Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Clara, ¿quién es él?
A la hora de la cena, Emilia compartía la mesa con los Montenegro como si siempre hubiera pertenecido a aquella casa. Era sobrina de Beatriz, la esposa de Esteban, así que todos la recibieron con familiaridad.
Solo Alejandro permanecía callado, con el ceño fruncido y sin apetito.
Clara se había ido con Mateo Duarte sin llevarse nada. Había rechazado incluso los veinte millones y la casa.
—¿Y Clara? ¿Por qué no baja a cenar? —preguntó Esteban Montenegro.
—Firmamos el acuerdo de divorcio —respondió Alejandro, sin alzar la vista—. En cuanto fijemos una fecha, terminaremos los trámites.
—¿El divorcio? ¡¿Por qué?!
Beatriz suspiró.
—Esteban, ya te había dicho que no eran el uno para el otro. Tu padre fue quien insistió en casarlos. Clara pasó tres años en un matrimonio que no funcionaba. Si ahora está dispuesta a dejarlo ir, será lo mejor para los dos. Sabes que Alejandro siempre ha amado a Emilia.
—Alejandro, el matrimonio no es un juego. Y Clara…
—Papá, ya firmamos. Clara se fue. No quiso aceptar nada.
Renata Montenegro soltó una risa burlona.
—Mira nada más, la chica del pueblo tiene orgullo. ¿O será una estrategia para dar lástima? Espero que después no vaya por ahí diciendo que la tratamos mal.
La expresión de Alejandro se endureció al escucharla.
Esteban lo miró con preocupación.
—Actuaste sin pensar. Tu abuelo está enfermo. ¿Cómo vas a explicárselo?
—Le diré la verdad. Y el mes que viene anunciaré que voy a casarme con Emilia.
Ella lo contempló embelesada.
—¡Esto es una locura! —estalló Esteban—. Estuvo a tu lado tres años y la dejas como si nada. Cuando se sepa, vas a arruinar tu reputación.
—Nunca me ha importado lo que diga la gente. Clara nunca fue la mujer con la que quería estar.
No había una sola señal de arrepentimiento en su voz.
—Señor Esteban, no culpe a Alejandro. La culpa es mía.
Emilia se recostó en el hombro de Alejandro, al borde del llanto.
—No debí volver a su vida. Mañana me iré a Estados Unidos. Alejandro, por favor, arregla las cosas con Clara. No quiero ser la responsable de separarlos…
—Emilia, tú no tienes la culpa.
Él tomó su mano.
—Lo mío con Clara terminó. Esperaste tres años por mí. No voy a hacerte sufrir más.
* * *
La brisa nocturna refrescaba las orillas del río de la Luna.
Mateo llevó a Valeria a dar un paseo en barco para despejarse. Desde la cubierta podían contemplar las luces de la ciudad.
Ella miró a las parejas que los rodeaban y le lanzó una mirada de reproche.
—¿Quieres rematarme? Este es el lugar favorito de las parejas. ¡Yo ni siquiera me atrevía a venir!
—¿Ah, sí? Entonces culpa a Nicolás. Dijo que los fuegos artificiales comenzarían aquí a las ocho en punto.
Mateo miró su reloj.
—Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Una enorme flor violeta y roja estalló en el cielo.
Las parejas salieron a la cubierta. En la orilla, la gente empezó a reunirse para ver el espectáculo.
Valeria negó con la cabeza, aunque por dentro se sintió reconfortada.
—El gusto de Nicolás es… bastante cursi.
—Piensa en los regalos rarísimos que te ha dado. Esto ya es un avance.
Mateo la rodeó con un brazo y la acercó a él.
—Y hay más. Todos te prepararon algo. Tu habitación está llena de regalos. Vale, hay mucha gente que te quiere. Dale tu tiempo y tu cariño a quien los merezca.
A Valeria se le cerró la garganta.
En ese momento, un Maybach negro se detuvo a cierta distancia de la multitud.
Alejandro bajó con Emilia de la mano. Ella se pegó a su pecho, quejándose del frío.
—¡Mira, Alejandro! ¡Qué bonitos!
A él le gustaba aquella forma de entusiasmarse, esa aparente inocencia que Emilia conservaba cuando estaba con él.
Clara, en cambio, siempre le había parecido seria, apagada, incapaz de disfrutar de un gesto romántico. En tres años solo le había encontrado una virtud: era dócil y hacía lo que él decía.
Pero eso no bastaba. No era la mujer que quería.
Se acercaron a la baranda. En ese instante, varios fuegos artificiales estallaron juntos y dibujaron un mensaje en el cielo:
FELIZ CUMPLEAÑOS.
—¡Ah, es por el cumpleaños de alguien! —dijo Emilia—. Qué suerte. Me encantaría recibir un regalo así.
Alejandro apretó los labios. Algo le oprimió el pecho.
Era el cumpleaños de Clara. ¿Aquellos fuegos artificiales se los habría regalado Mateo?
De pronto oyó una voz clara, conocida.
El barco pasó frente a ellos. En la cubierta estaban Clara y Mateo Duarte.
—¿No es Clara? —preguntó Emilia, con fingida inocencia—. ¿Quién es el hombre que está con ella? Me resulta familiar. Se ven muy unidos, ¿verdad?
Alejandro se aferró a la baranda, con las venas marcadas en las manos.
Lo había sospechado.
Ni siquiera habían terminado los trámites y ella ya se abrazaba a otro hombre. ¿Entonces qué habían significado las lágrimas de esa tarde?
El barco dio dos vueltas antes de atracar.
Mateo esperó a que casi todos los pasajeros bajaran. Después, acompañó a Valeria hasta la orilla, con una mano en su cintura.
—¡Clara Blanco!
Ella se tensó al escuchar la voz.
Se volvió despacio. Alejandro avanzaba hacia ella entre las luces y las sombras del muelle. Seguía siendo el hombre que le había robado el corazón trece años atrás.
Pero eso ya no cambiaba nada. Él mismo había destruido aquel amor. Valeria no tenía fuerzas para seguir amándolo.
—¿Quién es él? —exigió Alejandro.
Mateo estrechó un poco más el brazo alrededor de su hermana y sonrió con calma.
—Tiene mala memoria, señor Montenegro. Nos hemos enfrentado más de una vez en los negocios.
Alejandro lo ignoró y dio otro paso.
—Clara, responde.
—Lo nuestro terminó, señor Montenegro. ¿Por qué tendría que darte explicaciones sobre él?
Alejandro la miró, desconcertado. La Clara que conocía jamás le habría hablado así.
—Todavía no estamos divorciados. ¿Y ya no puedes esperar para estar con otro hombre?
¿Ahora resultaba que él tenía derecho a reclamarle, después de haber llevado a su amante a casa?
Mateo endureció la mirada y quiso intervenir. Valeria se colocó delante de él para detenerlo.
Alejandro se irritó aún más. ¿Encima lo defendía?
—Es cierto, todavía faltan los trámites. Pero eso no le impidió a la mujer que amas instalarse en mi casa —respondió ella—. No dije nada cuando ocupó mi lugar. ¿Con qué derecho vienes a decirme con quién puedo estar?
El viento agitó su cabello. Valeria sonrió, desafiante. Alejandro nunca la había visto tan hermosa ni tan segura de sí misma.
—¿Tú puedes hacer lo que quieras y yo tengo que pedirte permiso? Qué cómodo, ¿no?
Alejandro se quedó sin respuesta.
Emilia, que se había rezagado, llegó justo entonces. Al ver que él seguía pendiente de Clara, golpeó el suelo con el pie, furiosa. El tacón se le dobló, se torció el tobillo y cayó.
—¡Alejandro! ¡Me duele mucho!
Él reaccionó y fue a ayudarla.
Cuando volvió a mirar hacia Valeria, ella y Mateo ya habían desaparecido.
Que extraño Mateo Duarte quiere ser pastor de una iglesia y Nicolás es Fiscal 🤔🤔🤔❓❓❓