Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 19: El pulso de un Don
La lluvia de la tarde convirtió el lago de Como en un espejo de plomo líquido. Contra los ventanales de la biblioteca principal de la villa, el agua azotaba con una cadencia pesada que amortiguaba los ruidos del exterior.
Adentro, el único sonido era el crepitar de los leños de roble en la monumental chimenea de piedra tallada y el crujido ocasional del cuero envejecido de los miles de volúmenes que tapizaban las paredes de doble altura.
Aleksandra se detuvo en el umbral de la puerta entreabierta. Sus pasos, silenciosos por costumbre, no alertaron a los dos ocupantes de la sala.
En el centro de la estancia, sobre una alfombra oriental de tonos granates y dorados, el contraste era casi irreal.
Dante se había quitado el suéter oscuro y vestía solo una camisa de lino gris con las mangas recogidas sobre los codos, dejando a la vista los antebrazos anchos y marcados por venas tensas. El hombre que hacía temblar los puertos del norte de Italia y ordenaba ejecuciones sin mover un músculo facial estaba sentado con las piernas cruzadas directamente sobre el piso, con la espalda apoyada contra el frente de un sillón.
A su lado, sentado con la misma postura rígida y concentrada, Dimitri manipulaba las piezas de la maqueta de barco que Lorenzo le había llevado.
El pequeño intentaba encajar el bauprés de madera pulida en la proa del casco sin romper el mástil principal, pero sus dedos menudos aún no tenían la fuerza suficiente para vencer la resistencia del encastre. Dimitri no lloraba ni hacía berrinches; apretaba la mandíbula con un gesto idéntico al de Dante, soltando bufidos entrecortados por la nariz.
Dante lo observaba con una fijeza desconcertante. Sus ojos grises no mostraban impaciencia; mostraban un asombro primitivo, como si estuviera contemplando el mecanismo de un reloj prodigioso cuya existencia aún no terminaba de asimilar.
—No empujes en línea recta —dijo Dante de pronto. Su voz, habitualmente grave y autoritaria, se moderó en un murmullo pausado, casi temeroso de quebrar la fragilidad del momento—. Si presionas en seco, la madera cede y se quiebra el grano.
Dimitri levantó la vista, mirándolo con seriedad.
—No entra —dijo el niño en italiano.
Dante extendió una de sus manos enormes. Sus dedos, anchos, callosos por el acero de las armas y cruzados por pequeñas cicatrices blancas, se cerraron sobre la madera diminuta con una delicadeza extrema. Movió la pieza apenas dos grados hacia la izquierda, encontrando la guía ranurada.
—Giras primero, buscas el canal... y recién ahí empujas. Despacio —explicó Dante, guiando la pequeña mano del niño sobre la suya—. ¿Sientes el encaje?
Dimitri presionó con su pulgar. La pieza de madera encajó con un chasquido perfecto.
Los ojos del niño brillaron con un destello de triunfo. Miró el barco armado y luego alzó la cabeza hacia Dante, inspeccionando la cicatriz roja que aún atravesaba el tabique nasal del hombre.
—Tienes manos de gigante —soltó Dimitri con la honestidad brutal de sus tres años y medio—. Pero no rompiste el barco.
Dante parpadeó, descolocado. Durante unos segundos no supo qué responder. Ningún hombre en su mundo se atrevía a opinar sobre sus manos salvo para temer las órdenes que firmaban o las armas que empuñaban. Una sombra de sonrisa, la primera auténtica y desarmada que Aleksandra le veía en años, curvó la comisura de sus labios.
—Tampoco quería romperlo, muchacho —respondió Dante en voz baja.
Dimitri se inclinó hacia adelante y, con total naturalidad, apoyó una mano en el antebrazo de Dante, señalando con un dedo regordete la marca lineal y blancuzca que cruzaba sus tendones: la cicatriz de una vieja herida de bayoneta.
—¿Esto también te lo cosió mamá?
Dante bajó la vista hacia su propio brazo y luego hacia el rostro inocente de su hijo.
—No. Esta me la hice cuando era un poco más grande que tú. En un lugar feo.
—Mamá dice que las cicatrices son mapas de lugares donde dolió pero ya no sangra —dijo Dimitri con tono solemne, repitiendo palabra por palabra una de las lecciones que Aleksandra le susurraba en las noches de fiebre.
Dante tragó saliva con dificultad. Su mano, que había levantado imperios sobre cenizas y plomo, subió despacio hasta rozar la coronilla del niño, acomodándole un mechón castaño con una ternura torpe, casi asustada de su propia fuerza. Dimitri no se apartó. Al contrario, recostó por un segundo la mejilla contra la palma rugosa de su padre, sintiendo el calor sólido que emanaba del Don.
Desde el umbral, Aleksandra sintió que el pecho se le abría en dos.
Quiso intervenir, quiso entrar y arrancar a Dimitri de aquella alfombra, recordarse a sí misma que ese hombre era un mafioso despiadado que los mantenía cautivos tras rejas invisibles. Pero sus pies se negaron a moverse.
Ver la espalda ancha de Dante inclinada con semejante devoción frente al niño tocó una fibra enterrada y profunda en su propia memoria. Mikhail Volkov había sido un monstruo para el resto del mundo —un criminal frío que vivía con un pie en la tumba—, pero con ella en las tardes de invierno había sido exactamente eso: un refugio de manos grandes y palabras pausadas que le enseñaban a no tenerle miedo a la oscuridad.
Dante estaba haciendo lo mismo. Sin órdenes, sin soldados, despojado de su corteza de Don, buscando a tientas la manera de ser el padre que nunca le enseñaron a ser.
Un movimiento involuntario de Aleksandra hizo crujir levemente el entablonado del suelo.
El instinto de Dante reaccionó al instante. Levantó la cabeza en una fracción de segundo, la guardia arriba por reflejo, hasta que sus ojos grises se cruzaron con los ojos verdes de ella recortados contra la luz del pasillo.
La mirada de Dante cambió de inmediato: la tensión asesina se disipó, reemplazada por una intensidad oscura y penetrante que hizo que a Aleksandra se le cortara la respiración.
—Mami —llamó Dimitri, girándose sobre sus rodillas al verla—. Arreglamos el barco. Dante no lo rompió.
Aleksandra respiró hondo para recuperar la compostura médica que amenazaba con desmoronarse. Avanzó por la biblioteca con pasos firmes, ignorando el magnetismo sofocante que llenaba el espacio entre ella y el capo.
—Es tarde, Dimitri —dijo ella, con una voz suave que disimulaba el torbellino interior—. Es hora de merendar y leer antes de que oscurezca del todo.
Se agachó para alzar al niño, pero antes de que pudiera levantarlo, la mano de Dante se cerró suavemente alrededor de su antebrazo. El contacto fue tibio, firme, desprovisto de violencia pero cargado de un pulso que vibró directo en la médula de Aleksandra.
—Déjalo diez minutos más —pidió Dante. No fue una orden. Fue una petición ronca, casi vulnerable, que la descolocó por completo—. Estaba por mostrarle los libros de navegación en el mapa grande.
Aleksandra miró la mano de Dante sobre su brazo, sintiendo la quemadura invisible de sus dedos a través de la tela de su ropa. Luego miró a Dimitri, que la observaba con ojos suplicantes mientras sostenía el barquito de madera contra su pecho.
La cirujana cerró los párpados un segundo, librando una batalla silenciosa contra su propio rencor.
—Diez minutos —cedió ella en un susurro, soltando el aire despacio—. Ni un segundo más.
Dante aflojó la presa de sus dedos con lentitud calculada, dejando que las yemas rozaran su muñeca antes de apartarse. Una chispa de fuego sombrío brilló en el fondo de sus pupilas grises al notar que el pulso carotídeo de Aleksandra, visible bajo la piel blanca de su cuello, latía tan acelerado y salvaje como el suyo.
—Diez minutos, dottoressa —murmuró él, sin apartarle la mirada—. Son suficientes para aprender a navegar una tormenta.