Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 13: Sombra, pulso desbocado y el primer impacto
El callejón trasero de la quinta era un laberinto oscuro de ladrillos húmedos, olores a descomposición y contenedores de basura metálicos que desprendían un vaho nauseabundo. Las sirenas de la policía aullaban a lo lejos, y los haces de luz de las linternas de los agentes barrían la parte delantera del predio con una urgencia molesta.
Dante arrastró a Sara con fuerza doblando la esquina, empujándola hacia el rincón más estrecho y recóndito, justo detrás del contenedor de basura más grande. Las linternas comenzaron a iluminar las paredes del callejón con destellos intermitentes que cortaban la oscuridad.
—Agáchate, maldición —siseó Dante cerca de su oído, obligándola a ponerse en cuclillas.
Sara se acurrucó con el ceño fruncido, intentando regular su respiración agitada. Pero en ese preciso instante, los pasos pesados y las voces de un par de oficiales resonaron a pocos metros, enfocando hacia la zona trasera. El haz de luz de una linterna comenzó a deslizarse peligrosamente por el suelo del callejón, acercándose hacia el contenedor.
Ante el instinto de huida, Sara retrocedio para atrás de golpe, intentando incorporarse para salir de allí, pero su espalda chocó de lleno contra un muro firme y cálido: el pecho de Dante, quien se había acomodado estirando las piernas y sentándose contra la pared para cubrirla por completo.
Sara tragó saliva en seco al sentir la solidez de su cuerpo atrapándola. Sin perder un segundo, Dante la envolvió con los brazos, cruzándolos alrededor de su cintura para retenerla pegada a su pecho y ocultarla de la línea de visión de los oficiales que pasaban al otro lado.
—Suéltame, idiota —le reprochó Sara en un susurro furioso, forcejeando para zafarse mientras sentía el calor de la respiración de él en su nuca.
—Cállate —se negó Dante con voz ronca, apretándola todavía más contra él, sintiendo la fricción de sus cuerpos en la penumbra—. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de mi?
Sara giró un poco el rostro, mirándolo con un desdén fingido a pesar de que el corazón le latía a mil por hora.
—¿Miedo? ¿A ti? Por favor —escupió ella.
—¿A estar cerca de mí? —le retó Dante en un susurro descarado, rozando prácticamente con sus labios el lóbulo de su oreja.
Sara soltó una risa corta, cargada de una burla filosa, aunque las manos le temblaban ligeramente contra el pecho de él.
—No te creas la gran cosa, Kaelen. No me mueves ni un solo pelo.
Dante no respondió con palabras. Sus ojos oscuros, adaptados a la oscuridad del callejón, bajaron la mirada unos centímetros. En medio de la penumbra, su vista se fijó en un detalle imposible de fingir: el pulso acelerado que latía con fuerza furiosa en la vena de su cuello, la respiración entrecortada que inflaba su pecho y el leve rubor que el calor de la adrenalina había encendido en sus mejillas.
—¿De verdad? —preguntó Dante con voz baja, casi un susurro hipnótico.
—Sí —contestó ella, desafiante, sin apartar la mirada.
—¿De verdad... no sientes nada? —murmuró él, acercando su boca hasta dejarla a un milímetro de la de ella, sintiendo el aroma a su piel mezclado con el peligro de la noche—.
—¡Si!—volvio a decir Sara aunque pareció fallarle el aire.
—Si lo sientes... o si me dices la verdad...
Dante no esperó a que ella respondiera. La tentación acumulada durante semanas de rechazos, golpes y orgullo herido era infinitamente más grande que cualquier autocontrol. Selló sus labios sobre los de ella en un beso hambriento, profundo, robado de golpe en medio de la oscuridad.
Por un segundo, Sara se quedó congelada, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, sintiendo la textura firme de los labios de Dante y el sabor a bourbon y adrenalina. Su cuerpo entero se tensó, y por un instante, la resistencia pareció quebrarse bajo el peso de una atracción que llevaban semanas alimentando a golpes.
Pero la razón regresó de golpe.
Sara reaccionó con la furia de una fiera acorralada. Lo empujó con ambas manos en el pecho con tanta fuerza que lo desestabilizó contra la pared, y levantando la mano, le propinó una bofetada sonora que resonó en el callejón vacío.
—¡No vuelvas a hacer eso nunca más! ¡Y no te acerques a mí! —sollocó de rabia, con los labios hinchados y los ojos ámbar ardiendo en lágrimas de ira contenida.
Sin mirar atrás, dio media vuelta y echó a correr fuera del callejón, perdiéndose en las calles oscuras aledañas.
Dante se quedó allí, agachado contra la pared de ladrillos. Se llevó una mano a la mejilla, donde el ardor de la bofetada pulsaba con fuerza. Sin embargo, en lugar de enojarse, una sonrisa torcida, oscura y completamente febril se dibujó en sus labios, saboreando todavía en la boca el eco inconfundible de aquel beso.