped. Un dolor atroz le atravesó el tobillo. Sin tiempo para preocuparse por su aspecto desastroso, sacó el teléfono y llamó a Dani.

—¿Val? ¿Por qué no has vuelto? ¿Dónde te metiste a estas horas? —respondió su amiga.

En cuanto oyó su voz, las lágrimas que había contenido empezaron a caer. Una tras otra, calientes y amargas.

En la barra de Club 1996, las mejillas de Camila se habían teñido de rojo por el efecto de la sustancia, realzando su belleza. El hombre alto la deseaba cada vez más y le rodeó los hombros con un brazo.

—Hermosa, ya casi pasó media hora. Tu novio no va a venir. Esta noche eres mía.

Camila no le hizo caso. Miraba la cuenta regresiva en el teléfono.

—¿Qué prisa tienes? Quedan cinco segundos. Él va a llegar. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

Al decir uno, dejó de sentir la mano en su hombro. Otra mano, grande y de dedos bien definidos, la había sujetado y doblado con un movimiento mínimo.

Un crujido anunció la fractura.

Camila se volvió. Alejandro había llegado, con el frío húmedo del camino todavía sobre los hombros. El desconocido aullaba de dolor. Alejandro lo empujó con fuerza contra la barra, arrancándole más gritos.

Camila se levantó y le tomó el brazo, radiante.

—¡Te dije que mi novio iba a venir!

Entre ella y Valeria siempre iba a elegirla a ella. Valeria nunca había sido una rival.

Alejandro miró al hombre con frialdad.

—Lárgate.

El desconocido huyó sin atreverse a volver la cabeza. Alejandro bajó la vista hacia Camila y retiró el brazo de entre sus manos.

—¿Ya terminaste con el numerito?

Ella se quedó inmóvil.

—¿Me estás regañando? Si no hubiera hecho nada, ¡ahora estarías acostado con Valeria!

—¿Y por eso te drogaste?

Tan consentida estaba que levantó la barbilla con arrogancia.

—Sí. Si tú tocas a Valeria, dejaré que otro hombre me toque a mí.

El rostro de Alejandro se volvió sombrío. Se dio la vuelta y empezó a irse.

¿Se marchaba? ¿Ni siquiera iba a consolarla?

Un hombre tan rico y atractivo llamaba la atención de las mujeres con solo cruzar el club. Todas lo miraban, lo deseaban. Camila lo sabía; también sabía que Valeria lo quería. No pensaba darles una oportunidad.

La orgullosa princesa cedió de inmediato y se lanzó a abrazarlo por la espalda.

—Alejandro, no te vayas.

Él se detuvo. Camila lo sujetó con fuerza y puso voz de niña consentida.

—Perdóname. Es que te amo demasiado. No soporto que toques a otras mujeres. —Restregó la mejilla contra su espalda—. Estoy muy mareada.

Alejandro guardó silencio dos segundos. Luego se volvió y la levantó en brazos. Rodeada de miradas envidiosas, Camila le echó los brazos al cuello y sonrió como una vencedora.

Media hora después, él la llevó a Villa del Bosque. La casa que compartía con Valeria era Residencia Los Cedros; aquella otra era su vivienda privada. La decoración en negro, blanco y gris ocultaba un lujo discreto, en una zona donde cada metro valía una fortuna.

Entró al dormitorio principal y dejó a Camila sobre la cama. Quiso apartarse, pero ella le sujetó el cuello con fuerza.

—¿Sigues enojado?

Alejandro intentó bajarle las manos. Camila acercó el rostro al suyo y murmuró con dulzura:

—Grandullón…

Él se quedó quieto. Pensó de pronto en Valeria; también ella lo había llamado así.

Debía de haber oído mal. ¿Por qué iba Valeria a llamarlo grandullón? Aquel nombre solo le pertenecía a Camila.

Apoyó las manos a ambos lados de ella.

—Que no vuelva a pasar —dijo con suavidad.

Camila sabía que no podía resistirse a ese nombre. Por él le permitía cualquier capricho, cualquier exceso.

Entonces Alejandro preguntó:

—¿Dónde está el medallón que te regalé entonces?

¿El medallón? La mirada de Camila vaciló. No lo tenía ella. Estaba… No. Tendría que encontrar la manera de recuperarlo.

—Lo dejé en casa.

Cambió enseguida de tema. Tiró de su cuello para acercarlo más, hasta que sus labios quedaron a punto de tocarse.

—Alejandro, tomé esa sustancia —susurró, seductora.

Él bajó la mirada hacia su boca.

—¿Y?

—Quiero que seas mi antídoto.

Camila se acercó para besarlo.

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