Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 17: La voz que sobrevivió
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.
Evelyn permaneció inmóvil.
No necesitaba volver a escuchar aquella voz para reconocerla.
La recordaba desde aquella noche.
Una voz masculina.
Serena.
Casi amable.
La misma que le había ordenado olvidar.
Alistair levantó una mano para indicarles que permanecieran en silencio.
La puerta de la cámara comenzó a abrirse.
Una figura apareció en el umbral.
Evelyn levantó la lámpara.
Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un abrigo oscuro. Tenía el cabello completamente gris y una cicatriz que atravesaba parte de su mejilla.
No parecía sorprendido de encontrarlas allí.
—Han tardado demasiado —dijo.
Evelyn dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
El hombre la observó.
—Alguien que conoció a tu madre.
—Eso no responde mi pregunta.
Él sonrió ligeramente.
—Te pareces mucho a ella.
—¿Eras tú aquella noche?
El hombre dejó de sonreír.
—Sí.
Su hermana se acercó a Evelyn.
—¿Tú provocaste el incendio?
—No.
Evelyn frunció el ceño.
—Entonces dime qué ocurrió.
El hombre entró en la cámara y cerró la puerta.
—Tu madre descubrió lo que Edward Laurent había hecho. Intentó sacar los documentos de la casa antes de que él pudiera encontrarlos.
—¿Y tú?
—Yo ayudé a Isabelle.
Alistair intervino.
—Entonces, ¿por qué tu voz estaba allí?
El hombre lo miró.
—Porque yo fui quien llevó a las niñas al jardín.
Evelyn sintió que un recuerdo volvía.
Una mano.
Una manga negra.
La lluvia.
Y aquella voz.
—Tú me dijiste que nunca recordara.
—Porque si recordabas, Edward te encontraría.
—¿Dónde estaba mi hermana?
El hombre miró a la otra Evelyn.
—Conmigo.
Su hermana dio un paso atrás.
—Yo también recuerdo tu voz.
El hombre asintió.
—Lo sé.
Evelyn sintió que algo no encajaba.
—Pero nos dijeron que tú eras Sebastian Vale.
El hombre negó.
—No soy Sebastian.
Alistair se quedó inmóvil.
—Entonces, ¿quién eres?
El hombre respondió:
—Thomas Laurent.
Evelyn abrió los ojos.
—¿Laurent?
—El apellido que Edward utilizó para ocultar sus negocios.
Alistair comprendió.
—Eres su hijo.
—Sí.
La habitación quedó en silencio.
Evelyn apretó el diario.
—Entonces sabías toda la verdad.
—No toda. Pero sabía suficiente para entender que las dos estaban en peligro.
—¿Por qué nunca regresaste?
Thomas bajó la mirada.
—Porque después del incendio, Edward comenzó a buscarme.
—¿Y mi madre?
—Isabelle escapó.
Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Está viva?
Thomas tardó unos segundos en responder.
—No.
La esperanza desapareció tan rápido como había aparecido.
—¿Cuándo murió?
—Meses después del incendio.
Su hermana cerró los ojos.
—¿Cómo?
—Intentando recuperar el documento que ustedes tienen ahora.
Evelyn bajó la mirada hacia el diario.
—¿Ella sabía dónde estaba?
—Sí.
—Entonces murió protegiéndolo.
Thomas asintió.
—Y consiguió su propósito.
Evelyn lo miró.
—¿Cuál?
—Que ustedes dos sobrevivieran.
Thomas señaló el diario.
—Ese libro contiene pruebas suficientes para destruir el nombre de Edward Laurent y limpiar el de los Valemont.
Alistair observó el libro.
—Entonces, ¿por qué nos dejaste encontrarlo?
Thomas respondió con calma:
—Porque ya no puedo protegerlas.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Thomas sacó una carta de su abrigo.
—Esto llegó a mi casa esta mañana.
Se la entregó.
Evelyn la abrió.
Solo había una línea.
“Si las hermanas encuentran el diario, deja de esconderte.”
Debajo había una firma.
**Edward Laurent.**
Evelyn levantó la mirada.
—Pero Edward murió.
Thomas negó.
—El hombre que todos creyeron que era Edward murió.
Alistair palideció.
—¿Qué estás diciendo?
Thomas miró a Evelyn.
—El verdadero Edward desapareció antes del incendio.
—¿Y quién murió en su lugar?
—Un hombre que nadie iba a extrañar.
Evelyn sintió un escalofrío.
De pronto comprendió por qué alguien seguía persiguiéndolas.
No era una persona que hubiera heredado el odio de Edward.
Era Edward.
Había estado vivo todo aquel tiempo.
Thomas se acercó al escritorio.
—Pero ahora tenemos algo que él no sabe que ustedes poseen.
—¿Qué?
Thomas señaló el diario.
—La última página.
Evelyn abrió el libro.
Las páginas terminaban abruptamente.
—No hay ninguna.
Thomas negó.
—Sí la hay.
Tomó el libro y presionó el lomo.
Una sección oculta se abrió.
Había una última hoja.
Evelyn comenzó a leer.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice? —preguntó su hermana.
Evelyn levantó lentamente la mirada.
—Edward no estaba buscando la herencia.
—¿Entonces qué buscaba?
Evelyn miró el final de la página.
—Buscaba a alguien que todavía está