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El Yacuza Tiene Un Amante

El Yacuza Tiene Un Amante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / BL / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Liam solo quería salvar a su hermano.

Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.

Entonces Duncan le hace una pregunta:

—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?

Liam responde sin pensar:

—Lo que sea.

Acaba de cometer su primer gran error.

Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.

Pero Liam ha despertado su interés.

Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.

Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Regreso a la Realidad

La luz no entró de golpe. Se filtró despacio, gris y fría, por el borde de las cortinas echadas, tiñendo las sábanas negras de un tono pálido, enfermizo. El sol no brillaba: era un amanecer nublado, pesado, como un presagio.

Liam despertó primero. No de golpe. Un movimiento a su lado lo trajo de vuelta. El cuerpo que había estado pegado al suyo toda la noche, cálido, pesado, firme, se apartó. No bruscamente. Sin prisa. Pero con una firmeza que no había estado ahí horas antes.

Duncan se sentó en el borde de la cama. La espalda ancha, marcada, iluminada apenas por esa luz gris. No miró a Liam. No lo tocó. No dijo buenos días. No dijo dormiste bien. Se pasó una mano por el pelo, se lo acomodó hacia atrás, y la postura cambió. Se enderezó. Se cerró. Como si una puerta pesada se hubiera cerrado dentro de él, dejando afuera todo lo que habían sido durante la noche.

Liam se incorporó, apoyándose en un codo. El recuerdo de la noche anterior lo llenó por un instante: los besos, los susurros, el no puedo dejarte ir, la mano apretada contra su pecho. Quiso hablar. Quiso decir fue real. Tú lo dijiste.

—Son las siete y media —dijo Duncan.

La voz era suya, sí. Pero el tono… el tono era seco. Plano. Distante. Como si no hubiera roto a decir que estaba vacío sin él. Como si no hubiera gemido contra su boca.

—Me tengo que ir. Tengo reunión a las ocho.

Se levantó desnudo, caminó hacia el armario. Liam lo observó. Buscó al hombre de la noche. Al que lo había mirado y había dicho solo tú. Pero ese hombre ya no estaba. En su lugar estaba el de siempre: el control, la precisión, la distancia. Se puso la ropa con movimientos rápidos, seguros, metódicos. Camisa blanca, pantalón oscuro, corbata. Cada botón, cada pliegue, exacto. Como si se estuviera poniendo una armadura.

—Duncan…

—Vístete, Liam.

—¿Lo que dijiste… lo de no poder dejarme ir… lo de que no hay nadie más… —Liam se levantó, se puso de pie, sin importarle estar desnudo, sin importarle la luz fría—. ¿Era verdad?

Duncan se detuvo. Se ajustó el puño de la camisa. No se giró de inmediato. Cuando lo hizo, lo miró a los ojos, y lo que Liam vio le heló la sangre. No había frialdad solamente. Había… negación. Como si no entendiera la pregunta. Como si estuviera viendo a un extraño en su habitación.

—Fue la noche. —La frase cayó pesada, definitiva—. A veces… las cosas se dicen. En el calor del momento. No significan nada.

—¿No significan nada? —La voz de Liam se quebró—. Me dijiste que si me iba te quedabas vacío. Me dijiste que pensabas en mí todo el día. Me dijiste…

—Me dejé llevar. —Duncan cortó la frase, seca, tajante—. Fue un error. No debí decirte esas cosas. No debí cruzar esa línea.

—¿Error? —Liam dio un paso hacia él, desesperado—. Tú me buscaste. Tú me dijiste que no había reglas. Tú me pediste que no nos separáramos.

Duncan lo miró a los ojos, sin parpadear.

—Estábamos solos. Había bebida. Estaba cansado. La fiebre… todavía no me he recuperado bien. Fue un momento de debilidad. No tiene por qué repetirse.

—¿Debilidad? —Liam sintió que se le rompía algo en el pecho, más profundo, más doloroso que cualquier golpe—. Tocaste cada parte de mí. Me dijiste que eras mío. Que yo era tuyo. ¿Y ahora es solo… debilidad?

Duncan apartó la mirada. Se puso la chaqueta. Se ajustó el cuello. El anillo de oro brilló con la misma frialdad de siempre.

—Lo que pasó anoche no cambia nada. —La voz era impasible, como si estuviera dictando una nota—. Seguimos siendo lo que éramos. Tú eres mi alumno. Mi… colaborador. Y yo soy tu profesor. Nada más.

—¿Nada más? —Liam sintió las lágrimas subir, ardientes, inútiles—. Duncan, por favor. No puedes pretender que no pasó nada. No puedes borrarlo.

—Puedo y debo. —Se acercó a él, pero no lo tocó. Se detuvo a un metro de distancia, la barrera de vuelta, impenetrable—. Escúchame bien. Lo de anoche fue una excepción. Un desliz. No volverá a ocurrir. Si vuelves a mencionarlo… si insistes en esto… entonces tendré que reconsiderar todo. Tu beca. Tu posición. Tu futuro en la universidad. ¿Entiendes?

Liam se quedó helado. La amenaza cayó sobre él, pesada, conocida. Ahí estaba. De vuelta. El chantaje. El control. La jaula, recién cerrada, con candado nuevo.

—Me estás amenazando —susurró Liam—. Después de todo lo que dijiste… me estás amenazando.

—Te estoy siendo realista. —Duncan no apartó la mirada—. Esto… lo que tú crees que hay entre nosotros… no existe. No puede existir. Yo tengo una vida. Una esposa. Una posición. Y tú… eres demasiado joven. No entiendes cómo funciona el mundo. Lo que sentiste anoche… fue deseo. Ilusión. No es amor. No es nada.

—Para mí no fue nada.

—Entonces deja de sentirlo. —La voz de Duncan bajó, se volvió cortante, final—. Vístete. Sal por la puerta trasera. No te dejes ver. Y el jueves vienes a las nueve. Como siempre. Sin hablar de esto. Sin mencionar nada. Como si anoche no hubiera pasado.

—¿Como si no hubiera pasado? —Liam rio, amargo, roto—. Estás pidiéndome que borre lo más real que me ha pasado en meses.

—Te estoy pidiendo que seas sensato. —Duncan cogió su maletín. Se giró hacia la puerta—. El jueves. A las nueve. Y no llegues tarde.

Salió. Cerró la puerta tras de sí. Sin mirar atrás. Sin un gesto. Sin una última palabra. El cerrojo chasqueó, el mismo sonido de siempre, el que Liam conocía de memoria.

El silencio volvió a la habitación. Pero ya no era el silencio de la noche, cálido y compartido. Era un silencio vacío, frío, hueco. La cama estaba desordenada, las sábanas aún conservaban el calor de dos cuerpos, pero el aire se sentía solo. Inmensamente solo.

Liam se vistió despacio. Se puso la ropa con movimientos torpes, como si su cuerpo no supiera cómo funcionar sin las órdenes de Duncan. No se miró en el espejo. Sabía lo que vería: un chico de diecinueve años, con la piel que aún recordaba caricias, y el pecho lleno de palabras que nadie quiso escuchar.

Salió del departamento. Tomó las escaleras. Salió por la puerta trasera, como le había dicho. El aire de la mañana era frío, húmedo, le mordía la cara. Caminó sin rumbo, sin prisa, sin destino. La gente pasaba a su lado: iba al trabajo, a clase, a la vida normal que él ya no tenía. Nadie sabía que esa noche había sido amado y borrado antes del desayuno. Nadie sabía que existía un hombre que podía decir eres todo para mí a medianoche y no significas nada al amanecer.

Y lo peor no fue la amenaza. No fue el chantaje. No fue el borra todo. Lo peor era que, en el fondo, Liam entendía. Entendía el miedo. Entendía la necesidad de proteger su mundo. Entendía que ser él —el hombre con la esposa, el cargo, el prestigio— era más importante que ser el hombre que lo había besado en la oscuridad.

Y esa comprensión era lo más cruel de todo. Porque no podía odiarlo del todo. Porque sabía que, si Duncan volvía a llamar, si volvía a decir ven, iría. Sabía que, aunque lo hubiera destrozado, aunque lo hubiera borrado, aunque lo hubiera amenazado… todavía iría.

Porque la noche le había mostrado lo que podía ser. Y la mañana le había confirmado que no lo sería nunca.

Llegó a la parada del autobús. Se sentó. Miró el suelo. Las manos le temblaban. No de frío. No de miedo. De algo más profundo. De la certeza de que el jueves volvería. Y que, cuando abriera la puerta del 7-3, no encontraría al hombre de la noche. Encontraría al dueño.

Y el dueño no ama. El dueño posee.

Y Liam, por un instante de locura en la oscuridad, había olvidado quién era.

El autobús llegó. Subió. Pagó. Se sentó junto a la ventana, como siempre. No miró hacia el sur. No miró hacia ningún lado. Solo vio el reflejo en el cristal: un chico que se había entregado por completo, y que había vuelto a casa con las manos vacías y el corazón roto por alguien que ni siquiera admitiría que lo tenía.

Como si no hubiera pasado nada.

Cerró los ojos. Y supo que, para Duncan, efectivamente no había pasado nada. Solo había sido una noche. Una noche loca. Un error. Un recuerdo que ya había archivado.

Pero para Liam… para Liam esa noche lo había cambiado todo. Y ahora tendría que vivir con el recuerdo de lo que pudo ser, mientras seguía siendo lo que era: suyo.

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D_a_r_r
Realmente estoy esperando el momento que sufra Duncan 😭
Dalia Lara
me va gustando mucho la historia 🥰🥰más capítulos por favor
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