La descartaron como a un paquete devuelto.
Cuando la prueba de ADN reveló que Lara no era la hija de sangre de la poderosa familia que la crió, la enviaron al altar en lugar de la verdadera heredera: a casarse con un viudo de pueblo, mayor y con tres niños a cuestas. Debía ser un castigo. Debía ser el final de su vida.
Pero al otro lado de aquel portón de hierro no la esperaba un anciano pobre. La esperaba una casa que guardaba secretos, tres pequeños que llevaban demasiado tiempo pasando hambre… y un hombre que no era, ni de lejos, lo que todos decían.
Lara llegó dispuesta a sobrevivir. Nunca imaginó que ese matrimonio arreglado le daría lo único que jamás tuvo: alguien que la mira como si valiera el mundo entero, y la consiente cada día.
Mientras aprende a ser madre de tres corazones heridos y descubre quién es en realidad su esposo, los que la humillaron empezarán a tocar a su puerta. Unos por arrepentimiento. Otros, por codicia. Y Lara ya no es la muchacha a la que se podía reubicar a capricho.
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Capítulo 9: La yema del dedo
Desde que Adrián anunció el plan de boda frente a los trabajadores, mi nombre pareció pasar de boca en boca por todo San Roque.
Doña Sonia contaba que la gente hablaba de eso en la tiendita. Bruno volvió del colegio con la noticia de que dos de sus compañeros preguntaban cuándo podrían comer gratis en la celebración. Hasta Rafael, que por lo común no se preocupaba de las habladurías, se me quedó mirando mientras yo planchaba la ropa.
—¿De verdad papá se va a casar contigo? —preguntó.
—Si no cambia de opinión.
—Papá no acostumbra cambiar de opinión.
—¿Y tú qué opinas?
Rafael se quedó callado un buen rato.
—Primero veo.
Aquella respuesta no me dolió. Para un niño que días atrás había tirado la comida por miedo a que yo envenenara a su hermanita, «primero veo» estaba mucho más cerca de la aceptación que del rechazo.
Bruno asomó la cabeza por la puerta.
—Cuando se casen, ¿te quedas aquí para siempre?
—Si nadie me echa.
—Papá no te va a echar. Pero ¿y si te aburres de nosotros?
La pregunta hizo que Rafael bajara la vista al suelo. Resultaba que él quería saber lo mismo, solo que era demasiado orgulloso para preguntarlo.
—No les puedo prometer que nunca vamos a enojarnos ni a discutir —dije—. Pero no los voy a mandar lejos solo porque vivir juntos se ponga difícil. Si hay un problema, lo hablamos en esta casa.
Bruno se quedó pensando mi respuesta y luego asintió, satisfecho. Rafael no dijo nada, pero ya no volvió a repetir que los recién llegados solo son buenos al principio.
Tres días después de lo de la ganadería, volví a llevar la fiambrera del almuerzo.
Esta vez no fui caminando. Como Adrián me lo pidió, mandé un mensaje primero. Gino vino en moto a recogerme, mientras Sasa se quedaba con doña Sonia hasta que Rafael y Bruno salieran del colegio.
—El patrón lleva rato mirando el reloj —dijo Gino cuando llegamos al portón de la ganadería.
—A lo mejor tiene trabajo.
—Sí. Su trabajo es esperar el almuerzo.
Me bajé de la moto antes de que alcanzara a ver que se me calentaba la cara.
La hora de descanso ya había empezado. Los trabajadores se juntaban en el comedor cerca de los establos, así que la zona de la oficina estaba más solitaria. Toqué la puerta, que estaba entreabierta.
—¿Adrián?
—Pasa.
Su oficina era sencilla y muy ordenada. Una mesa grande estaba cubierta de listas de peso del ganado, calendarios de vacunación y recibos de entrega. En la pared colgaba un mapa de las rutas de distribución, de Montecruz hasta San Andrés. Había un archivador con llave y un sofá largo que parecía usarse más para amontonar chaquetas que para recibir visitas.
Adrián cerró el libro de reportes.
—¿Te trajo Gino?
—Sí.
—A la vuelta me esperas a mí.
—Si su trabajo no ha terminado, puedo irme con Gino.
—Espérame.
Su tono no fue fuerte. Aun así, era difícil llevarle la contraria a un hombre que formulaba un pedido como si fuera una decisión.
Puse la fiambrera en la mesita junto al sofá.
—¿Hoy nadie trajo pollo en salsa?
Alzó la mirada. Había algo parecido a la diversión en sus ojos, aunque sus labios siguieron rectos.
—Nadie.
—Qué lástima. Se perdió usted la oportunidad de mirar la comida antes de rechazarla.
—No necesito mirarla.
—¿Por qué?
—No la cocinaste tú.
Aquella respuesta breve hizo que mi mano, que abría el broche de la fiambrera, se detuviera.
Me obligué a seguir. Ese día traía arroz, carne guisada en salsa dulce, ejotes salteados, tofu frito y rodajas de papaya. El aroma de la salsa de soya y la nuez moscada llenó la oficina.
Adrián se pasó de la mesa de trabajo al sofá. Antes de tomar la cuchara, me miró.
—Siéntate. Come conmigo.
—Ya comí un poco en casa.
—Un poco no es comer.
Abrió el cajón de la mesita y sacó un segundo plato, como si lo hubiera tenido listo desde la mañana. No pregunté. Si preguntaba, seguramente respondería «casualidad» con cara de nada.
Comimos frente a frente. De afuera llegaban el mugido de las vacas, el chirriar de una carretilla y las risas de los trabajadores que traía el viento. En aquella oficina chica, cada golpe de la cuchara contra el plato se oía demasiado claro.
—¿La carne quedó poco dulce? —pregunté.
—Rica.
—Esa es una respuesta segura.
—La carne está tierna. Los ejotes no quedaron demasiado cocidos. La salsa picante le falta picante.
Lo miré.
—¿Qué?
—Resulta que sí puede decir más de una palabra sobre la comida.
Volvió a agachar la cabeza, pero le vi moverse la comisura de la boca.
Un momento después, mi vista cayó en su mano derecha. Tenía un rasguño nuevo en los nudillos y la piel enrojecida.
—¿Qué le pasó en la mano?
—Me raspé con una cerca del establo.
—¿Se la limpió?
—Sí.
—¿Con qué?
—Con agua.
—El agua no es antiséptico.
Me levanté y busqué el botiquín en el armario de vidrio. Adrián no me detuvo. Solo me tendió la mano cuando volví con algodón y antiséptico.
Su mano era grande, llena de callos y tibia. El rasguño era superficial, pero todavía tenía un poco de polvo alrededor de la herida.
—Dijo que ya se la había limpiado.
—Le eché agua.
—Entonces, desde hoy usted y yo tenemos definiciones distintas de «limpio».
Le pasé el algodón por la herida. El músculo de su brazo se tensó, pero no la retiró.
—¿Le duele?
—No.
—Todos los hombres dicen que no les duele hasta que se les infecta.
—¿Curas hombres a menudo?
La pregunta me hizo levantar la cara.
Adrián me miraba sin expresión, pero sus dedos se movieron apenas dentro de mi mano.
—No —respondí—. Solo veo a menudo hombres que se hacen los fuertes.
—Yo no me hago el fuerte.
—Claro.
Le pegué una curita en los nudillos. Cuando iba a soltarle la mano, la suya se dio vuelta y me sujetó la yema del dedo un instante.
Solo un segundo.
Después me soltó.
—Gracias —dijo.
Volví a sentarme. El guiso de mi plato seguía caliente, pero la cara la sentía mucho más ardiente.
Terminamos de almorzar sin hablar demasiado. Cuando los platos quedaron vacíos, Adrián cerró la fiambrera y apoyó las dos manos sobre las rodillas.
—Ya revisé seis meses de transferencias y los registros de las entregas —dijo—. Esta noche van a venir don Rubén y dos testigos. Doña Inés va a tener que explicarlo todo.
—¿Va a denunciarla a la policía?
—Hay pruebas suficientes para eso.
—Pero todavía duda.
Miró hacia la ventana.
—Antes, cuando Amelia estaba enferma, doña Inés ayudó varias veces a cuidar a los niños. Por eso confié en ella después de que murió mi hermana.
—Un favor viejo no borra a los niños que ella hizo pasar hambre ahora.
—Lo sé. —Se le endureció la mandíbula—. Igual tiene que irse. Si reconoce lo que hizo y devuelve lo que quede, no llevaré el asunto a la policía. No porque su deuda esté saldada. Porque no quiero que los niños sigan viendo escándalos.
—¿Y si sigue negándolo?
—Don Rubén va a escuchar todas las pruebas. Después de eso, ella no tendrá lugar en mi casa.
Su decisión estaba tomada. No era la rabia de un momento, sino un límite trazado después de haber esperado demasiado.
—Sobre lo que dije delante de la gente ayer.
Esperé.
—Debí hablarlo contigo primero.
No era la frase que esperaba oír de su boca.
—¿Se arrepiente?
—No. —Su respuesta fue inmediata—. Pero no quiero volver a hacerte sentir obligada. Si todavía no quieres la boda, hablaré con don Rubén y con la gente.
—¿Para cancelarla?
—Para posponerla. Hasta que estés lista.
Miré al hombre que tenía delante. Podría haberse valido de mi vergüenza, de mi distancia de la capital y de que yo dependía de su casa para imponer el matrimonio. En cambio, después de anunciarlo a todo un pueblo, aún estaba dispuesto a cargar con el bochorno de retirar el plan con tal de darme a mí una opción.
—Quiero seguir adelante —dije.
Su mirada me retuvo el rostro.
—¿Segura?
—No vine hasta aquí a jugar. Pero tengo una condición.
—Dila.
—Quiero ver a mis padres de sangre en Santa Rita antes de la boda. Tienen derecho a saberlo y a dar su bendición. Y sobre la dote, no quiero usar nada de lo que se preparó para Tania. No me quiero casar como la sobra del compromiso de otra persona.
Adrián asintió despacio.
—Iremos a Santa Rita. Tu dote se preparará desde cero.
—No hace falta exagerar.
—Eso es asunto mío.
—¿Adrián siempre es así?
—¿Así cómo?
—Le da a uno a elegir y de todos modos toma la decisión en otra parte.
—Si esa decisión te perjudica, discútela.
—¿Y si no?
—Déjame ocuparme yo.
No tuve respuesta para eso.
Para distraerme, saqué la papaya sin cortar del compartimiento de arriba de la fiambrera. En un rincón de la oficina había un lavabo pequeño y un cuchillo de fruta. Lavé la papaya, la partí y le saqué las semillas.
Adrián volvió a la mesa de trabajo para atender una llamada. Habló brevemente sobre un calendario de entregas, pero su mirada cayó sobre mí varias veces.
—No me mire tanto —dije cuando terminó la llamada—. Después me salen mal los trozos.
—No estoy mirando la papaya.
El cuchillo en mi mano se detuvo.
¿Acababa de decir eso?
—Resulta que Adrián sabe coquetear.
—Solo estoy respondiendo.
—Una respuesta así es lo que se llama coquetear.
—Entonces recién me entero.
Su rostro era demasiado serio para saber si lo hacía a propósito. Agaché la cabeza, tratando de cortar la papaya en trozos parejos. Pero mi atención ya estaba partida entre el filo del cuchillo y la mirada del hombre a mis espaldas.
La punta del cuchillo se me desvió.
—¡Ay!
Una línea roja se abrió en la yema de mi dedo índice. Una gota de sangre se redondeó antes de alcanzar a caer.
Adrián llegó a mi lado en dos pasos.
Me tomó de la muñeca y la sostuvo bajo la luz. Su mandíbula se endureció como si aquella herida diminuta fuera un error enorme.
—¿Es profundo?
—No. Es poquito.
Abrió la llave, me enjuagó el dedo y sacó una gasa del botiquín. Sus movimientos fueron rápidos, pero al vendar, sus dedos grandes se volvieron de pronto torpes. El vendaje quedó demasiado flojo. La sangre traspasó el borde de la tela.
—Adrián, mejor yo sola.
—Quieta.
Retiró la gasa. En vez de tomar una nueva, su mano levantó mi dedo hacia su rostro.
—¿Adrián?
Un aliento tibio me rozó la piel.
Y entonces, antes de que alcanzara a reaccionar, agachó la cabeza y se metió la yema de mi dedo en la boca.
Una cigarra chillaba afuera, más allá de la ventana. Las vacas se movían dentro de los establos. Alguien llamaba a Gino desde el patio.
Pero entre los labios tibios de Adrián y su palma que me sujetaba la muñeca, yo solo oía mi propio corazón.
Una vez.
Y otra vez más.
Rápido, fuerte y sin la menor intención de obedecerme.
°\🙄/-
Y èso si, lo va a notar un buen cocinero y comensal.
☝️🧐 °~😌~°😉
Doña Inés... ☝️🙄 Tania... ☝️🙄 Su ex familia... 🖕🙄 Los nuevos tíos...🖕🙄 y... ¿Quién más se acumulara?. °~~°
Acaso será...¿¡Yolanda!?.
°~🤨~°🤔🤦♀️
¡Vergüenza!, es lo que debería de tener ella y sus padres por rateros.°\🤨/°
¿Y su "nombre"?...¡Ya está en la boca de todos!. Por las acciones de su hija y por el cinismo y la falta de principios y moral de la familia al no devolver luego , luego la dote que su hija rechazó.°~😒~°
Así que...¡Entré cínicos y rateros no hay a quien irle!.
☝️😌👆🤷♀️🙎♀️
Si ellos solitos se están destapando de tanto calor. 😈😈°~😌~°😈😈😈😈😈😈😁
¿Que mandó a otra persona?. 🤨 ¡Si!. Pero ésa es otra historia. ☝️🧐
¡Nueva prometida, nuevo compromiso! y ...°~🧐~°
¡Nueva administración y dirección!. 🤷♀️ Ya que la nueva prometida no viene sóla. ☝️🙎♀️
Entonces...¿Por qué tanta echada si ustedes mismos la forzaron con tanto chantaje emocional?. 🤷♀️
¡Solo están cosechando todo el "cariño" y consideración que le tuvieron todos esos años y no la conveniencia y egoísmo que buscaron cuando les sirvió de utilidad. 🤷♀️😒🙎♀️
¿Sé refiere a su familia (hija, esposo y usted)... ¡Si, si es la misma bola de rateros de la que hablamos!.°\🤨/°
Porque, aunque la ratera de su hija fue la que se lo gastó...
¡El deber moral, es de los padres que aceptaron la dote!.
Así como la ratera de su hijita rechazo el compromiso... ¡Ustedes tenían que regresar el dinero,joyas y demás cosas que vino con la dote!.🫰🧐
Y aunque mandaron a su hija adoptada, el tratamiento no fue con ella. Y ella tiene familia biológica. Así que al cambiar de prometida automáticamente se transfiere íntegramente la dote, sin ninguna compensación ya que ellos rechazaron el compromiso.
Y todo ése argumento barato, no quita lo que son en realidad... ¡Una bola de rateros!.
Quedando así... ¡En familia!. Cómo lo dijo.°~~°
Es porque no le pertenece porque no hubo ya un compromiso. Que fue para lo que se entregó. 🤷♀️
Y no fue como un sueldo ni adelanto de nada y mucho menos préstamo, ni regalo.
Así al no haber ningún compromiso con la susodicha tiene el deber moral y legal(más lo último) en regresarlo junto con los regalos, joyas y otras cosas que se les haya dado como dote. Ya al no hacerlo, se tomará medias ilegales. 🙎♀️
Y al rechazar ése compromiso, automáticamente esa familia que recibió esa dote, debe de regresarla íntegramente.☝️🧐
Ya que al no haber boda...¡No hay dinerito!.🫰💵💷💶💴
La que se friega y parte el lomo es ella y ustedes solo la ganancia ¿no?. °\🤨/°
¡Y no el mentado pollo con soya?.🤷♀️ Que si lo hace una vez más pronto les saldrá plumas. °~~°