Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22. Demasiadas coincidencias
El informe oficial apenas ofrecía detalles. Enumeraba las víctimas y una posible causa, pero dejaba sin explicar varias cosas.
Los reportes de prensa eran igual de breves. Había información retirada y datos que no coincidían entre las distintas versiones. Alguien había intervenido para que no se hablara demasiado del accidente.
Sofía siguió buscando en los registros de tránsito. Las primeras consultas no bastaban: tuvo que superar las restricciones de acceso y llegar a una parte más profunda de la base de datos, donde todavía quedaban fichas que no aparecían en las búsquedas públicas.
Una de las fichas mostraba un auto de lujo, de edición limitada, que había quedado destrozado. Estaba registrado a nombre de un pariente de los Montenegro.
Leyó el apellido otra vez.
Montenegro.
El apartado del conductor estaba vacío. No figuraba como desconocido; la información parecía haber sido borrada.
Sofía abrió otra búsqueda.
Pocos días después del accidente, Alejandro había salido del país. La explicación pública era que continuaría sus estudios en el extranjero. Permaneció fuera casi un año.
Durante ese tiempo apenas había fotografías o videos suyos en actos públicos.
Ella dejó de escribir.
Un auto de los Montenegro. Un conductor sin nombre. Alejandro desapareciendo de la vida pública justo después.
Todavía no eran pruebas. Pero, juntas, aquellas fechas resultaban difíciles de ignorar.
Sofía dejó una mano sobre el teclado y miró de nuevo el nombre del dueño del vehículo. El pulso le iba más rápido. La salida del país había sido presentada como una decisión habitual de la familia; lo extraño era que coincidiera con el accidente y con casi un año de ausencia de imágenes públicas.
La explicación podía existir. También podía ser una forma de ocultar algo.
Pensó en lo mucho que él parecía saber de ella, en su interés por las carreras y en la forma en que había aparecido cuando se desmayó.
¿Había algo anterior a esos primeros encuentros?
El celular sonó.
Era un número que no reconocía. Rechazó la llamada; no quería perder el hilo de la búsqueda.
Unos segundos después llegó un mensaje.
«Sofía, soy Diego. Sé que estás enfadada. Me precipité y dije cosas que no debía. Acepto pagar los mil millones por el proyecto. Por lo que vivimos juntos, dame una oportunidad de arreglarlo».
Sofía se quedó mirando la pantalla.
Había tenido que usar otro número para llegar hasta ella. Y aun así hablaba como si fuera él quien estuviera concediendo una oportunidad.
Escribió:
«Primero deposita el dinero. Sin eso, no hay trato. Y no vuelvas a usar el pasado para presionarme».
Dejó el celular sobre la mesa.
Volvió a sonar antes de un minuto. Sofía rechazó la llamada.
«Sabía que ibas a contestar así. Y yo todavía estaba pensando en darte otra oportunidad».
Ella leyó la frase y soltó una risa seca.
Había empezado hablando de reparar el daño y ahora decía que podía concederle una oportunidad a ella. No parecía notar la contradicción. A Sofía le molestó tener que apartar otra vez la atención de una investigación importante para leer aquella exigencia.
Los siguientes mensajes llegaron uno detrás de otro.
«Encontré información sobre la verdadera Brisa. Muy pronto se va a saber que estás mintiendo».
«Cuando Montenegro descubra que lo engañaste, no te va a proteger. Al final vas a tener que volver conmigo».
«Esta es tu última oportunidad. Después no digas que no te lo advertí».
Sofía apoyó un dedo sobre la pantalla y seleccionó la opción de bloquear el número.
No respondió.
Ella era Brisa. ¿Qué pretendía demostrar Diego? ¿Iba a buscar a alguien que se hiciera pasar por paciente para decir lo contrario?
La ocurrencia no merecía otra noche de su tiempo.
Puso el celular boca abajo y regresó al registro del accidente.
Diego podía seguir amenazándola. Su pregunta seguía siendo otra: ¿qué había hecho Alejandro Montenegro en aquella carretera?
* * *
A la mañana siguiente, Sofía se levantó después de dormir bien. El dolor de cabeza había disminuido y se cambió a ropa deportiva cómoda.
Al llegar al comedor, se detuvo en el último escalón.
Alejandro estaba sentado junto a la mesa, leyendo un periódico financiero. Había una taza de café a su lado.
La luz de los ventanales iluminaba la vajilla cuidadosamente dispuesta y el perfil de Alejandro. Llevaba un traje informal de buen corte, sin la rigidez de la oficina. El aroma del café y del desayuno llenaba el comedor.
En medio de aquella escena tranquila, su presencia era lo que más la desconcertaba.
Se había ido la noche anterior. ¿A qué hora había vuelto?
Él alzó la mirada y dejó el periódico.
—Buenos días. ¿Dormiste bien?
Se levantó para apartarle la silla.
—Sí. Aquí no hay ruido —respondió Sofía, todavía sorprendida.
Miró la mesa: pan recién hecho, huevos, fruta y otros platos preparados con cuidado.
—Don Ernesto quiso darte varias opciones —explicó Alejandro—. Espero que encuentres algo que te guste.
—Con esto podría desayunar toda la casa.
Se sentó, y él sonrió.
Pero Sofía seguía sin entender por qué había regresado tan temprano.
Alejandro tomó la servilleta y la dejó sobre sus piernas.
—Hoy reservé toda la mañana.