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Noventa Días Para Equivocarme

Noventa Días Para Equivocarme

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amor eterno
Popularitas:8.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XV La calidez del primer encuentro

Punto de vista de Victoria

En cuanto las puertas del ascensor ejecutivo se cerraron, aislándonos del piso de la junta, solté la mano de Sebastián.

La adrenalina de la confrontación empezó a disiparse y, en su lugar, el peso del cansancio y la punzada sorda en el vientre amenazaron con hacerme flaquear. Me apoyé sutilmente contra la pared de espejo, buscando aliento.

Sebastián se giró de inmediato. La frialdad implacable con la que había observado a los directivos se esfumó en un segundo, reemplazada por una mirada atenta, casi voraz, que me escaneó por completo.

—Estás agotada, Victoria —dijo, dando un paso hacia mí y acorralándome con su presencia—. Y no intentes negarlo.

—Fue una reunión innecesaria, solo eso —murmuré, intentando mantener la barbilla en alto—. Cumpliste tu parte del acuerdo. La empresa está a salvo por ahora.

—Cumplí con defender lo nuestro frente a esos incompetentes —corrigió con voz baja, ronca, inclinándose hasta que su aliento me rozó la mejilla—. Pero el contrato no terminaba en la sala de juntas.

Un escalofrío me recorrió la columna. Sus palabras no traían una amenaza; traían una promesa.

—Nos vamos a mi departamento —sentenció cuando el ascensor llegó al sótano.

—Sebastián, tengo trabajo pendiente...

—Adriana puede manejar el resto del día —me cortó sin darme margen de maniobra, tomándome con firmeza de la cintura para guiarme a su auto—. Dijiste que querías sentirte viva, Valenzuela. Hoy no vas a pasar la tarde detrás de un escritorio.

No protesté. La verdad era que no quería volver a esa oficina fría a contar mentalmente los días que me quedaban. Quería perderme en alguien, apagar el ruido de mi cabeza y quemar el miedo en el fuego de un hombre que no me tenía compasión, sino deseo.

El penthouse de Sebastián era exactamente como él: imponente, moderno, impecable y con una vista panorámica de toda la ciudad a través de ventanales que iban del piso al techo.

En cuanto la puerta principal se cerró tras de nosotros, el silencio del lugar nos envolvió. Sebastián no encendió las luces. La luz dorada del atardecer filtrada por los cristales teñía la estancia de sombras suaves.

Me quité los tacones, sintiendo el contacto del suelo frío bajo mis pies, y me giré para mirarlo. Él se había quitado la chaqueta del traje y se desabrochaba los puños de la camisa sin quitarme los ojos de encima.

—¿Estás segura de esto, Victoria? —preguntó, deteniéndose a un paso de mí. Había una seriedad casi peligrosa en sus ojos oscuros—. En el jardín dijiste que era una transacción. Pero si cruzas esta línea, no voy a tratarte con la delicadeza que le tendrías a un socio.

Sonreí con una amargura desafiante, acortando la distancia que nos separaba hasta apoyar las palmas de mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la fina tela de su camisa.

—No vine aquí buscando delicadeza, Alarcón —susurré, clavándole la mirada—. Vine a comprobar si eres tan implacable aquí como lo eres en los negocios.

Esa fue la chispa que incendió la pólvora.

Sebastián soltó un aliento entrecortado y atrapó mi nuca con una mano, estrellando sus labios contra los míos en un beso voraz, urgente y sin reservas. Caí de lleno en su abrazo, enredando mis dedos en su cabello mientras él me levantaba sutilmente del suelo, pegando mi cuerpo al suyo de una forma posesiva que me dejó sin aliento.

Nos movimos a ciegas hacia la habitación principal, tropezando con la prisa de quien no tiene tiempo que perder.

Las prendas cayeron una a una al suelo: mi vestido de seda, su camisa, el peso de las armaduras que habíamos llevado durante tres años de guerra corporativa.

Cuando me recostó sobre las sábanas de su cama, el contraste entre su piel cálida y el temblor de mi cuerpo me hizo soltar un gemido ahogado. Sebastián se posicionó sobre mí, delineando con sus labios el contorno de mi cuello, mi clavícula y la curva de mi cintura, deteniéndose apenas un segundo al sentir la rigidez en mi vientre.

—Estás fría... —murmuró contra mi piel, mirándome a los ojos con una intensidad abrumadora.

—Haz que se me olvide —le pedí en un hilo de voz, aferrándome a sus hombros desnudos—. Haz que se me olvide todo.

Y lo hizo.

Cuando se unió a mí, la sensación fue un estallido blanco que borró el diagnóstico, el hospital, a mi familia tóxica y el miedo a la nada. Cada caricia suya era una marca de propiedad; cada beso, un reclamo brutal que me obligaba a responder con la misma pasión desesperada. No había espacio para la enfermedad ni para la muerte en esa habitación; solo existía la fuerza de sus manos sosteniéndome, el ritmo acelerado de nuestros cuerpos y el calor sofocante que nos consumió por completo.

Por primera vez en diez años, mientras el sol terminaba de ocultarse en el horizonte y yo me ahogaba en los brazos del hombre que se suponía era mi mayor enemigo, no me sentí como una mujer con los días contados.

Me sentí invencible.

1
Maru
Peligro ☣️⚡ d 😳😱
Maru
😱😳 Catalina/ Verónica como sea debe haber alguien que sabe el secreto; no obstante, el fraticidio cometido por esa 🐍 víbora pudo ser la causa del suicidio de padre de Victoria
Liliana Torres
🐀🐀🐀
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️💖
Johann
😯😯😯👏👏👏
Johann
👏👏👏👏
Johann
😯😯😯😯
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️
Johann
👏👏👏👏
Johann
😢😢😢
Johann
😯😯😯
Johann
😢😢
Johann
🥺🥺🥺🥺
Johann
🥺🥺🥺
Celeste Salinas
Victoria tiene que arreglar las cosas como hacemos todas nosotras.. cruzarse con la mejor ropa interior que tenemos.. conseguimos el perdón 🤭🤭😂🥰
Celeste Salinas
jaja
Alexandra Ortiz Posada
Ahí están los resultados de no hablar con la verdad a Sebastián que la quería ayudar
Johann
😭😭😭😭
Johann
💖💖💖💖
alicia g
buenisima historia, felicitaciones escritora ,como nos tenes acostumbradas ,excelente
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