Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Estás muerto, no quiero dejarte ir.
Ese miércoles caí en cuenta de que había pasado semanas, prácticamente, tirado en nuestra cama. ¿O ya debería decir mi cama? Aunque no quiero, siento que no puedo ni pensarlo. No quiero dejarte ir. No puedo dejar de pensar en lo nuestro, en el nosotros: en cómo comenzó todo, en lo que teníamos antes de que todo se complicara con tu enfermedad, y en lo que planeamos para el futuro. Nuestro futuro, que ahora era solo el mío.
No podía levantarme. Te juro que no podía. Me pesaba el cuerpo, me pesaba el alma. A menudo te reías porque nunca quería ir al médico, no quería tomar medicamentos, y repetía como loro que “ya se me iba a pasar”. Pero si me vieras ahora no lo creerías, y si te contaran, mucho menos. Siempre supiste que me hacía el fuerte, que no quería que nadie me viera vulnerable, necesitado. Y ahora, si me vieras ahora, amor mío.
No importaba si afuera hacía frío o calor, si llovía o granizaba, si era lunes, martes o miércoles, si era tarde, noche o madrugada. Ya nada importaba. Sin vos, nada importaba. Dejé de contestar llamadas, cerré mis redes sociales y me encerré en mi burbuja. Todos me aconsejaban que te despidiera, que te dejara ir. Pero no. No podía.
¿Cómo dejás ir a la persona que elegiste para compartir tus días?
¿Cómo pasás la página?
¿Cómo dejás atrás todo el dolor?
Te amo. Me costó tanto decirlo, me costó tanto admitirlo, que no quiero dejar de hacerlo. Me siento en la cama, abro la ventana y te lo digo aunque ya no me escuches. Santy, te amo. Abrazo tu ropa, busco tu perfume. Lleno la cama con tus libros favoritos y me acuesto a su lado, para sentir el peso. Tu peso.
Llevo cinco días con tu remera, la que usabas siempre en casa. Y pensar que intenté tirarla tantas veces. Que quise chantajearte cuando te regalé ese pijama con bananas que tanto me gusta, pero que nunca usaste. Lavaron tu remera. Lo sé. Todos los días que pasaste en el hospital vinieron y dejaron la casa impecable. Ciro y Samuel se encargaron de todo, mientras vos morías en esa cama fría de hospital y yo, en la silla junto a ella, tomándote la mano, me moría con vos.
Aunque tu remera esté lavada y ya no tenga tu aroma, igual me gusta usarla. Sentirte. Creer que aún conserva tu olor, tu perfume, tu esencia. Me siento más conectado a nosotros. A ese nosotros que terminó. Que no elegimos que terminara.
—¿Y si algún día empeora?— me dijiste el día que los análisis salieron mal. Me reí. Fingí una carcajada. Te abracé y caímos juntos en el sillón. Fingí una enorme sonrisa. Lo negué. Te lo negué. Y yo sabía, en el fondo, que todo había empeorado. Que no teníamos tanto tiempo.
Decreté en voz alta que iba a salir todo bien. Que todo sería un mal recuerdo. Que nuestras vacaciones, postergadas tantas veces, iban a ser el cierre de todo.
Y acá estoy. Llorando hace veintiún días. Acostado de mi lado de la cama. Cocinando para dos. Poniendo la mesa para dos. Prendiendo la ducha por las mañanas, como lo hacía cuando te levantabas temprano para ir al trabajo.
No quiero dejarte ir. No quiero olvidarte. No quiero olvidar tus chistes malos, tu sonrisa a medias, tus abrazos. No quiero. No puedo. Solo quiero ver tus fotos. Las de antes. Cuando todavía te veías saludable. Feliz.
Quiero pensar que los años van a pasar a tu lado. Que nuestra historia no terminó. Te quiero acá. Quiero verte crecer canas, descubrirte arrugas. Quiero envejecer con vos. Quiero que sigamos tomándonos de la mano, a escondidas, en el avión. Quiero cuidarte cuando estás resfriado. Quiero que nos emborrachemos. Que lloremos juntos. Tomar café con vos, desnudos, en la madrugada. Salir al campo y recostarnos en el pasto descalzos. Caminar de noche buscando algún kiosco abierto para comprar cigarrillos, y que me acompañes.
Siempre. Para siempre.
Si me hubieras dejado, todo sería distinto. Si yo te hubiera dejado, pienso que también. Pero nunca pensé en hacerlo. Eras toda la calidez que le faltó a mi vida. Eras amor incondicional, ternura, compañía, paciencia. Eras todo. Podría hablar horas de lo que eras —y de lo que sos— para mí.
Y ahora estoy sonriendo como un tonto y llorando. Solo. En nuestra habitación, a oscuras, en el suelo. Tu recuerdo es todo lo que me quedó y no quiero vivir sin él. No quiero seguir adelante. No quiero olvidarme de ningún detalle.
Hoy no quiero. Hoy no puedo.
Pero te lo prometí. Así que haré el esfuerzo.
Y así empieza mi historia.
Nuestra historia.
O lo que yo recuerdo de ella.
Y necesito contar.
Por mí.
Y por vos.