Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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Telón Arriba y el Regreso del Odio
El auditorio principal de la Academia Élite Amagi estaba completamente abarrotado. Estudiantes, profesores, padres de familia y la mismísima junta directiva ocupaban cada una de las butacas, formando un mar de expectativas bajo las luces tenues del recinto. Las cortinas de terciopelo rojo vibraban con el murmullo general del público.
Tras bambalinas, el ambiente era una zona de guerra psicológica.
Aoi Kisaragi, vistiendo su elegante y futurista versión del traje de Julieta con detalles LED y bordados geométricos, caminaba de un lado a otro mordiéndose las uñas con furia contenida, repasando sus líneas de memoria y fulminando con la mirada a todo lo que respirara. A pocos metros, Ren Kageyama, ajustándose el cuello de su abrigo largo de caballero noble, estiraba los brazos con total tranquilidad, luciendo una sonrisa burlona que le sacaba canas verdes a la presidenta.
—Más te vale no tropezar con tus propios pies en el acto central, Kageyama —siseó Aoi con los dientes apretados, deteniéndose frente a él con los puños cerrados—. Si arruinas la reputación del Pabellón Blanco frente a los directores, juro que te enterraré vivo debajo de las gradas del campo de fútbol.
—Tranquila, alteza, relaja las facciones o te saldrán arrugas antes de los dieciocho —respondió Ren con una risita cínica, inclinándose un poco para verla de cerca—. Concéntrate en no desmayarte cuando te toque dar el monólogo romántico. Si necesitas que te sople las líneas porque te quedas en blanco, solo haz una seña con la manito.
Aoi sintió que una vena en su frente amenazaba con reventar de pura rabia. Abrió la boca para soltarle una grosería monumental, pero en ese preciso instante, la voz metálica del altavoz retumbó por todo el auditorio:
«Tercer y último llamado. Comienza la obra: "Romeo y Julieta: Edición Legendaria"».
Las luces principales del auditorio se apagaron de golpe. El público estalló en aplausos mientras el telón se abría con un suave crujido.
El Acto I comenzó con una elegancia impecable. Aoi, en el papel de Julieta, demostró por qué era la estudiante de honor indiscutible del Pabellón Blanco: su dicción era perfecta, su porte aristocrático dejaba a los directores boquiabiertos y cada movimiento en el escenario destilaba una tragedia clásica fascinante.
Ren entró a escena interpretando a Romeo con una mezcla de soltura y carisma natural que encajaba a la perfección con el tono de la obra. Las interacciones entre ambos fluían con una química escénica brutal, haciendo que los profesores asintieran complacidos en primera fila.
Sin embargo, la paz clásica tenía los días contados.
Llegó el momento cumbre de la obra, la escena del balcón y el enfrentamiento dramático final. Las luces del escenario cambiaron a tonos azules y púrpuras. Ren se encontraba declamando su parlamento con dramatismo, cuando de repente, desde la cabina de control técnica, Daichi Matsuda ajustó sus anteojos con una sonrisa calculadora y presionó la tecla enter de su consola maestra.
¡Zas!
Las enormes pantallas LED gigantes que formaban el telón de fondo del auditorio se encendieron de golpe, cortando la transmisión clásica para mostrar una interfaz gráfica ultrarrápida. Las luces del escenario parpadearon al ritmo de efectos de sonido de videojuegos multijugador, y un enorme rótulo flotante apareció en pantalla: «¡PARTIDA DE ESPORTS EN VIVO - NODO PRINCIPAL AMAGI!».
El auditorio entero se quedó en completo silencio durante un segundo... para luego estallar en alaridos de locura y carcajadas de los alumnos.
—¿¡PERO QUÉ DIABLOS...?! —exclamó Aoi en voz baja, saliéndose por completo del personaje clásico y mirando las pantallas gigantes con los ojos abiertos como platos y el rostro pálido de la conmoción.
Lejos de congelarse, Daichi había programado un sistema interactivo donde los personajes del escenario debían "combatir" contra oleadas virtuales proyectadas en las pantallas gigantes usando accesorios de utilería con sensores de movimiento que Kenji y los chicos habían instalado en secreto.
Los alumnos del Pabellón Negro en el público empezaron a gritar: «¡Tírales un combo aéreo, Romeo!», «¡Usa la espada láser, Julieta!».
Ren, conteniendo una carcajada masiva por la cara de absoluta incredulidad de Aoi, decidió seguirle el juego al sistema de Daichi. Agarró su espada de utilería con luces LED que ahora proyectaba un marcador de puntos en pantalla y gritó con tono épico de videojuego:
—¡Prepárate, Julieta! ¡El jefe final de la mazmorra está apareciendo en el sector norte! ¡Cubre mi retaguardia!
—¡¿QUÉ CLASE DE LOCURA ES ESTA, CEREBRO DE CARTÓN?! —chilló Aoi perdiendo la compostura por completo frente a todo el colegio, olvidándose del libreto y dándole un empujón real a Ren en medio del escenario mientras el público se reía a carcajadas.
—¡Es la fusión de mundos, alteza! ¡Es el parche de actualización del siglo! —bromearon Kenji y los chicos del coro desde el fondo del escenario, lanzando confeti y efectos de humo artificiales con extintores decorados.
La obra se convirtió en un caos absoluto de comedia hiperbólica, espadas de luz, gritos de guerra de RPG y aseveraciones escandalizadas de Aoi intentando salvar lo que quedaba de su dignidad literaria, mientras Ren corría por el escenario esquivando monstruos de cartón generados por la computadora.
Paradójicamente, la locura colectiva fue un éxito rotundo. El público aplaudió de pie, los directores se reían a carcajadas de la genialidad absurda del espectáculo y las cámaras escolares grababan el momento histórico. La función terminó entre ovaciones estruendosas y una lluvia masiva de papel picado.
Minutos después, las luces del escenario principal se apagaron por completo. El bullicio del público comenzó a calmarse mientras los estudiantes empezaban a desalojar el auditorio.
Tras bambalinas, en la penumbra de los vestidores, Aoi Kisaragi se encontraba de pie junto a su casillero, con el pecho agitado, el cabello rubio ligeramente revuelto y el traje de Julieta con luces LED apagándose lentamente.
Ren Kageyama caminaba hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja, apoyándose perezosamente contra el marco de la puerta del vestuario.
—Bueno, tengo que admitir que la parte donde me golpeaste con el guion en la cabeza no estaba en el libreto original, pero le dio un realismo de juego de pelea increíble, Kisaragi —bromeó Ren con total tranquilidad.
Aoi se giró lentamente hacia él. Sus ojos azul claro ya no tenían el brillo divertido del escenario; al contrario, estaban oscurecidos por una capa de hielo puro y un desprecio absoluto.
—Kageyama... —comenzó Aoi con una voz tan helada que hizo bajar la temperatura de la habitación entera.
—¿Sí, Presidenta? —respondió Ren, borrando la sonrisa poco a poco al notar la intensidad de su mirada.
—El show terminó. El circo se acabó. La obra de obligatoriedad escolar es historia pasada —espetó Aoi, dando un paso al frente con una agresividad contenida que imponía respeto real—. No creas ni por un solo segundo que porque bailamos en esa estúpida farsa digital tecnológica significa algo. Te detesto con cada fibra de mi ser. Para mí sigues siendo una plaga insoportable, mi mayor enemigo escolar y la razón por la que quiero que el año lectivo termine ya mismo.
Ren se quedó en silencio, mirándola fijamente a los ojos, sin decir una sola palabra.
Aoi le dio un fuerte empujón en el hombro al pasar a su lado para salir del vestuario, dejándole en claro que el odio entre ambos estaba más vivo e intacto que nunca.
(Perfecto...), pensó Ren para sus adentros, tocándose el hombro donde lo había empujado y esbozando una sonrisa de medio lado en la oscuridad del pasillo. (El teatro se acabó, pero el verdadero juego apenas comienza).