Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 21: LUNA ENTRA
Luna no tocaba la puerta de la mansión negra nunca. Pasaba con la moto. Miraba. Seguía derecho.
Hasta esa noche.
Eran las dos de la mañana. Anastasia y Damián estaban dormidos en la cama negra, con la pistola chiquita en la mesa de noche, con la ventana abierta porque ahora Anastasia dormía con ventana abierta, no cerrada con llave.
Sonó el timbre. No el de la puerta principal. El de la cocina. El que nadie usaba desde que Anastasia entró a las tres de la mañana hace un año y medio con Luna y un cuchillo.
Damián se levantó primero. Con pistola grande en la mano. Con cara de jefe despiadado otra vez. Porque si alguien tocaba a las dos de la mañana, no era bueno.
—Quédate aquí —le dijo a Anastasia.
—Ni en broma —dijo ella, poniéndose su top negro, agarrando su pistola chiquita—. Regla de Irina: si tocan a las dos de la mañana, vamos las dos.
Bajaron juntos. Descalzos. Los 100 guardaespaldas afuera no habían dejado pasar a nadie, pero en la puerta de la cocina estaba Luna. Con casco en la mano, con chaqueta de cuero, con la cara llorando. Luna nunca lloraba.
—Luna —dijo Anastasia, abriendo la puerta rápido, bajando la pistola—. ¿Qué pasó?
Luna entró. Temblando. No de frío.
—Me siguieron —dijo, con voz baja—. Dos tipos. En moto. Dijeron que si soy amiga de la esposa de Grey, me iban a... —miró a Damián, no quiso decir la palabra frente a él.
Damián entendió en un segundo. Su cara se volvió hielo. El Damián frío que todos temían en la ciudad, no el de Anastasia.
—¿Te tocaron? —preguntó Anastasia, agarrándole la cara a Luna como Luna le agarró la cara a ella hace un año en la tienda—. ¿Te tocaron?
—No —dijo Luna—. Pero me dijeron tu nombre. Sterling Grey. Dijeron que si te tocan a ti, le duele a Grey. Y si me tocan a mí, también te duele a ti. Por eso vine. No quería ir a mi casa y que me sigan ahí.
Damián ya estaba en el teléfono. Con Killian. Con los 100 guardaespaldas.
—Cierren la cuadra. Dos motos negras. Búsquenlas. Si las encuentran, no las maten. Tráiganlas. Yo hablo —dijo, con voz que no era de esposo, era de jefe.
Colgó. Miró a Luna, que seguía temblando en su cocina.
—Luna —dijo—. Nadie te toca. Nadie toca a mi familia. Tú eres familia de Anastasia. Eres mi familia.
Luna lo miró sorprendida. Porque Damián Grey nunca le había dicho familia a nadie que no fuera Anastasia.
—Gracias, lobo —dijo Luna, bajito.
—No me digas lobo —dijo él—. Dime Damián. Hoy sí.
Anastasia llevó a Luna a la sala. Le dio agua. Le quitó la chaqueta. Vio que tenía un rasguño en el brazo.
—¿Esto te lo hicieron? —preguntó, con su lengua filosa ya con rabia.
—Me caí de la moto cuando me asusté —dijo Luna.
—Irina me enseñó a curar rasguños de moto —dijo Anastasia, yendo por el botiquín que ahora tenían en la mansión, porque Irina les enseñó—. Y a hacer que los que te asustan no se levanten en una semana.
Luna se rió, con lágrimas todavía.
—Te volviste mala, Ana. Me gusta. Antes eras pan con mantequilla. Ahora eres cuchillo.
—Soy pistola chiquita —corrigió Anastasia, limpiándole el rasguño—. Y tú eres mi hermana. Y nadie toca a mi hermana.
Damián volvió a la cocina. Con la pistola grande guardada. Con cara más tranquila.
—Ya los encontraron —dijo—. Eran de Vonn. Vonn todavía tiene gente. Quería asustar a tu amiga para asustarte a ti. Para que yo vuelva a ser socio. No va a volver a pasar.
—¿Qué les hiciste? —preguntó Luna, con miedo.
—Nada que no merecieran —dijo Damián—. Les dije que si se acercan a 10 cuadras de tu tienda, de tu casa, de esta casa, de la madre de Anastasia, no hay moto que los salve. Se fueron caminando. Sin moto.
Luna lo miró distinto. Como si por primera vez no viera al lobo que encerró a su mejor amiga con llave. Viera al lobo que cuidaba a su manada.
—Te quedas aquí hoy —dijo Anastasia, firme—. En el cuarto de arriba. No hay llave por fuera. Hay cama. Y mañana te llevo a tu tienda con mis guardaespaldas. Dos de los 100. Para ti.
—¿Dos guardaespaldas para mí? —dijo Luna—. ¿Con vestido negro y todo?
—Con vestido negro y pistola si quieres —dijo Damián—. Porque si eres debilidad de mi esposa, eres mi debilidad también. Y mis debilidades no se tocan.
Luna se quedó esa noche. Durmió en el cuarto de invitados que nunca nadie usaba, con puerta abierta, con Anastasia sentada al borde de la cama hasta que se durmió, como hacía Elena con Anastasia cuando era niña.
A las cinco de la mañana, Anastasia bajó al sótano a entrenar. Pero no sola. Luna bajó con ella. Con ropa prestada deportiva negra de Anastasia.
—Enséñame —dijo Luna—. No a ser tú. A no tener miedo cuando me siguen en moto.
—Te enseño —dijo Anastasia, poniéndole vendas en las manos como Irina le enseñó a ella—. Puño cerrado. Pulgar fuera. Así no te rompes. Ahora pégale al saco como si fueran los dos tipos de anoche.
Luna le pegó. Fuerte. Con toda la rabia de la noche. El saco se movió mucho.
—Más fuerte —dijo Anastasia, como decía Irina—. Como si te quisieran quitar a tu mejor amiga.
Luna le pegó más fuerte y gritó. Y Anastasia le gritó con ella. Las dos sudando a las cinco de la mañana en el sótano de la mansión negra.
Damián las vio desde arriba, desde la puerta del sótano, sin bajar. Con café negro en la mano. Con cara de esposo enamorado otra vez. Porque su esposa ya no solo sabía pelear para ella. Sabía enseñar a pelear a su hermana.
Cuando terminaron, Luna se fue a bañar. Anastasia subió con Damián.
—¿Estás bien? —preguntó él—. ¿Por tu amiga?
—Estoy con rabia —dijo ella, honesta, con su lengua filosa—. Porque tocaron a Luna para llegar a mí para llegar a ti. Y ya no soy débil. Y no me gusta que toquen lo mío.
—Lo mío también —dijo Damián, abrazándola sudada—. Por eso tengo 100 guardaespaldas ahora. No 99. 100. Uno extra para Luna. Sin que ella lo sepa. Ya está afuera de su tienda.
Anastasia lo besó. Fuerte. Marcando territorio otra vez, pero en su casa.
—Gracias por cuidar a mi hermana —dijo.
—Gracias por enseñarle a pelear —dijo él—. Ahora son dos con pistola chiquita. Me van a matar.
—Mitad y mitad —dijo ella, riéndose—. Dos Sterling Grey contra un Grey. Vas a perder.
Y se quedaron abrazados en la puerta del sótano, sudados, a las seis de la mañana, con Luna arriba durmiendo segura por primera vez en la noche, con 100 guardaespaldas afuera y uno extra escondido en la tienda de tatuajes.
Afuera, la moto de Luna seguía estacionada frente a la mansión. Y nadie se acercaba a 10 cuadras.
*[FIN DEL CAPÍTULO 21