Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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El poema
La tarde terminó mucho más rápido de lo que Rubí esperaba.
Después de pasar buena parte del día en el rancho, volvió a casa con el cabello desordenado, las botas cubiertas de tierra y una sonrisa que no había desaparecido desde que se bajó de Thunder.
Su abuela la esperaba en el porche.
—Mírate.
Rubí bajó la mirada hacia sus botas.
—¿Qué?
—Nada. Solo me recuerda a cuando tenías quince años y llegabas exactamente igual.
—Porque Logan siempre encontraba alguna manera de ensuciarme.
—¿Logan?
—Casi siempre.
Su abuelo apareció detrás de ella.
—¿Y qué hiciste esta vez?
Rubí sonrió.
—Monté a Thunder.
Su abuelo abrió los ojos.
—¿A Thunder?
—Sí.
—Ese caballo todavía tiene carácter.
—Lo sé.
—¿Y no te tiró?
—Casi.
Su abuelo soltó una carcajada.
—Entonces definitivamente sigue siendo Thunder.
Rubí entró en la casa.
Después de una ducha y de ponerse ropa cómoda, bajó nuevamente a cenar.
La mesa estaba preparada como en los viejos tiempos. Su abuela había hecho carne al horno con papas y una ensalada, y su abuelo ya estaba sentado en su lugar habitual.
—Ven, siéntate —dijo su abuela.
Rubí ocupó su silla.
La conversación comenzó con cosas sencillas, pero inevitablemente terminaron hablando de su regreso.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó su abuelo.
—Mucho.
—¿Más de lo que esperabas?
Rubí asintió.
—Sí.
Su abuela sonrió.
—Es bueno verte feliz aquí otra vez.
Rubí bajó la mirada hacia su plato.
—Yo también me siento bien.
Y era verdad.
Había pasado mucho tiempo pensando que aquel lugar pertenecía a su infancia.
Ahora comenzaba a entender que quizás todavía tenía un lugar allí.
Después de cenar, ayudó a su abuela a recoger la mesa.
—Déjalo —le dijo ella—. Yo termino.
—No.
—Rubí…
—He decidido que este verano voy a ayudar.
Su abuela la miró durante unos segundos.
—Entonces tendré que encontrar cosas para que hagas.
—Trato hecho.
Rubí subió a su habitación poco después.
La casa estaba completamente silenciosa.
Se quitó las botas y las dejó junto a la puerta. Luego se acercó a la ventana.
Afuera, las luces de la propiedad Carter todavía estaban encendidas.
Rubí alcanzó a distinguir movimiento cerca de los establos.
Alguien seguía trabajando.
—Ese hombre nunca duerme —murmuró.
Apartó las cortinas.
No sabía por qué había pensado en Wyatt.
Y decidió no hacerlo.
Se metió en la cama y apagó la lámpara.
Pero entonces notó algo extraño.
Su almohada estaba diferente.
Rubí frunció el ceño.
Encendió nuevamente la lámpara y levantó la almohada.
Debajo había una hoja doblada.
Se quedó mirándola.
Ella no había dejado eso allí.
La tomó.
No había nombre.
Solo unas palabras escritas a mano en la parte exterior.
Para Rubí.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
Abrió el papel.
Era un poema.
...Volviste cuando el verano...
...ya no esperaba tu regreso,...
...cuando los caminos guardaban...
...el eco de tus pasos pequeños....
...Dicen que el tiempo cambia todo,...
...que nada permanece igual,...
...pero hay lugares que esperan...
...sin aprender a olvidar....
...Quizás algunos regresos...
...no sean simples despedidas,...
...quizás volver sea descubrir...
...que aún queda algo de aquella vida....
Rubí leyó el poema dos veces.
Después una tercera.
Su expresión cambió lentamente.
¿Quién lo había dejado allí?
Miró hacia la puerta.
Nadie.
Se levantó y revisó el pasillo.
Vacío.
Volvió a entrar y cerró la puerta.
Tomó nuevamente el papel.
La letra era bonita, ligeramente inclinada.
No reconocía la escritura.
Rubí se sentó en el borde de la cama.
Logan no haría algo así.
O al menos eso esperaba.
Entonces recordó que su habitación tenía una ventana que daba directamente hacia el camino que separaba ambas propiedades.
Se acercó.
Desde allí podía ver algunas luces encendidas en la casa de los Carter.
Pero no había nadie afuera.
Rubí volvió a mirar el poema.
Una parte de ella quería descubrir quién lo había escrito.
La otra prefería no saberlo.
Porque había algo en aquellas palabras que le producía una sensación extraña.
Como si quien las hubiera escrito supiera exactamente lo que significaba para ella regresar.
Dobló cuidadosamente el papel y lo guardó dentro del cajón de su mesa de noche.
Antes de apagar la luz, volvió a mirar hacia la ventana.
A lo lejos, una silueta salió del establo.
Rubí entrecerró los ojos.
No pudo distinguir su rostro.
La figura se detuvo por un instante, mirando hacia la casa de sus abuelos.
Después desapareció en la oscuridad.
Rubí cerró las cortinas.
Y por primera vez desde que había regresado, se preguntó si aquel verano escondía algo que todavía no estaba preparada para descubrir.