Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 15
El imponente rascacielos de la corporación Rossi se alzaba sobre el centro financiero de la capital, una mole de cristal y acero que reflejaba la luz metálica de la mañana. La comitiva de camionetas blindadas ingresó por el acceso subterráneo exclusivo para la alta dirección, donde un grupo de ejecutivos y personal de seguridad privada ya esperaba la llegada del magnate.
Marcos abrió la puerta trasera del vehículo. Damián descendió primero, acomodándose la chaqueta del traje, y extendió la mano hacia Cassandra para ayudarla a bajar con una delicadeza contenida que no pasó desapercibida para el personal presente. Victoria bajó inmediatamente después, haciendo sonar sus tacones contra el hormigón pulido y ajustándose el abrigo con una mueca de evidente desprecio.
—Marcos, acompaña a mi esposa a la suite de diseño en el piso doce para su prueba de maquillaje —ordenó Damián con voz impecable y carente de calidez—. Asegúrate de que tenga todo lo que necesita.
Victoria apretó los labios con rabia contenida, dedicándole una última mirada cargada de recelo a Cassandra antes de girarse sobre sus talones.
—Nos vemos más tarde, Damián... querido —dijo ella con ironía, desapareciendo hacia el ascensor privado junto a su asistente.
Damián guió a Cassandra por el ascensor ejecutivo que conducía directamente al piso cuarenta, la planta presidencial. Al abrirse las puertas de cristal, la joven quedó deslumbrada por la magnificencia del lugar: paredes de caoba, ventanales de suelo a techo con vistas panorámicas a toda la ciudad y un silencio absoluto interrumpido únicamente por el discreto tecleo de las secretarias.
—Esta es la suite ejecutiva —dijo Damián, mostrándole un amplio salón contiguo a su despacho principal, equipado con sofás de piel, una pequeña cocina privada y un baño completo—. Estarás cómoda aquí. La doctora de la clínica *Valentin* llegará a la una de la tarde para tu control. Tendrás a un guardia en la puerta para lo que requieras.
—Gracias, señor Rossi —respondió Cassandra, admirando la vista de la metrópoli a través del cristal—. Estaré bien aquí.
Damián la miró fijamente por unos segundos, como si quisiera asegurarse de que la palidez del viaje no hubiera alterado su semblante, y luego rozó levemente su hombro.
—Si sientes alguna náusea o molestia, avísale a la secretaria de inmediato. Volveré en cuanto termine la primera ronda de reuniones.
Mientras Damián encabezaba la junta con los accionistas extranjeros en el salón de conferencias, en el piso doce el ambiente era completamente impredecible.
Victoria se encontraba en la suite de diseño rodeada por dos maquilladores de renombre y su estilista personal, quien ajustaba los bocetos de alta costura que luciría en Francia. Sin embargo, la modelo no podía concentrarse; la imagen de la mano de Damián entrelazada con la de Cassandra durante todo el trayecto en la camioneta le quemaba la memoria.
—La ceja izquierda está ligeramente más marcada que la derecha, estúpido —siseó Victoria, apartando bruscamente la mano del maquillador de un manotazo—. ¿Acaso no saben hacer su trabajo?
—Señora Rossi, disculpe, estábamos ajustando la paleta de tonos fríos para la iluminación de la pasarela de París... —intentó explicar el joven, temblando.
—¡Me da igual! —rugió la modelo, poniéndose de pie de golpe e inclinándose sobre la mesa de cosméticos. Con un movimiento descontrolado de rabia, barrió con el brazo varios frascos de base líquida, sombras y estuches de marca, haciéndolos estrellarse contra el suelo en un estrépito de cristales y polvo rasgado.
El personal de la suite dio un paso atrás en absoluto pánico.
—¡Salgan todos de aquí! ¡Ahora mismo! —gritó Victoria con la cara desfigurada por la furia.
En cuanto los estilistas abandonaron la estancia a toda prisa, Victoria caminó hacia el ventanal, respirando agitadamente. Sacó su teléfono cifrado y marcó el número de su madre, doña Beatriz.
—¿Mamá? No puedo más —dijo Victoria con la voz quebrada por la ira y el odio—. Damián la trajo a la torre corporativa. Se la pasa tomándole la mano, cuidándola como si fuera una reina. No voy a soportar un mes entero de esto antes de irme a Francia. Si me voy a París y los dejo solos en la mansión, esa muerta de hambre se apoderará de todo.
—Cálmate, Victoria —respondió la voz fría y metódica de doña Beatriz al otro lado de la línea—. No vas a arruinar tus compromisos en Europa. Ese viaje a la semana de la moda es tu plataforma pública para demostrar que sigues siendo la señora Rossi ante la prensa internacional. Mientras tú estés en Francia brillando en la pasarela, yo me quedaré en la mansión supervisando las cosas. Y te aseguro que, para cuando regreses, la señorita López y su familia estarán tan acorralados que rogarán por rescindir ese contrato.
Victoria cerró los ojos, dejando escapar un suspiro amargo mientras miraba su reflejo en el cristal.
—Asegúrate de que así sea, mamá. Porque si ese bastardo nace... juro que destruyo a los Rossi.
El murmullo de la ciudad quedaba ahogado tras los gruesos cristales insonorizados del piso cuarenta. Cassandra, cansada de estar sentada en la suite ejecutiva, decidió ponerse de pie y caminar lentamente hacia el despacho principal de Damián. La oficina era impresionante: un espacio amplio, de líneas pulidas, techos altos y una elegancia sobria que respiraba poder por cada rincón.
Para distraer la mente, la joven comenzó a dar vueltas por el lugar. Recorrió con la mirada los imponentes estantes de madera oscura repletos de volúmenes sobre economía global, finanzas internacionales y estrategias de negocios. Más adelante, se detuvo ante una pared donde colgaban sobrios cuadros familiares: retratos antiguos de la dinastía Rossi, don Donato en sus años de juventud y una fotografía de Damián, serio e imponente, posando junto a su familia.
Poco a poco, guiada por una curiosidad inevitable, Cassandra se acercó al enorme escritorio de caoba de Damián, donde reposaban carpetas de cuero y estilográficas de oro.
—Mi marido odia que se metan en sus cosas —dijo Victoria, reapareciendo repentinamente en el umbral de la oficina.
Cassandra pegó un leve brinco por la sorpresa, dando un paso atrás de inmediato y llevándose una mano al pecho.
—No pretendía tocar las cosas del señor Damián —dijo Cassandra, recuperando la compostura y manteniendo la voz serena.
Victoria caminó hacia ella a pasos lentos, haciendo sonar sus tacones contra el suelo. Aunque su maquillaje lucía impecable, sus ojos claros chispeaban con una malevolencia difícil de ocultar.
—Bueno, ya que te tengo aquí, quería invitarte a mi prueba de maquillaje y vestuario, así no estás tan aburrida aquí —dijo Victoria con una falsa amabilidad que resultaba grotesca.
Cassandra la miró fijamente, cansada del juego de máscaras y de las constantes trampas de la modelo.
—Yo sé sus intenciones, señora Rossi —respondió Cassandra con firmeza, sosteniéndole la mirada—. No me quiere cerca de su esposo, pero yo solo cumplo con un contrato.
Victoria soltó una carcajada seca, despectiva y amarga, dando un paso más hacia ella hasta quedar a escasos centímetros.
—Sí, totalmente... y más te vale —siseó Victoria, borrando de golpe cualquier rastro de cortesía—. Yo sé que todas las zorras como tú se mueren por estar en la cama de mi esposo. Es guapo, ¿verdad? Un Alfa tan poderoso e irresistible como Damián Rossi... te babeas por él.
Un ardor de indignación le recorrió el rostro a Cassandra, pero apretó los puños para no perder la dignidad frente a su enemiga.
—Yo no soy ninguna zorra, y tampoco me interesa el señor —dijo Cassandra con voz tajante.
—¿Crees que te lo voy a creer? —escupió Victoria, clavándole una mirada llena de odio puro—. Haré cualquier cosa contra ti si te acercas a él.
Victoria hizo una pausa deliberada, inclinándose sutilmente hacia el oído de Cassandra con una sonrisa malévola.
—Piensa en esos viejos que están en la mansión —agregó la modelo en un susurro amenazante.
El corazón de Cassandra dio un vuelco salvaje de rabia y protección.
—No amenace a mis padres —dijo Cassandra, dando un paso al frente sin acobardarse.
—¿O si no, qué? —desafió Victoria con superioridad, alzando la barbilla.
Cassandra enderezó la espalda, borrando cualquier rastro de duda en su rostro. Clavó sus ojos marrones en los de la modelo con una frialdad y una determinación que helaron el ambiente.
—Le diré al señor Rossi el día que lo conocí que la escuché a usted decir en el baño de la clínica por qué no quiere embarazarse... y que en realidad no es estéril —dijo Cassandra en un tono bajo, claro y demoledor.
El rostro de Victoria palideció al instante. La sonrisa de suficiencia se le congeló en los labios y sus ojos se abrieron de par en par, desbordados por el impacto y el terror súbito de ver su secreto más oscuro al descubierto.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏