El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 12: El nudo en la garganta
El amanecer trajo una luz pálida sobre los jardines del Palacio Zafiro. No había podido pegar un ojo en toda la noche. Las palabras de mis padres seguían martillando mi cabeza: ganarse el perdón de un hijo herido no era cuestión de un día, sino de resistir el dolor de su rechazo sin dar un paso atrás.
A media mañana, me acerqué al pabellón de cristal. Allí estaban Cassian y Rosalind sentados junto a una pequeña mesa redonda. Mi hija sostenía un libro de historia y mi pequeño Cassian intentaba calcar un mapa con trazos temblorosos.
Al escuchar el crujido de mis faldas sobre la grava, ambos se enderezaron como resortes. El libro se cerró de golpe y Cassian bajó la vista de inmediato, escondiendo los dedos manchados de carboncillo bajo la mesa.
«Paciencia, Valeria. Respira y trágate el dolor».
—Buenos días —les dije con una voz suave, deteniéndome a tres pasos de distancia para no invadir su espacio—. No vengo a revisar sus lecciones ni a pedirles cuentas. Solo quería ver cómo amanecieron hoy.
Rosalind tragó saliva. Sus ojitos ámbar me miraban con una cautela que me desgarraba el alma por dentro.
—Amanecimos bien, Su Alteza Ilustre —respondió la niña con una cortesía ensayada—. Ya hemos avanzado con los deberes que dejó la institutriz la semana pasada. No le causaremos ninguna molestia.
—No son una molestia, Rosalind. Nunca lo han sido —me acerqué despacio y tomé asiento en una silla cercana, manteniendo las manos quietas sobre mi regazo para no asustarlos—. Sé que están confundidos. Sé que están esperando que vuelva a gritarles, que les quite la cena o que les exija ser perfectos.
Cassian levantó la mirada apenas un milímetro. Tenía el labio inferior apretado entre los dientes y los ojos anegados en lágrimas que se negaba a soltar por miedo al castigo.
—Madre... ¿hicimos algo malo ayer? —preguntó en un hilito de voz que casi se quebró—. Cuando vino el heraldo... creímos que el Emperador nos iba a castigar por culpa nuestra.
Sentí una punzada tan aguda en el pecho que tuve que apretar las telas de mi vestido para no derrumbarme frente a ellos.
—Ustedes no hicieron absolutamente nada malo, Cassian —le aseguré con firmeza, mirándolo directo a los ojos sin pestañear—. La culpa de todo lo que pasó en estos años fue mía. Yo fui dura, fría e injusta con los dos. Pensé que haciéndolos temblar los estaba preparando para este palacio podrido, pero solo los lastimé.
Los dos niños se quedaron mudos. En diez y doce años de vida, jamás habían escuchado a su madre asumir un error, mucho menos disculparse.
—No les pido que me sonrían ni que me crean de la noche a la mañana —continué, sintiendo un nudo espeso en la garganta—. Tienen todo el derecho del mundo a desconfiar de mí. Tienen derecho a tener miedo y a estar enojados. Solo les pido que recuerden una cosa: a partir de hoy, nadie volverá a levantarles la mano ni a encerrarlos en una torre. Ni yo, ni las institutrices, ni el Emperador.
Me puse de pie con cuidado, sin intentar tocarlos para no forzar una cercanía que aún no me había ganado.
—Coman algo de fruta y tómense el día libre —les dije con una sonrisa pequeña y triste—. Si en algún momento quieren hablar conmigo, las puertas de mis aposentos estarán abiertas.
Di media vuelta y me alejé por el sendero. Antes de doblar la esquina de los magnolios, miré de reojo hacia atrás: Cassian y Rosalind seguían mirándome fijamente, todavía asustados, pero en sus miradas ya no había solo pánico ciego; había una pequeña chispa de asombro y duda que antes no existía.
Era un comienzo, aunque fuera doloroso y lento.
El resto del día pasó como un suspiro pesado. La capital entera parecía contener la respiración mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo sangre siniestro.
Al caer el anochecer, me vestí con un traje de terciopelo azul medianoche, ceñido al cuerpo y con las mangas largas ribeteadas en hilo de plata. Llevaba el broche con el dragón alado de Valoria y el anillo sellador de la Casa Rosental.
Mi padre y mi madre me esperaban en la entrada del palacio. Detrás de ellos, una escolta de lanceros de élite estaba lista para marchar.
—No voy a permitir que entres sola a esa trampa, Valeria —gruñó mi padre, con la mano firme en la empuñadura de su espada—. Kaelen no tiene escrúpulos.
—Él no se atreverá a hacerme daño físico mientras tus hombres rodeen los patios, padre —le respondí con voz serena—. Si llevo guardias a sus aposentos privados, le daré la excusa perfecta para acusarme de insubordinación armada frente al Consejo. Debo mantener la compostura y responder como la Noble Consorte Imperial.
Mi madre me tomó de las manos y me miró a los ojos con agudeza.
—Recuerda las formas, Valeria. Kaelen sigue siendo el soberano absoluto por ley divina. No le des motivos legales para atacarte.
Crucé los puentes colgantes que separaban los palacios del harén del gran complejo central. Los pasillos de los aposentos privados del Emperador estaban en penumbra, custodiados por guardias dorados con lanzas cruzadas que apenas respiraban al verme pasar.
Llegué ante las pesadas puertas dobles de caoba negra y oro. El mayordomo imperial abrió sin pronunciar palabra, haciéndose a un lado con la cabeza agachada.
Entré al salón. La puerta se cerró a mi espalda con un chasquido pesado.
La habitación era inmensa, iluminada por la chimenea encendida y candelabros de plata. Había un fuerte olor a vino especiado y madera de cedro. Frente al fuego, de pie y con una copa en la mano, estaba Kaelen.
Vestía una túnica formal oscura bordada en oro, con la corona ligera de soberano sobre su cabello azabache. Su porte seguía siendo imponente y severo.
Di varios pasos hacia el centro del salón, me detuve y bajé la cabeza, doblando las rodillas en una reverencia impecable de acuerdo a la estricta etiqueta imperial.
—Saludos a Su Majestad Imperial, el sol de Carlisle —dije, manteniendo la voz firme y formal.
Kaelen no respondió de inmediato. Bebió un sorbo de vino y me observó desde lo alto con sus ojos dorados, gélidos y penetrantes.
—Ponte de pie, Valeria —ordenó con voz pausada y grave.
Me incorporé, manteniendo las manos entrelazadas sobre mi regazo y la mirada baja en señal de deferencia, tal como exigía la ley.
—Has montado un espectáculo impresionante estos días —comenzó Kaelen, caminando despacio alrededor de mí como un halcón vigilando a su presa—. Tres mil soldados en mi capital, Evelyn despojada de sus títulos y una repentina cercanía con Eleanor. Dime... ¿acaso olvidaste que la corona de este imperio todavía descansa sobre mi cabeza?
—Jamás olvidaría la autoridad de Su Majestad Imperial —respondí con prudencia—. Todo lo ocurrido en el coto de caza fue para proteger la vida del Primer Príncipe y la estabilidad del trono.
Kaelen soltó una risa seca, carente de cualquier calidez. Se detuvo justo frente a mí, obligándome a alzar la vista hacia él.
—No me trates como a un idiota, Valeria. Sé muy bien que estás usando el ejército de tu padre para levantar una muralla a tu alrededor. Pero cometes un grave error si crees que unos cuantos miles de soldados pueden anular mi voluntad como Emperador... y como padre de tus hijos.
Una alarma helada se encendió en el fondo de mi pecho.
—¿A qué se refiere, Majestad? —pregunté, sintiendo un leve temblor en las manos que me apresuré a ocultar bajo las mangas de terciopelo.
Kaelen se inclinó ligeramente hacia adelante. Su mirada dorada se clavó en mis ojos con una crueldad metódica y asfixiante.
—Rosalind tiene doce años —dijo en un susurro bajo y letal—. En este imperio, la edad legal para contraer matrimonio son los dieciséis. Le faltan escasos cuatro años para ser una mujer adulta. Pero un contrato de compromiso matrimonial... ese lo puedo firmar mañana mismo con mi sello imperial sin pedirle permiso a nadie.
El aire se me atascó en la garganta. La sangre pareció abandonarme el rostro.
«No... otra vez no...».
—El Duque de las Tierras Heladas del Norte lleva meses solicitando una alianza matrimonial con la corona —continuó Kaelen con una sonrisa despiadada—. Podría prometer a Rosalind formalmente desde ahora y enviarla de inmediato a sus tierras como pupila de honor para que sea educada lejos de esta corte. A miles de kilómetros de la capital, donde las cartas de tu madre tarden meses en llegar y donde las lanzas de tu padre no puedan intervenir sin provocar una rebelión abierta contra el trono.
Un escalofrío atroz me recorrió la columna vertebral. La imagen de Rosalind arrojándose desde el balcón de piedra en mi vida pasada me golpeó la mente como un rayo.
Las piernas me temblaron. Por un segundo, la determinación que me había sostenido durante toda la semana amenazó con quebrarse en mil pedazos. El pánico me nubló la vista: Kaelen tenía razón. Por las leyes sagradas del imperio, el Emperador tenía potestad absoluta sobre los matrimonios y destinos de los príncipes y princesas de sangre.
—Y no hablemos de Cassian —añadió Kaelen, notando la grieta en mi semblante y saboreando el miedo que acababa de inyectarme—. A sus diez años, un decreto imperial bastaría para asignarlo como paje militar a los puestos fronterizos de las ciénagas del sur bajo el mando directo de la familia de Theresa. Una orden de servicio para la corona que ni el Gran Duque Rosental podría rechazar sin cometer alta traición.
El corazón me latía con tanta fuerza que me dolían las costillas. Tenía la boca seca. La duda y el terror me paralizaron durante varios segundos interminables.
«¿Podré realmente protegerlos? ¿O solo estoy adelantando su destrucción?».
Apreté las uñas contra las palmas de mis manos con tanta fuerza que sentí el dolor punzante en la piel. Ese dolor físico me trajo de vuelta a la realidad. No podía ceder. Si bajaba la cabeza ahora por miedo, Kaelen firmaría esos decretos mañana mismo para volver a dominarme.
Tragué saliva, obligándome a respirar hondo para disimular el temblor de mi pecho. Levanté la mirada hacia él, manteniendo la cortesía formal en mi voz, pero cargándola de un peso diplomático calculador.
—Su Majestad Imperial tiene la potestad de sellar decretos matrimoniales y órdenes de servicio —admití, inclinando levemente la cabeza con respeto—. Sin embargo, Majestad conoce tan bien como yo el tratado fundacional de mi unión con la corona.
Kaelen entrecerró los ojos, sorprendido de que no me hubiera quebrado a llorar.
—Continúa —exigió con voz tensa.
—Mi madre, la Princesa Seraphina, incluyó una cláusula en los acuerdos diplomáticos entre Valoria y Carlisle hace trece años —le recordé con voz firme, aunque el corazón me seguía martillando el pecho—. Cualquier compromiso formal de mis descendientes antes de los dieciséis años requiere la ratificación explícita de la casa real de Valoria para mantener la exención arancelaria de las flotas comerciales en nuestros puertos. Si Su Majestad envía a Rosalind al norte o a Cassian al sur por decreto unilateral, Valoria cerrará sus rutas navales al día siguiente.
El rostro de Kaelen se endureció. El silencio en la habitación se volvió tan denso que solo se escuchaba el crepitar de los leños en la chimenea.
El Emperador me miró fijamente. Sabía que sus amenazas me habían golpeado en lo más profundo, pero también comprendía que yo no estaba desarmada. Si él usaba la ley para arrebatarme a mis hijos, yo usaría la economía continental para asfixiar a su gobierno.
—Te estás moviendo sobre hielo muy delgado, Valeria —dijo Kaelen al fin, con un tono glacial que no ocultaba su resentimiento—. Tu hija tiene cuatro años de gracia. Veremos si para entonces el respaldo de tus padres sigue siendo tan firme como presumes hoy.
—Dios guarde a Su Majestad Imperial —respondí, realizando una reverencia formal y profunda, sin perder las formas aristocráticas—. Con su debido permiso, me retiro a mis aposentos.
Kaelen no dijo una palabra más; simplemente me dio la espalda y miró hacia el fuego con la mandíbula apretada.
Salí del despacho imperial con pasos medidos y la cabeza en alto. Solo cuando crucé el puente exterior y quedé fuera de la vista de los guardias dorados, me apoyé contra una columna de piedra y dejé salir el aire que tenía atrapado en los pulmones.
Me temblaban las piernas de forma incontrolable. Me llevé una mano al pecho, sintiendo el sudor frío en la nuca.
«Cuatro años. Solo tengo cuatro años antes de que Rosalind cumpla los dieciséis».
Kaelen no se había rendido. La amenaza seguía viva, suspendida sobre el cuello de mis hijos como una guillotina silenciosa. Tenía que moverme mucho más rápido, afianzar mi poder y no cometer un solo error, porque el Emperador estaba esperando el más mínimo descuido para cobrarse cada golpe.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre